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Miami

Tres días de comunismo. Por: Juan Manuel Cao

El huracán Irma le dio a los exiliados cubanos de Miami la oportunidad de revivir los logros del castrismo. Han sido tres días de comunismo. Tres días, sin luz eléctrica, agua caliente o ni aire acondicionado. Para muchos un poco más. Varios días incomunicados: sin internet, teléfonos inteligentes, el wifi cancaneando y una sensación de relativo o absoluto aislamiento. Con la televisión (el que la tuvo) monotemática, y los políticos discursando sobre lo que debemos y no debemos hacer. Viviendo en un estado de emergencia permanente, agotador.

Han sido setenta y dos horas sin gasolina, sin recogida de basura, con toque de queda, saqueos y partidas de jóvenes deambulando por las calles sin rumbo fijo, con los restaurantes cerrados, y 12 parientes hacinados en tu casa. Para algunos ha significado un verdadero viaje al pasado, un incómodo recordatorio de lo que hace toda revolución que se respete. ¡A mí, que ya se me habían olvidado los apagones! ¡El baño de agua fría! ¡O el sudor adherido a la piel! ¡Porque no es lo mismo transpirar en un gimnasio que sentado en la sala de tu casa! No es igual. Aunque los ecologistas de extrema lo juren, no es igual.

Digo todo esto y sé que exagero, que la memoria me hace trampas, que en Cuba, con ciclón o sin él, están siempre peor: sin un avión para refugiarse de inmediato en otra ciudad, o un auto en la puerta de la casa listo para trazar tu propia ruta de evacuación por carretera, sin Home Depot, sin seguro (ni barato, ni caro), sin FEMA, ni FPL, Metro PCS, o alguien más a quien emplazar por inepto. Eso sí, allá tienen el inmortal ejemplo del Comandante en Jefe, y un pueblo unido que jamás será vencido, y a algunos que seguirán bailando, y aplaudiendo, aunque el agua les llegue al cuello. ¿Qué les queda? Lo han perdido todo de antemano: lo material y lo espiritual.

Para los venezolanos debe haber sido una experiencia similar, porque el socialismo, incluso el del siglo XXI, donde quiera que llega termina por ser un devastador huracán, sólo que no dura tres días, ni tres años, sino que se hace estacionario, con aspiraciones vitalicias; de modo que todos los anticiclones son acusados de ser traidores a la patria, o agentes de la CIA.

Aquí, al menos, aún tenemos derecho a protestar, y a poner como un trapo a las autoridades electas, y a cuestionar el papel de las instituciones públicas, reclamar al seguro, o interponer una demanda en los tribunales. Aquí al menos estuvimos una semana sin que se hablara de Trump, y sin que a nadie le importara un pepino sus tuiters, ni los zapatos de Melania. Y la gente dejó de hablar como demócrata o republicano para ser simplemente el vecino, el amigo, el familiar solidario. Espontáneamente.

Es como si de vez en cuando nos hiciera falta un buen susto para recordarnos de dónde venimos y por qué estamos aquí.

FUENTE: Juan Manuel Cao / americateve.com

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