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Un cuarto de siglo después, perdura el legado de la invasión de Afganistán liderada por EEUU

KABUL (AP) — La doctora Nigar Nangrahari hacía el turno de noche en un hospital de Kabul cuando comenzó la invasión de Afganistán encabezada por Estados Unidos hace 25 años, un acontecimiento que marcaría su vida y el futuro de su país durante décadas.

Mientras caminaba a casa a la mañana siguiente, Nangrahari vio a residentes de Kabul vengarse de miembros del Talibán, cuyo gobierno duro y represivo había incluido lapidaciones públicas, amputaciones de extremidades a presuntos delincuentes y la desaparición de las mujeres de la vida pública.

“En el camino vi a gente común matando a cualquiera que atrapaban que fuera miembro del Talibán", relató Nangrahari. "Fui testigo con mis propios ojos de cómo la gente de Kabul capturaba y mataba a combatientes talibanes. Algunos se habían subido a los árboles para esconderse”.

Temerosa de lo que vendría, Nangrahari y su familia se quedaron en casa durante aproximadamente un mes. Con el tiempo, la llamaron de vuelta al hospital y regresó a trabajar como obstetra-ginecóloga. Ya no tenía que usar burka en la calle.

“Nos concedieron libertad, pero no del tipo del que los afganos pudieran beneficiarse de verdad”, afirmó Nangrahari, de 58 años.

Afganistán es una sociedad musulmana profundamente conservadora, y la cultura de Estados Unidos que llegó con la presencia estadounidense en el país a menudo irritó a algunos sectores de la sociedad.

“Los afganos no deberían estar ni completamente sin restricciones ni sometidos al tipo de limitaciones severas impuestas por el Talibán”, sostuvo. “Tiene que haber un equilibrio moderado”.

Un legado amargo

Durante el mandato del presidente de Estados Unidos George W. Bush, la coalición encabezada por Estados Unidos emprendió la Operación Libertad Duradera con el objetivo declarado de desmantelar a Al Qaeda, la organización terrorista cuyo líder, Osama bin Laden, había orquestado los ataques del 11 de septiembre en Estados Unidos desde su base en Afganistán.

La invasión marcaría el inicio de una guerra de 20 años que costó decenas de miles de vidas afganas, además de miles de miembros de las fuerzas de la coalición, contratistas de Estados Unidos, trabajadores humanitarios y periodistas.

El legado de esa guerra, y de los sucesivos gobiernos afganos respaldados por Estados Unidos durante ese periodo, perdura hoy.

“Sus objetivos declarados eran llevar un buen gobierno a Afganistán y combatir los narcóticos y el terrorismo”, explicó Muin Gul Chamkanai, un exmédico que ahora dirige una organización humanitaria, la Fundación Benéfica Shkula, y también trabaja como analista político. “La realidad resultó ser exactamente lo contrario”.

A un costo enorme, tanto financiero como en vidas, la presencia estadounidense llevó ciertas libertades, en particular para los medios y en la educación de las mujeres y las oportunidades de empleo. Pero la corrupción generalizada y unas tácticas militares a menudo de mano dura pronto generaron un profundo resentimiento.

Sentado en su casa el 7 de octubre de 2001, Chamkanai encendió su televisor. La imagen de su país siendo invadido lo enfureció.

“Si me hubieran alcanzado sus bombas, habría considerado el martirio muy preferible. No tenía miedo”, expresó. “Quería luchar contra ellos en Afganistán usando tanto la pluma como el arma”.

El regreso del Talibán

Ahora, 25 años después de la invasión y cinco años después de la caótica retirada de Estados Unidos del país, el Talibán ha recuperado con firmeza el control de Afganistán. Aunque no tan extremo como su gobierno anterior, cuando gobernó el país de 1996 a 2001, ha restablecido muchas restricciones draconianas, en particular sobre mujeres y niñas.

La seguridad ha mejorado sin duda desde que el Talibán tomó el poder en agosto de 2021. Se acabaron los interminables atentados y ataques devastadores, la gran mayoría de ellos perpetrados por el propio Talibán durante la guerra de dos décadas.

En un comunicado por el 25º aniversario de la invasión, el portavoz adjunto del gobierno, Hamdullah Fitrat, declaró: “Tras una lucha larga y ardua, yihad y grandes sacrificios, los afganos lograron liberar su país. Esta lucha demostró que los afganos nunca se someterán a la ocupación extranjera ni a la coerción externa”.

Añadió que el 7 de octubre de 2001 fue “un día oscuro en la historia del país que resultó en miles de afganos martirizados, heridos, encarcelados, desplazados y sin hogar”.

Pero para una generación que creció bajo gobiernos respaldados por Estados Unidos, la pérdida de libertades personales, especialmente para las mujeres —que enfrentan restricciones en todo, desde lo que visten hasta adónde pueden ir— ha sido un golpe brutal.

Después de que el Talibán tomó el control, “gradualmente… se impusieron restricciones, y nos arrebataron la vida normal que conocíamos. Las cosas se volvieron muy difíciles para nosotras”, contó Tahmina Mangal, una mujer de 33 años que vio frustradas sus esperanzas de continuar sus estudios por el cierre de escuelas secundarias y universidades para niñas y mujeres.

“Es una carga inmensa. Pesa mucho sobre mi ánimo y mi psique”, manifestó.

Un futuro peligroso

Ahora, Tahmina es dueña y administra una tienda que vende ropa tradicional afgana para mujeres. Aunque las mujeres enfrentan múltiples restricciones y tienen prohibido desempeñar la mayoría de los trabajos, el Ministerio de Comercio sí expide licencias comerciales a mujeres, indicó. Consideró que esa era la única vía abierta para ella.

Pero con las mujeres excluidas de la educación y de la participación en cualquier forma de gobierno, le preocupa profundamente el futuro.

“Si esta situación persiste, el futuro de Afganistán es peligroso”, advirtió Tahmina. “Sin mujeres que continúen sus estudios o reciban educación, nos faltarán médicas, maestras y mujeres alfabetizadas, incluidas madres capaces de criar niños sanos para la sociedad. Veo el futuro de Afganistán sombrío y desolador si esta tendencia continúa”.

Para Nangrahari, aunque la prioridad del gobierno talibán de mejorar la infraestructura del país es bienvenida, su énfasis en la educación religiosa para los niños y su prohibición de la educación superior para las niñas “hace retroceder a Afganistán un siglo”. Afganistán ya está entre los países más pobres del mundo.

“Se han mejorado las carreteras y se han construido edificios de gran altura. En efecto, la infraestructura es la base de la economía, y reconocemos todo esto. Pero una sociedad sin educación es cero”, señaló Nangrahari.

Aun así, sentada en su tienda de ropa en Kabul, Tahmina sostuvo que las mujeres no deberían perder la esperanza y deberían seguir estudiando, aunque sea solo en línea.

“Los gobiernos inevitablemente van y vienen, ocurren colapsos, y ningún gobierno dura para siempre”, afirmó. “Siempre digo: ‘Mantengan la esperanza en el futuro. Estudien, busquen formación profesional junto con su escolaridad regular y procuren educación superior’”.

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Esta historia fue traducida del inglés por un editor de AP con la ayuda de una herramienta de inteligencia artificial generativa.

FUENTE: AP

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