En una batalla caótica, la claridad es esquiva Las condiciones en el campo de batalla son inherentemente caóticas y las evaluaciones de quienes participan suelen estar en tensión. El relato de la AP sobre el ataque se basa en entrevistas con 13 soldados, principalmente oficiales, que ocupaban allí puestos clave de responsabilidad o estaban familiarizados con informes de alto nivel previos al ataque.
Junto con varias familias de soldados muertos, muchos están planteando sus preocupaciones públicamente por primera vez y piden que el Ejército concilie lo que, según ellos, fueron fallas de preparación.
Varios soldados hablaron con nombre y apellido, algo poco habitual entre tropas que aún están en el Ejército. Otros hablaron bajo condición de anonimato por temor a represalias. Algunos detalles del ataque han sido informados por otros medios, incluidos The Washington Post y CBS News, pero la AP está dando a conocer otros detalles por primera vez.
En los primeros días de la guerra, Trump la describió como una “pequeña excursión” que terminaría rápido. En realidad, ahora, no se vislumbra una salida. El costo puede medirse en 19 militares norteamericanos muertos, más de 800 heridos y al menos 44.000 millones de dólares gastados.
El Ejército declinó comentar sobre el ataque en el puerto de Shuaiba, al señalar que aún no había informado a las familias de los fallecidos sobre el resultado de su investigación. El Pentágono también se negó a comentar.
“Por respeto a los familiares directos, quienes serán informados sobre las conclusiones oficiales de la investigación concluida, no comentaremos detalles específicos, relatos individuales ni partes filtradas del informe en este momento”, indicó el Ejército en un comunicado.
El Ejército concluyó su investigación del ataque en el puerto de Shuaiba en junio, pero aún no ha publicado un reporte, alegando la necesidad de tachar información sensible, dijo un funcionario familiarizado con la pesquisa que habló bajo condición de anonimato porque el documento no ha sido divulgado.
Los oficiales al mando siguieron un manual conocido La historia del ataque comienza realmente en junio de 2025, cuando Estados Unidos bombardeó tres instalaciones nucleares en Irán. Ante la expectativa de un contraataque en Kuwait, los planificadores militares reubicaron a soldados en el puerto de Shuaiba, que el Ejército utilizó durante décadas bajo la creencia de que era más seguro.
En la antesala de la guerra en febrero, ese fue el mismo manual que siguieron el mayor general John Hinson, general de dos estrellas que supervisaba la logística del Comando Central en Oriente Medio, y el general de brigada Clint Barnes, quien encabezaba el 103.º Comando Expedicionario de Sostenimiento, una unidad de la Reserva del Ejército con base en Iowa que cumplía un despliegue de nueve meses en Kuwait bajo el mando de Hinson. Los seis soldados que murieron, y muchos de los decenas de heridos, pertenecían al 103.º.
Hinson y Barnes optaron por no apartarse del plan pese a saber que el puerto carecía de defensas contra drones y era vulnerable, según cinco oficiales y un soldado alistado familiarizados con la inteligencia y las evaluaciones del lugar. Los generales seguían órdenes emitidas por el Ejército Central que supervisa las unidades en Oriente Medio, y por el Comando Central para abandonar la base cercana llamada Camp Arifjan.
Hinson declinó hacer comentarios con atribución para esta historia. Barnes no respondió a mensajes de texto ni a llamadas telefónicas.
Incluso antes del ataque, la amenaza de un golpe con dron era bien conocida. Pero el equipo de mando rechazó propuestas para trasladar toda la sede logística a otros sitios identificados como ubicaciones más seguras fuera de Kuwait, más lejos de Irán, según el mayor Billy Key, planificador de operaciones que trabajaba para Barnes y que ha servido en el Ejército por más de 20 años. Otro oficial confirmó que los planes alternativos fueron descartados. El puerto estaba a unos 104 kilómetros (65 millas) de la frontera iraní.
“Kuwait estaba demasiado cerca, ese es el punto”, sostuvo Key. “Kuwait estaba al alcance de drones de vuelo bajo”.
El liderazgo superior creía que un grupo central de los más de 200 soldados que manejaban la logística en Camp Arifjan debía permanecer en Kuwait. Dos oficiales superiores, incluido el teniente coronel Tim Halbur, dijeron a la AP que había ventajas de comunicaciones por estar allí, por lo que se envió al puerto a un pequeño equipo de unos 75 soldados para montar una sede temporal de logística para la región. También había decenas de efectivos de otras unidades.
Un soldado alistado, que habló bajo condición de anonimato, afirmó que el equipo de mando enfrenta críticas injustas por decisiones difíciles para equilibrar su capacidad de cumplir una misión logística crucial con los riesgos inherentes de la guerra.
Pero seis oficiales dijeron a la AP que el trabajo de la sede logística podría haberse realizado desde un sitio más seguro fuera de Kuwait, siempre que tuvieran acceso a una red de comunicaciones segura.
“Hacíamos nuestro trabajo en una computadora”, explicó Key a la AP. “Podríamos haber estado en cualquier lugar”.
Durante reuniones, los oficiales responsables de la protección dijeron a Hinson y Barnes, entre otros, que Shuaiba no sería seguro para las tropas debido a la falta de protección aérea contra drones, según cinco soldados que estuvieron presentes: Key, el mayor Stephen Ramsbottom y otros tres familiarizados con informes de alto nivel que insistieron en el anonimato por temor a represalias.
Indicaron que los generales estaban más enfocados en defenderse de misiles y no estaban preparados para la guerra con drones. “Este tipo de combate lleva cinco años ocurriendo en Ucrania, y nuestra excusa es que no esperábamos que nos pasara a nosotros”, manifestó Ramsbottom. “Eso me parece absurdo”.
Mientras las tres principales bases militares de Estados Unidos en Kuwait reforzaron la protección aérea de cara a la guerra, el único apoyo aéreo de Estados Unidos para Shuaiba provenía de un sistema antimisiles Patriot en las inmediaciones de Camp Arifjan, poco adecuado para derribar drones iraníes.
Aunque el sistema puede detectar las aeronaves pequeñas, grandes cantidades de drones pueden agotar rápidamente una batería, y los misiles Patriot cuestan muchísimo más que los drones. Usar el sistema para derribar drones también deja luego el área vulnerable a ataques con misiles mucho más mortíferos.
Ni Hinson ni Barnes tenían autoridad para cambiar las defensas antiaéreas o contra drones en el sitio.
“No había nada que fuera a interceptar una amenaza que viniera hacia nosotros, salvo misiles balísticos”, apuntó Ramsbottom.
Apenas días antes de la reubicación al puerto a fines de febrero, un grupo de oficiales de inteligencia presionó a Hinson y Barnes para que no fueran allí. Hinson preguntó si Shuaiba figuraba en una lista de objetivos iraníes planificados que la inteligencia de Estados Unidos había obtenido antes de la guerra y le dijeron que no estaba en la lista, pero que era un probable objetivo secundario, según dos oficiales familiarizados con la reunión.
Los oficiales señalaron que, aun así, Hinson tomó la decisión de ir.
El teniente general Patrick Frank, que entonces dirigía el Ejército Central, dio el visto bueno al plan de trasladarse a Shuaiba cuando Hinson se lo presentó, dijeron Halbur y otro oficial superior.
“Obviamente, en algún punto a nivel de general de dos estrellas o tres estrellas, conocían los informes de inteligencia”, comentó Halbur. “A nosotros simplemente nos dijeron algo como: ‘Oigan, sí, allí estaremos bien’”.
Un oficial que participaba en logística y resultó herido en el ataque señaló que quedarse en el puerto kuwaití parecía apropiado. El teniente coronel Arturo Lincón, de la Agencia de Logística de Defensa, indicó que Shuaiba contaba con infraestructura existente para comunicaciones seguras que podía acomodar a su unidad y que Jordania, donde también se basan operaciones militares de Estados Unidos y adonde se estaba reubicando a muchos soldados, ya estaba saturada.
El capitán estaba preocupado por la seguridad la mañana del ataque Al estallar la guerra, se encendieron las pantallas de todas las computadoras, indicando la caída de misiles y drones. Soldados entraban y salían corriendo de los búnkeres. Las explosiones sacudieron el suelo.
Esa noche, al menos cinco drones cuadricópteros sobrevolaron el puerto y parecían estar vigilando el sitio, según Key, quien dijo que uno estaba a apenas unos 40 pies (12 metros) sobre él. Aseguró que informó a oficiales superiores lo que vio y que se elevó por la cadena de mando. “Eso fue lo último que supe del tema”, añadió. Los informes de inteligencia habían advertido que los drones cuadricópteros eran una señal de ataques inminentes.
A la mañana siguiente, el 1 de marzo, el capitán Cody Khork, responsable de la seguridad de la unidad y que había recomendado firmemente no ir al puerto, le confió a Ramsbottom que sentía que no debían salir del búnker debido a la andanada de misiles y drones, según Ramsbottom. Tanto Khork como Ramsbottom estaban preocupados de que el radar usado para dar los “todo despejado” no detectara drones de vuelo bajo.
“Sabíamos que no estábamos a salvo”, expresó Ramsbottom, quien terminaría con un fragmento de metralla en la cabeza y una lesión cerebral traumática. “Nadie sabía cuál era la situación con los drones”.
En las horas previas al ataque, oficiales de mayor rango presionaron a Khork para que autorizara que los militares salieran de los búnkeres, contó Ramsbottom, que estaba con Khork en el búnker. El equipo estaba bajo una presión enorme para cumplir su misión, que incluía rastrear niveles de municiones y combustible en toda la región, y eso no podía hacerse desde dentro del búnker.
Sigue sin estar claro quién tomó finalmente la decisión de salir de los búnkeres, que estaban a varios cientos de metros (pies) del centro de operaciones. Cerca de las 10 a.m., unos 20 minutos después de que se emitiera el último “todo despejado”, un dron iraní se estrelló contra el techo del centro de operaciones.
Ramsbottom y Key recordaron que el dron impactó segundos después de que Khork pasara junto a ellos y dijera “buenos días”. La explosión lanzó a Key contra un gabinete metálico y lo dejó inconsciente. Cuando despertó, le zumbaban los oídos y avanzó tambaleándose entre los escombros, hasta encontrar el cuerpo sin vida de Khork. Un grupo de soldados ayudó a sacar el cuerpo de Khork de entre los restos para asegurar que pudiera ser enterrado con dignidad.
Key relató después la escena a los padres de Khork en su funeral en Florida varias semanas más tarde, diciéndoles que su hijo parecía haber muerto al instante.
“Yo habría querido que alguien se lo dijera a mi familia si hubiera sido yo”, expresó Key. “Sentí que debía contarles exactamente lo que pasó”.
Lincón, graduado de West Point, permaneció consciente, pero quedó gravemente herido por metralla y perdió la vista brevemente. Otro soldado herido le vendó las heridas y lo sacó del edificio en llamas.
“De no haber sido por esas almas valientes, habría habido muchos más, incluido yo, que probablemente se habrían quemado allí mismo”, afirmó Lincón.
Hinson y Barnes también sufrieron lesiones cerebrales traumáticas por la explosión, y Hinson fue herido en la mano por metralla.
Falta de planificación Los soldados destinados en Shuaiba entraron en la guerra sin haber implementado un plan amplio para un acontecimiento con múltiples víctimas, dijeron a la AP siete soldados, incluidos oficiales superiores estacionados allí. Los soldados que aún tenían sus teléfonos intactos usaron Google para ubicar las instalaciones médicas más cercanas. Algunos de los heridos dirían después que sus lesiones no fueron tratadas con prontitud ni de manera adecuada en las semanas posteriores al ataque.
Una oficial de servicios médicos había preparado un plan de evacuación que habría incluido establecer puntos de concentración para transportar a los soldados heridos, pero ella estaba entre el grupo enviado a Jordania, y su plan nunca fue presentado ni puesto en marcha. Se negó a comentar.
“He estado en Irak y Afganistán. He estado antes en operaciones de combate. Sé cómo se ve lo correcto, y esto no fue correcto de ninguna manera”, sostuvo el suboficial jefe de cuarta clase Jonathan Tenbrink, quien ha pasado 35 años en las fuerzas armadas y resultó herido por metralla en la frente, el rostro, el cuello, los hombros y el brazo derecho.
Al reubicarse en el puerto de Shuaiba, algunos soldados reconocieron que también hubo una falsa sensación de seguridad.
“Era lo último que se me pasaba por la cabeza que nos fueran a atacar allí”, afirmó Lincón, quien se desplegó en Irak y Afganistán múltiples veces en sus 27 años de carrera en el Ejército.
Un hospital envió a soldados heridos a barracas en lugar de darles atención Incluso para los sobrevivientes, el peligro continuó.
Halbur estaba entre un grupo de unos nueve soldados evacuados médicamente, y en menos de una semana estaba siendo operado en el Centro Médico Militar Nacional Walter Reed, en Maryland, y describió su atención allí como “excelente”. Contó que el alto liderazgo del Ejército, que lo visitó, le dijo que los soldados de Shuaiba eran “los conejillos de indias” del sistema médico a medida que comenzaba el conflicto.
Pero otros soldados heridos, incluidos aquellos con lesiones graves en la cabeza y heridas por metralla, tuvieron experiencias muy distintas tras el ataque.
Un grupo, algunos de los cuales fueron atendidos en un hospital kuwaití durante unas 48 horas, se refugió en viviendas residenciales en Kuwait durante otra semana mientras Irán lanzaba misiles y drones que hacían riesgoso realizar vuelos de evacuación. Finalmente, los soldados abordaron un avión de carga que voló a Alemania.
Allí, dicen, no fueron admitidos para atención hospitalaria en el principal centro médico militar, el Centro Médico Regional de Landstuhl, sino que fueron enviados a barracas del Ejército porque no habían sido documentados como heridos en combate. Aproximadamente una semana después, fueron incorporados al proceso de desmovilización en Fort Hood, en Texas, un procedimiento que no está enfocado en brindar atención médica.
Un funcionario del Pentágono dijo a la AP que la misión de Landstuhl es estabilizar a los pacientes para transferirlos a atención especializada en un hospital militar en Estados Unidos, en lugar de admitirlos. En un comunicado, el Pentágono indicó que todos los heridos que llegan a sus instalaciones médicas son evaluados y pueden ser admitidos según la gravedad de la lesión.
Familias de los caídos son informadas de lo sucedido A inicios de julio, las familias de los caídos recibieron una sesión informativa de Frank, quien acababa de terminar su rotación como jefe del Ejército Central, en la que ofreció una visión general de los hallazgos de la investigación. Tina Marzan asevera que no hubo admisión de error.
Según Marzan, Frank no dijo nada sobre las vulnerabilidades de la base, solo que los soldados fueron movidos porque se esperaban ataques en otras bases. Frank también le dijo que había tratamiento médico adecuado disponible para quienes estaban allí.
“Lo que haya pasado, por desgracia, no me devuelve a mi esposo”, expresó Marzan.
Un oficial superior presentó una queja contra Barnes y Hinson ante el inspector general del Ejército. Pero en una carta del 20 de julio revisada por la AP, el organismo de supervisión concluyó que Barnes no había incurrido en mala conducta ni “ignorado inteligencia confiable” en esa queja, basándose en “la evidencia limitada” aportada por el oficial.
La agencia también señaló que la queja contra Hinson fue retirada, algo que el oficial disputó ante la AP. El oficial dijo a la AP que transmitió sus conversaciones con Barnes sobre informes de inteligencia, pero que dijo a los investigadores que no había interactuado directamente con Hinson.
Un soldado ya no puede saludar Halbur, padre de dos hijos y oriundo de Ankeny, Iowa, había sido desplegado como reservista del Ejército siete meses antes, sin esperar en absoluto estar en la primera línea de un conflicto a gran escala.
Había servido durante casi 30 años, pero hoy ya no puede saludar. Es probable que su brazo derecho dominante nunca vuelva a poder doblarse más allá de 90 grados después de que la explosión le destrozara el antebrazo en cuatro partes, incluido el codo.
“No puedo abrazar a mis hijos con los dos brazos porque uno de mis brazos ya no me lo permite”, aseguró Halbur. “Quiero entrenar al equipo de fútbol americano de mi hijo, pero no puedo mostrarles cómo lanzar un balón”.
Cuenta que sus hijos, de 7 y 8 años, están empezando a entender que “papá nunca va a ser el mismo”.
Lleva grabados en una pulsera metálica los nombres de los seis soldados que murieron en Shuaiba: el mayor Cody Khork, de 35 años, un afable aficionado a la historia; el sargento mayor Noah L. Tietjens, de 42, un apasionado instructor de artes marciales; el mayor Jeffrey R. O’Brien, de 45, padre de tres hijos que amaba tocar el saxofón; la sargento mayor Nicole M. Amor, madre de dos hijos de 39 años con inclinación por el sarcasmo; el sargento Declan J. Coady, de 20 años, amante de la vida al aire libre y Eagle Scout; y Marzan, de 54, mentor de muchos soldados más jóvenes. Khork, Tietjens, Amor y Coady recibieron ascensos póstumos.
Halbur relató que mira la pulsera cada vez que se deprime por las limitaciones de su brazo.
“Sé que hay seis familias que renunciarían a eso en un instante”, afirmó. “Así que eso siempre me da un poco más de motivación para no estar tan abatido por las cosas que no podré hacer en el futuro. Yo sigo aquí”.
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Brook reportó desde Nueva Orleans, Watson desde San Diego y Bynum desde Savannah, Georgia. Contribuyeron a esta nota los corresponsales Nicholas Ingram en Ankeny, Iowa y Thomas Peipert en Colorado Springs, Colorado.
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Esta historia fue traducida del inglés por un editor de AP con ayuda de una herramienta de inteligencia artificial generativa.
FUENTE: AP