Ya en el interior, el escenario es desolador. Caminos destruidos, bancos rotos y jardines olvidados se mezclan con basura acumulada en rincones que alguna vez fueron zonas de descanso. El calor y el hedor animal convergen en un ambiente incómodo, intensificando la sensación de abandono.
Las condiciones de los animales son particularmente alarmantes. Especies emblemáticas como cebras, venados y camellos ya no pastan en los recintos. La alimentación es escasa y poco adecuada: leones demacrados observan en silencio, mientras que los monos, inquietos y angustiados, extienden sus brazos en busca de comida —a menudo solo reciben melon, calabaza o maíz seco— . En los estanques donde nadaban cocodrilos y tortugas, solo permanece un hipopótamo que flota en aguas repugnantes y estancadas .
Las consecuencias de la epidemia aviar de 2023 también dejaron su huella: los flamencos y avestruces desaparecieron, y hoy solo sobreviven cinco buitres, en un entorno poco propicio para su supervivencia.
Los animales restantes sufren condiciones críticas: los leones muestran sus costillas, los monos viven en estado de desesperación, y los trabajadores hacen lo posible por mantener algo de higiene en medio de la escasez general . Visitantes como Lorenzo Martell lamento compararlo con “un campo de concentración” o “un documental de lo que no debe pasar”. Mariela Tapas compartió ese sentir con su pequeña hija: “Si para nosotros la cosa está mala, para ellos está peor… dan pena, están flacos, con suciedad en sus jaulas. El oso da grima, con aspecto de hiena hambrienta” .
Hoy, recorrer el zoológico toma menos de una hora, y el poco tiempo restante lo ocupan las áreas gastronómicas, cuyos precios han quedado fuera del alcance de la mayoría: una pizza cuesta 300 pesos, una lata de refresco 200, un helado 700, y los alimentos desde 1 500 pesos en adelante —solo un algodón de azúcar cuesta 100