Cuba 11 octubre 2021

La hambruna fue la causa de que 50.000 cubanos quedaran sin visión en los 90´s

En mayo de 1993, el oftalmólogo estadounidense Alfredo Sadun fue consultado por un representante de la OMS sobre la inexplicable epidemia de ceguera en Cuba

La desnutrición provocada por la crisis padeció el pueblo cubano en la década de los años 90 y que la dictadura llamó de manera eufemística “Período Especial”, fue la causa por la que unas 50 mil personas quedaran ciegas debido a una neuropatía óptica.

Así se desprende de una entrevista que concedió a BBC Mundo el oftalmólogo estadounidense de origen italiano Alfredo Sadun, quien fue enviado a Cuba a instancias de la Organización Mundial de la Salud (OMS), para que investigara la epidemia de casos, que las autoridades castristas atribuían a un virus, renuentes a reconocer que la causa estaba en la hambruna.

En mayo de 1993, Sadun y otros 11 expertos volaron a La Habana y la misma noche que llegaron se reunieron con el dictador Fidel Castro en una sala llena de científicos.

“Castro interrumpía regularmente. Algunas interrupciones parecían poco importantes. Alguien decía '80%' y él interrumpía y decía: 'No exageremos, fue 78%'”, rememora el doctor Sadun.

“Interpreté esto como una demostración para todos de que él tenía el control, que sabía lo que estaba pasando y que no era solo supervisión general”, agregó el médico estadounidense.

Fidel Castro

“Cuando llegué, me presentó a algunas personas, como Alfredo Sadun, de la OMS. Al día siguiente, me presentó como un médico y científico italiano. Hizo todo lo posible para evitar llamarme estadounidense”.

En la reunión, las autoridades médicas cubanas insistían en la existencia de algún virus.

Un mes antes, el doctor Héctor Terry, viceministro de Salud Pública encargado del área de Epidemiología, había sido destituido por sugerirle a Castro en una reunión que la causa de la neuropatía óptica estaba relacionada con la falta de nutrientes en la magra dieta de los cubanos.

Sadun, sin embargo, se mostró escéptico ante los argumentos del régimen.

Él y su equipo comenzaron por analizar muestras de líquido cefalorraquídeo tomadas de pacientes que habían perdido la visión y no encontraron rastros de glóbulos blancos o proteínas, lo que indicaría una infección viral.

Además, encontraron que no hubo brotes en orfanatos, asilos o cuarteles militares, donde las infecciones virales tienden a propagarse rápidamente, debido a la falta de distancia entre los ocupantes.

Para probar su teoría de que los problemas de visión tenían otra causa más que viral, Sadun necesitaba encontrar características comunes entre los pacientes afectados. Luego seleccionó un grupo de aproximadamente 20 para analizar.

“Necesitábamos encontrar conexiones familiares, padre e hijo, madre e hija, marido y mujer, porque entonces se podía buscar qué tenían en común los afectados. Por ejemplo, de repente usan el mismo aceite de cocina”, explicó a BBC Mundo.

Y lo que encontró como punto común fue que todos habían perdido una gran cantidad de peso.

“En nuestro grupo, la pérdida de peso osciló entre 20 y 30 libras. Así que eso me dio una idea de la base nutricional del problema”, señaló.

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El descubrimiento de que la dieta probablemente estaba detrás de los problemas de visión fue un gran paso. Pero no lo explicó todo.

¿Por qué, por ejemplo, algunos miembros de la misma familia que no vivían ni comían juntos también experimentaron pérdida de la vista? La respuesta se encontró casi por accidente.

Una paciente, cuyo hermano también había sufrido pérdida de visión, pero no vivía ni compartía las comidas con ella, proporcionó la pieza que faltaba para armar el rompecabezas.

Cuando fue entrevistada por el asistente de Sadun, ella dijo que los dos compartían el consumo de algún ron casero.

El ron artesanal contiene trazas de metanol, una toxina que, para alguien que tiene deficiencia de ácido fólico debido a una mala alimentación, se metaboliza a ácido fórmico, que puede causar un daño irreparable al nervio óptico.

Sadun recuerda la frialdad con la que los dirigentes cubanos, incluido Castro, tomaron sus hallazgos, aunque el dictador al menor preguntó qué se podía hacer y el experto norteamericano recomendó la distribución inmediata y masiva de suplementos de ácido fólico y vitamina B.

Fue entonces que comenzaron a repartirse unas pequeñas píldoras amarillas de complejo vitamínico B, que, como efecto secundario, habrían el apetito aún más, cuando no había prácticamente nada que llevarse a la boca.

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