Thunder no estuvo solo por mucho tiempo.
Se le unió River, un caballo de pelaje grisáceo que Sleighel encontró en Craigslist. Su dueño, un vaquero en Anthony, lo anunció como un caballo fácil de montar. Eso era lo que Sleighel quería: un caballo que pudiera montar, idealmente sin el trauma del abandono que había sufrido Thunder. Pero bastó un vistazo al caballo artrítico —con un tumor que le sobresalía del pecho y las rodillas hinchadas cuando su dueño lo agotaba en una cabalgata extenuante— para que ella pagara 2.000 dólares, una cifra superior a su valor real, sólo para llevárselo de allí.
Pronto, la gente empezó a contactarla sobre caballos de los que ya no podían hacerse cargo, así como sobre perros y tortugas.
“Soy bastante cristiana y siento que mi deber es servir a mi comunidad”, dijo Sleighel. “Alguien simplemente dejó gallinas en mi propiedad el otro día”.
Cuando un caballo se lesiona o es demasiado viejo para trabajar, los dueños dicen que está en sus “gastos de alimentación”, agregó Sleighel. Eso significa que los propietarios gastan dinero solo para darle de comer, pero están menos dispuestos a invertir en su bienestar, explicó.
Sleighel ha rescatado caballos jubilados de un centro de equinoterapia en Canutillo. Rescató a ponis Shetland vivaces que solían pasear a niños en fiestas de cumpleaños en Vinton. Recientemente, rescató a una “yegua negra de 25 años, ya muy anciana”, cuyo dueño ya no podía costear su manutención.
En marzo de este año, Sleighel perdió su lucrativo empleo remoto en una empresa tecnológica de San Francisco. Aprovechó el tiempo en el que estuvo desempleada para “pisar el acelerador” en River Thunder Ranch e inició el proceso formal para constituir una organización exenta de impuestos.
“La gente seguía preguntándome si era una organización sin fines de lucro, pero yo no era más que una chica que seguía encontrando caballos”, dijo.
Un día en el santuario de caballos Dada la naturaleza de la labor de rescate de Sleighel, en la que la mayoría de los caballos se encuentran en la última etapa de su vida, los animales que viven allí vienen y se van. Thunder, quien dio nombre al rancho, vivió menos de un año tras su traslado. River, el otro caballo que inspiró el nombre del lugar, fue sometido a una eutanasia este mes tras luchar contra el dolor causado por tumores y una artritis avanzada.
Los residentes más jóvenes son caballos que Sleighel compró en un corral de sacrificio, destinados a ser enviados a México para ser faenados y comercializados internacionalmente como carne de caballo. Un caballo joven tiene el potencial de ser domado y encontrar un nuevo hogar, apuntó ella.
Los voluntarios llegaron poco a poco en una mañana reciente, listos para cargar heno y aplicar repelente contra moscas. Los primeros fueron Tony Arreola y su novia, Jasmin Gomez, quienes viajaron desde el extremo este de El Paso.
Arreola realizó una pasantía en Guthrie, una pequeña comunidad ganadera en el noroeste de Texas, antes de regresar a El Paso. Él y Gomez esperan tener un rancho propio algún día.
“Diría que soy como un vaquero de primera generación”, dijo Arreola. “Mi familia en México tenía ranchos y cosas por el estilo, pero yo era demasiado joven para apreciarlo realmente. Ahora creo que volver a ese mundo y a ese estilo de vida fue como una comezón que no desaparece”.
Gomez contó que empezó a encariñarse con los caballos gracias al voluntariado.
“Creo que simplemente me ayuda a encontrar un poco de equilibrio”, destacó. “La calma que me transmite es lo que me mantiene aquí”.
Elizabeth Zelenak, otra voluntaria, reveló un sentimiento similar. Creció en Canutillo y, salvo por algún paseo ocasional por senderos, es nueva en el mundo de los caballos.
“Tiendo a ser una persona ansiosa, y descubrí que los caballos —si has leído algo sobre ellos— perciben tu ritmo cardíaco, y como que te obligan, en cierto modo, a calmarte y a regularte”, dijo.
Por lo general, los caballos están separados en distintas áreas con base en su edad, temperamento y necesidades médicas. Noche, un caballo ciego que actúa como líder de la manada, no suele compartir espacio con los caballos miniatura Estrella y Blackie —que son tan pequeños que corren el riesgo de ser pisoteados—, pero esa mañana la lluvia había inundado su corral.
En esa jornada, los voluntarios también preparaban el recinto para el día de granja, un evento mensual en el que se invita al público a acariciar a los caballos y a leerles. Los niños pueden montar a los caballos miniatura, una banda toca música y hay vendedores que ofrecen comida y flores. El día de granja de septiembre incluyó también un baño de espuma y juegos organizados por estudiantes de la Universidad de Texas, campus El Paso. La entrada es gratuita, aunque se sugiere a los visitantes realizar una donación de 5 dólares.
Además de las donaciones, River Thunder Ranch obtiene fondos a través de una tienda en línea y de Airbnb.
Sleighel, de 38 años, contó que no desarrolló su pasión por los caballos hasta la edad adulta. Creció en el parque de casas móviles Parkland, en el noreste de El Paso, y su única experiencia previa con equinos fue montar ocasionalmente el caballo de su tío en Red Sands cuando era niña.
Posteriormente, durante la pandemia, comenzó a realizar labores como voluntaria en un establo de Montebello, al este de Los Ángeles. Las personas que alquilaban espacio allí le enseñaron a ensillar y a montar a cambio de que ella limpiara los establos y paseara a sus caballos.
“Yo no sabía nada, pero estaba muy decidida”, dijo Sleighel. “Nunca me topé con algo que deseara con tanta fuerza. Uno pensaría que a esa edad ya ha descubierto todas sus pasiones, pero, ¡los caballos! Nunca había amado nada como eso. Me levantaba a las 6 a.m. para conducir en pleno tráfico de Los Ángeles hasta (llegar) allí”.
Sleighel añadió que los días de granja son una forma de que la gente experimente la alegría que transmiten los caballos. El mundo ecuestre puede resultar costoso y estar lleno de exclusión y elitismo —a veces al borde del acoso de iniciación—, apuntó. Algunos voluntarios le han contado que, en otros ranchos, se espera que recojan estiércol durante dos años antes de siquiera poder tocar una silla de montar.
Pero las personas pueden acudir a River Thunder Ranch sin necesidad de realizar un gran desembolso económico, explicó. En algún punto, le gustaría habilitar un jardín y un espacio público permanente para la comunidad.
Sleighel agregó que la generosidad de la gente le ha devuelto la fe en la humanidad al experimentar cómo personas de la zona de El Paso se interesan por ella y por los caballos, y aportan su tiempo y sus recursos.
“He recibido caballos tan demacrados que pensé que habían llegado hasta mí solo para morir”, dijo Sleighel. “Pero gracias a las donaciones, a los veterinarios que me llaman y a la gente que dona sacos de grano, logramos recuperarlos. Nadie lo creería. Incluso aquellos que llegan desde corrales de sacrificio, completamente salvajes, tras un año te ruegan que los acaricies. Ver ahora a estos caballos que conociste hace un año, te deja sorprendido”.
___
Esta historia fue publicada originalmente por El Paso Matters y distribuida a través de una colaboración con The Associated Press.
FUENTE: AP