El problema, señaló, es que los líderes hablan sobre lo que esperan hacer “pero no hay mucha gente tomando medidas".
En la misma protesta, Lucia Dec-Prat, de 16 años, también mencionó la ansiedad. “Una cosa es es preocuparse por el futuro y otra distinta es salir y hacer algo al respecto”, dijo.
Pero las protestas sólo llegan hasta cierto punto, dijo Dec-Prat. “Sinceramente creo que los adultos no escuchan”.
Cuando se les preguntó por las conferencias climáticas, muchos de los entrevistados dijeron que gobiernos y organizaciones internacionales se mueven demasiado despacio contra el cambio climático. Una gran mayoría de los activistas se mostraron de acuerdo con Greta Thunberg, que describió las cumbres como un montón de palabras sin acciones, o “bla, bla, bla”, como dijo la activista sueca en un discurso el año pasado.
“De modo que en lugar de hacer ruido para contribuir al bla, bla, bla, hagan ruido para pedir acciones. Creo que eso tiene que ser lo crucial”, dijo Jevanic Henry, de 25 años y residente en Santa Lucía, en el Caribe. “Nosotros impulsamos las acciones”.
“El dinero no importa porque no vamos a tener ningún sitio donde vivir”, dijo Aniva Clarke, activista de Samoa de 17 años. “Y ése es probablemente el mayor problema en el que muchos líderes mundiales no se están centrando”.
Aunque muchos activistas jóvenes no sienten que se les esté escuchando, el secretario general de Naciones Unidas, António Guterres, les reconoció el mérito de instar a los negociadores a hacer más. La científica de la Universidad de Maryland Dana Fisher, que estudia el movimiento ecologista y a los jóvenes activistas, recordó que han declarado ante el Congreso de Estados Unidos y hablado ante Naciones Unidas y en cumbres climáticas anteriores.
“Los jóvenes han tenido mucho más que decir que en cualquier otro momento de mi vida adulta”, dijo Fisher. “Creo que muchos de ellos sentían que como fueron invitados y recibieron esas oportunidades, eso significaba que todo el mundo iba a dar un giro y cambiar su política”.
Y eso no es lo que ocurre, explicó, lo que les frustra.
En declaraciones en una cita cultural en Londres, Thunberg dijo que las conferencias climáticas anuales como la organizada en Egipto no conllevan cambios significativos. “A menos, por supuesto, que las utilicemos como una oportunidad de movilizarnos”, dijo, “y hagamos que la gente se dé cuenta de que esto es una estafa y se dé cuenta de que estos sistemas nos están fallando”.
Una de las jóvenes activistas climáticas más relevantes, la ugandesa Vanessa Nakate, ha participado tanto desde fuera, como manifestante en los inicios del Movimiento Rise Up, y más tarde desde dentro, como embajadora de UNICEF sobre cambio climático.
“La cuestión debería ser, ¿qué deben hacer los líderes? ¿Qué deben hacer los gobiernos? Porque todo este tiempo en el que me he dedicado al activismo, me he dado cuenta de que los jóvenes lo han hecho todo”, dijo Nakate a The Associated Press.
Y hay pocas dudas sobre quién creen los jóvenes activistas que debería pagar las facturas contra el cambio climático: los países ricos e industrializados que a lo largo de la historia han emitido más gases de efecto invernadero que los pobres. Los países ricos han prometido pagar a los pobres para que se adapten ante huracanes, sequías e inundaciones agravados por el cambio climático, pero por el momento no han cumplido su promesa de entregar 100.000 millones de dólares.
Mientras los inversionistas en Wall Street siguen metiendo dinero en fondos que se describen como “verdes”, muchos jóvenes activistas culpan al propio sistema del capitalismo de libre mercado por añadir gases que atrapan el calor en la atmósfera, algo que los analistas y mandatarios a menudo ignoran como factor.
La mayoría de los entrevistados pidieron más presión, protestas y denuncias contra negocios y corporaciones, como una reciente manifestación en Nueva York ante la sede de la firma de inversión financiera BlackRock, como una táctica efectiva contra el cambio climático.
Minutos antes de marchar ante la famosa escultura de un toro en Wall Street y junto al lugar donde se centró el movimiento Occupy Wall Street, Oscar Gurbelic, de 17 años, culpó directamente al sistema de libre mercado y grandes empresas.
“El cambio climático y el capitalismo están entrelazados por naturaleza”, dijo Gurbelic.
Muchos dicen que están dispuestos a hacer cambios en su vida para asumir la responsabilidad de reducir las emisiones. Vuelan y manejan menos, y caminan más. Gran parte de los activistas entrevistados dijeron que preferirían tener menos hijos por el cambio climático. La mayoría dijeron que no participan en algunas actividades al menos una vez por semana porque es contaminante o un derroche.
Violeta, la activista mexicana, señaló que los jóvenes ya no quieren vivir en un mundo que se limita a consumir y desechar las cosas usadas.
Como en otros movimientos de protestas, hay diferencias de opinión sobre si trabajar desde dentro o fuera del sistema. Algunos activistas con los que habló AP colaboran con gobiernos, organizaciones internacionales y organizaciones no gubernamentales para aumentar la concienciación sobre los riesgos climáticos que enfrentan sus comunidades. Otros restringen su labor a los movimientos de base y combaten a las grandes instituciones.
Los expertos que estudian a los jóvenes activistas climáticos dicen que si bien pertenecen a la generación mejor educada de la historia, muchos quieren tomarse un descanso en su educación para centrarse en las acciones climáticas. Otros, como Jevanic Henry, quieren combinar su vida profesional con el activismo climático. Él ha trabajado con gobiernos y organizaciones sin fines de lucro en cuestiones climáticas.
“Intento mantenerme tan optimista como puedo”, dijo Henry en una entrevista, aunque dijo que ese esfuerzo choca con el temor a que se produzca un colapso socioeconómico si no se toman medidas en todos los niveles.
Pero la esperanza sólo llega hasta cierto punto.
“Cada vez más gente va a estar molesta y frustrada y dispuesta a emprender acciones más agresivas”, dijo Fisher, de la Universidad de Maryland. “Y el problema es que en algún momento, eso puede volverse violento”.
Las nuevas tácticas, como arrojar sopa o puré de patatas a obras artísticas famosas -que tienen cristales que las protegen del daño- nacen de la frustración, dijo Klein Salamon, de Climate Emergency Fund.
“Lo hemos intentado todo. Marchas y campañas de presión, escribir cartas, hacer llamadas”, dijo Klein Salamon. “Simplemente no estamos donde deberíamos”.
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La periodista de AP Teresa de Miguel contribuyó desde Ciudad de México.
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FUENTE: Associated Press