El director y coguionista Matt Johnson se ha tomado, de manera frustrante, libertades con un periodo formativo de la vida de Bourdain, pero aun así solo logra contar la historia de cómo un muchacho inexperto se convirtió en un muchacho algo menos inexperto después de dejarse la piel en la cocina de un restaurante en Cape Cod en 1975.
En “Tony”, el Bourdain curtido, eternamente romántico y afecto a sorber fideos, del que nos enamoraríamos décadas después gracias a programas de viajes como “Parts Unknown”, permanece firmemente fuera de alcance. Lo más frustrante, quizá, es que esta podría haber sido una buena película sin que Bourdain estuviera en el centro en absoluto. ¿A quién no le gusta un buen relato del paso a la edad adulta? ¿Por qué tenía que ser Bourdain si Bourdain nunca llega a ser Bourdain?
Dominic Sessa interpreta al chef-viajero adolescente como un inadaptado anguloso, con su figura alta encorvada, mirando a la gente a través de una mata de rizos indomables, con la barbilla siempre apuntando hacia abajo: un Bob Dylan hosco con uniforme blanco de cocina. Rara vez vemos destellos de alegría en su rostro, ni siquiera por deseo o por comida. Nunca se abre. Ni siquiera un momento bellamente documentado en la vida de Bourdain, cuando el mar de aquel verano se llenó de lubinas rayadas, lo que desató una fiebre masiva de pesca nocturna, le provoca asombro.
Bourdain dedicó dos capítulos a esta época en Provincetown, Massachusetts, en sus memorias de 2000 que lo lanzaron a la fama, “Kitchen Confidential”, y regresaría a ese lugar en episodios de televisión de “A Cook's Tour” y “Parts Unknown”. Sin duda fue una etapa importante en la vida del joven Bourdain, pero si se cuelga demasiado de ella, al parecer la percha se viene abajo.
La nueva película se abre con una cita de “Kitchen Confidential”: “Yo era, para ser franco, un joven malcriado, miserable, narcisista, autodestructivo e irreflexivo, muy necesitado de una buena paliza”. La recibió al pasar de lavaplatos a emplatar cócteles de camarón y aprender las formas de la cocina basadas en insultos y llenas de testosterona.
Bourdain desarrollaría dos historias de amor durante este verano decisivo: una, un deleite por la cocina, la presión, la camaradería, el corazón del artista, la adoración pirata por el calor y los cuchillos, y otra, las drogas duras. “Aquí fue donde compré mi primera bolsita de heroína”, dice en “Parts Unknown”. Pero, como un suflé que se desinfla, falla en esa primera tarea: nunca nos muestra cómo este aspirante a escritor con una cartera de velcro y una camiseta de The Stooges dio el giro para convertirse en un narrador culinario global. Y tampoco retrata el consumo de heroína del propio Bourdain.
Johnson, que coescribió el guion con Matthew Miller, Todd Bartels y Lou Howe, intensifica lo que debería ser un despertar pequeño y hermoso al crear un mentor culinario completamente nuevo para Bourdain y añadir referencias llamativas al chef del siglo XVII François Vatel y a los “comedores de pecados” de los siglos XVIII y XIX. ¿Necesitábamos aquí un incendio en la cocina devastador, como de película de acción de Hollywood? No. Casi se puede sentir a los cineastas intentando justificar una persecución de autos.
Antonio Banderas asume el papel del mentor, pero es una imagen borrosa. Su personaje es espiritual, puntual y profundamente religioso, y aun así supervisa en silencio a una plantilla muy misógina, racista y atiborrada de drogas. El Bourdain de nuestra película lo inspirará a aspirar a más al añadir una langosta thermidor al menú, uno de esos recursos gastados en los que el aprendiz se convierte en el maestro. El espléndido Banderas no logra captar del todo al mentor del libro, con un “rostro florecido por la ginebra” y una “barriga de bebedor”.
Lo más frustrante es que nunca sentimos que la musa de Bourdain cobre vida. No se convierte, a lo largo de más de 100 minutos, en un evangelista de la cocina ni de su poder para sanar, celebrar y acoger. Reconoce, en “Kitchen Confidential”, en un capítulo sobre su infancia, que las ostras sabían “al futuro”, pero la rata de “Ratatouille” tenía más pasión.
Hay momentos encantadores, como cuando las ostras recién abiertas se usan para coquetear, o cuando el chef Eric Ripert, amigo de Bourdain desde hace mucho tiempo, aparece en un cameo, o cada vez que aparece la actriz Emilia Jones como el interés amoroso de Bourdain. Leo Woodall también ofrece una interpretación fantástica como Sal, el amigo de cocina y de drogas de Bourdain.
Centrarse en un fragmento de tiempo de un ícono cultural, algo que recientemente se hizo para The Boss en “Springsteen: Deliver Me From Nowhere”, es una alternativa, hoy ya astuta, a la película biográfica de cuna a tumba. Pero “Tony” fracasa como historia de origen. Al cocinero le falta sazón.
“Tony”, un estreno de A24 tiene una clasificación R (que requiere que los menores de 17 años la vean acompañados de un padre o tutor) de la Asociación Cinematográfica de Estados Unidos (MPAA, según sus siglas en inglés) por “lenguaje generalizado, consumo de drogas y contenido sexual/desnudez”. Duración: 106 minutos. Dos estrellas de cuatro.
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Esta historia fue traducida del inglés por un editor de AP con la ayuda de una herramienta de inteligencia artificial generativa.
FUENTE: AP