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Juan Manuel Cao

Juan Manuel Cao: '¿Qué culpa tenemos de haber nacido en un país dirigido por un desquiciado?'

Juan Manuel Cao ha logrado escribir una novela sobre Cuba, el poder y la locura de los dictadores sin mencionar a la isla ni a Fidel Castro ni una sola vez

Y eso el lector lo agradecerá, porque si es cubano podrá reírse con ganas –a veces con esas carcajadas que salen de los abdominales– sin detenerse solo en la tragedia. Y si el lector no es cubano, pues gozará igual, sin necesidad del contexto, porque al final ni los tiranos, ni tampoco los disparates, se quedan contenidos en las islas, como prueba La gran locura (Ediciones Universal), la nueva novela del periodista y escritor cubano, que la presenta el jueves 30 de noviembre en el Teatro Tower, en la Calle Ocho.

Crías de ranas toro y avestruces gigantes que acabarían con el hambre de la población; vacas con la cabeza en aire acondicionado y el cuerpo torturado por el calor; un científico y su familia condenados a andar con un casco frío en la cabeza por tratar de poner un poco de cordura en la sinrazón, y una máquina lectora del pensamiento.

Todos esos experimentos nos resultan familiares porque también fuimos –¿somos?– objetos de estudio. ¿Acaso Google no nos pone en el feed algo que ni siquiera hemos escrito en el buscador, y que solo habíamos pensado? Cao, conductor del programa A fondo de América TeVé y de America Radio, sigue buscando tiempo para escribir. La gran locura está precedida por la novela Te juro que soy culpable (Planeta 2004) y el libro de crónicas El impertinente (Planeta 2015).

En una entrevista con el Nuevo Herald a propósito de este último, Cao manifestó su pesimismo sobre el futuro de Cuba. “¡Por supuesto que un día Cuba será libre!, pero yo, que nací en dictadura, temo que me moriré en dictadura”, dijo entonces. Unos años más tarde, el final de La gran locura arroja, en palabras más alentadoras, la “abrupta geografía de una tierra recién nacida” que volverá a estar incluida en las cartas de navegación.

¿Por qué eliges la locura, la hiperbólica, la que padecen los personajillos con grandes ínfulas, como columna vertebral de un libro por lo demás muy libre? ¿No resulta paradójico? Por supuesto que es paradójico porque uno no elige la locura, sino que la locura lo elige a uno.

¿Qué culpa tenemos de haber nacido en un país dirigido por un desquiciado? ¿Por un tipo que daba discursos afirmando que la CIA desviaba huracanes y se los enviaba cargados de gérmenes y plagas, un señor que un día amanecía con la idea de criar pollitos en los balcones y al otro de hacer la guerra en África? Por eso he querido abordar nuestra tragedia nacional desde el ángulo del absurdo, de lo ridículo, de la comedia.

Porque revisando otras dictaduras, descubro que estos megalómanos se parecen muchísimo, se creen muy particulares, pero en el fondo son similares. Algunos más ridículos que otros, pero en el fondo, igual de petulantes. Mi venganza consiste en describirlos, en desnudarlos, en mostrarlos tal y como son de verdad.

“La patria es donde cuelgo mi toalla”, una frase del libro que se me ha quedado.

¿Qué es la patria para JMC, que siempre lo imaginamos conectado a Cuba?

Esa es una frase del himno de una de las tantas micronaciones que incluyo en la novela, no la inventé.

Es una broma irónica. ¿Qué es la patria para mí? ¿O qué es Cuba para mí? Tal vez sean dos preguntas distintas. A estas alturas Cuba es una injusticia por reparar, una mentira que persiste en el tiempo, una deuda moral.

La patria es otra cosa: es algo más profundo que un simple espacio geográfico, es un sitio en el corazón, en las memorias y en las emociones. Y la llevamos a cada paraje en que acampemos, ya sea temporal o permanentemente. Tal vez esa broma tenga razón y la patria esté allí, en cada lugar en que colguemos la toalla. Dedicas un espacio considerable a hablar de las micronaciones. Qué te impulsó a hacerlo. Es un mundo que descubrí gracias a mis hijos. Hay centenares de ellas.

Algunas bastantes disparatadas, pero todas, de alguna manera terminan por ser una parodia de las naciones reales, y ciertos gobiernos han reaccionado mal cuando se han visto parodiados.

Son, para explicarlo de un modo sencillo, personas que un día anuncian que el cuarto de su casa es un país aparte, una nación, y deciden izar bandera, acuñar moneda propia, componer un himno y dejar de pagar impuestos. Otros lo han hecho en espacios abiertos y han creado verdaderos conflictos territoriales.

Hay incluso un atlas de las naciones que no existen, lo que constituye el colmo del absurdo. Y los más osados reclaman territorios en el espacio sideral. Lo sorprendente es que la ONU tiene escrita toda una legislación o un tratado sobre el espacio extraterrestre.

Todo esto me pareció material novelable.

¿Qué descubriste en este proceso de hurgar en la historia, la mitología, la ciencia y las teorías más increíbles que resultan ser verdad? Descubrí que la imaginación humana es maravillosa, pero tiene su lado oscuro.

Y que cuando los poderes políticos y científicos se confabulan no siempre es para bien. ¿No es por gusto que el personaje principal se llama Aníbal, y que su interés romántico sea Leda? Los nombres de los personajes están relacionados con sus respectivas personalidades.

Aníbal es un hombre de letras y Leda es una mujer de ciencias: dos mundos que no siempre se complementan.

Ambos en el fondo son oportunistas, pero como están obligados a sobrevivir en un mundo sin pies ni cabeza, terminan vinculados no por amor sino por resentimiento.

Detrás de Leda, la mujer bella, extremadamente inteligente y trepadora, que el dictador desea, hay una anécdota muy buena que me gustaría compartieras.

Sí, la escena donde el dictador trata de conquistar a Leda, y la encierra en una casa de protocolo, parece un invento de mi parte, pero está inspirada en una historia real que le escuché a la poeta nicaragüense Gioconda Belli.

Fidel Castro le hizo una encerrona. Gioconda, además de ser una magnifica escritora, ha sido siempre muy atractiva, y en su juventud se incorporó a la guerrilla sandinista.

A finales de los setenta, mientras su esposo se jugaba la vida en la selva, ella fue a La Habana en busca de ayuda para su grupo, pero como Castro apoyaba la facción de los Ortega el lance amoroso terminó de forma inesperada. Alrededor de esa idea yo escribo algo distinto y bastante más caricaturesco, pero que, sin embargo, en los detalles hay mucho de lo que me contó Gioconda, quien por cierto hoy forma parte del grupo de opositores a los que el orteguismo ha desterrado y despojado arbitrariamente de la ciudadanía.

Uno de los aspectos fundamentales en la saga del dictador es la corte de delatores, de focas que aplauden asustadas. ¿Cuál es el rol de esos seres menores en la propagación de la locura? Los personajes secundarios son importantes porque sin ellos los grandes chiflados no podrían poner en práctica sus chifladuras, ni desquiciar la vida cotidiana de millones de personas.

En la segunda parte del libro le dedico un homenaje burlesco a los espías: esos actores de doble filo que tan comunes se han hecho en nuestra dislocada realidad.

No podía faltar “la fuga”, esa de la que tanto se habla ahora, el plan de escape, que puede parecer la salvación. ¿Cuáles son las claves de la nueva locura que se encuentran al salir?

La fuga es un homenaje a todos los balseros y en especial a los camionautas, tan sólo que el camión de mi novela arrastra una carroza de carnaval que desembarca en una playa en la que se está celebrando una colorida parada o desfile de máscaras y disfraces. De modo que escapan de un circo para caer en otro. No estoy con ello equiparando ambos mundos.

La maldad totalitaria no tiene equivalente.

Pero tenemos que reconocer que del lado de acá se producen otro montón de locuras y disparates. Curiosamente, la segunda parte de la novela, por la actualidad que tiene, podría resultar más divertida: allí está el metaverso, la inteligencia artificial, o al revés, la inteligencia real en recipientes artificiales, la politiquería, los falsos profetas y los vendedores de humo.

La novela sería una distopía si no fuera porque lo que cuenta ya es el presente. ¿En ese caso sería una novela realista? Podría ser una comedia absurda que cuenta hechos reales.

¡Resulta increíble que todas esas cosas que cuento hayan pasado o estén pasando! Hay ahora mismo en el escenario internacional un montón de personajes tan ridículos que parecen caricaturas.

Pero están ahí, haciendo daño y volviéndonos locos. En la dedicatoria del libro das crédito a Carlos Alberto Montaner, “por la amistad y el magisterio”. ¿En qué forma está presente el legado de Montaner en ‘La gran locura”?

Está presente en el sentido del humor. Montaner fue para mí, como para muchos, un gran amigo y un maestro.

Eres una figura de los medios, bien ocupada, ¿cuándo escribes y por qué se te hace necesario dedicarle tiempo? En este mundo loco y precipitado que vivimos lo que más escasea es el tiempo. Yo tampoco lo tengo, y me gustaría publicar más, pero hay que ganarse el pan. Hago una hora de televisión diaria, más hora y media de radio.

La actualidad es agotadora.

¿Por qué se me hace necesario? Porque tengo claro que el periodismo es intrascendente, y que como dice Héctor Lavoe: “Para que leer un periódico de ayer”.

lo la buena literatura, la música, el cine y el arte en general trascienden en el tiempo.

O porque, tal vez, como el personaje de mi novela, yo también quiero ser inmortal.

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FUENTE: elnuevoherald.com - SARAH MORENO

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