La mujer, de 53 años, es una de los pocos vecinos que quedan en Kozatske, una aldea ribereña situada en la zona de muerte de la región ucraniana de Jersón, a menos de 2 kilómetros (1,2 millas) de un área controlada por Rusia.
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SUSCRIBITEKOZATSKE, Ucrania (AP) — Una toalla blanca en su portón y un trapo blanco en la mano eran las únicas formas que tenía la ucraniana Nataliia Diadiuk de decirles a los operadores rusos de drones que es una civil. Cuando entró en vigor un breve alto el fuego el 27 de octubre, tuvo un momento de respiro.
La mujer, de 53 años, es una de los pocos vecinos que quedan en Kozatske, una aldea ribereña situada en la zona de muerte de la región ucraniana de Jersón, a menos de 2 kilómetros (1,2 millas) de un área controlada por Rusia.
“De verdad quiero silencio”, manifestó Diadiuk, conteniendo las lágrimas mientras permanecía de pie en una calle vacía flanqueada por casas abandonadas. “Y quiero ver a la gente que se fue, a todos. La gente se fue para ambos lados”.
La vida de Diadiuk se ha reducido a la supervivencia básica: agua de lluvia para beber, leña recogida por el pueblo para calentarse, una radio que intenta sintonizar para enterarse de las noticias y los restos de ayuda humanitaria que no le habían llegado en dos años hasta el breve alto el fuego, que terminó la noche del domingo apenas unos días después de haber comenzado. Salir significa esquivar todo tipo de armas, incluidas minas esparcidas por todas partes. Los vecinos que menciona son, con más frecuencia, los muertos que los pocos que aún viven cerca.
Un equipo de The Associated Press obtuvo un acceso poco común a la llamada zona roja para ver de primera mano cómo es la vida en la zona de muerte, una visita posible únicamente gracias a un breve alto el fuego localizado vinculado a la misión de ayuda humanitaria en la ciudad de Oleshky, ocupada por Rusia.
Oleshky ha atraído la atención del mundo, pero hay civiles atrapados en muchos más lugares a ambos lados de la línea del frente. Durante la misión, funcionarios regionales ucranianos, la policía, la Sociedad de la Cruz Roja Ucraniana y voluntarios, con la facilitación de especialistas en cooperación cívico-militar, aprovecharon esa rara ventana de tiempo para llegar a personas del lado ucraniano del río, algunas de ellas incomunicadas durante casi dos años.
En total, 180 personas fueron evacuadas de comunidades ribereñas y de la ciudad de Jersón, incluidos 23 niños, informó la administración regional. Unas 140.000 personas permanecen en la parte de la región de Jersón controlada por Ucrania.
Antes de la guerra, toda la región —ahora casi un 70% bajo control ruso— tenía alrededor de 1 millón de habitantes. La ribera está designada como zona roja, el nivel más alto de peligro militar. Con el alto el fuego terminado, los residentes volverán a enfrentarse a drones, artillería, bombas planeadoras y minas lanzadas desde el aire. Aun así, muchos se niegan a irse. Algunos no pueden permitirse empezar de nuevo y otros no abandonarán los lugares donde crecieron.
En la carretera hacia la aldea de Diadiuk hay autos calcinados abandonados donde fueron alcanzados, junto a robots terrestres destrozados que los ucranianos intentan enviar por caminos demasiado peligrosos para las personas. Un vestigio de tiempos de paz aún permanece en esa carretera: “Gracias por mantener limpia la cuneta”.
En la aldea, muchas casas han quedado reducidas a paredes quemadas. Las bombas planeadoras han dejado cráteres, y las aletas de cola de los proyectiles sobresalen del asfalto como flores. Hay minas arrojadas por drones por todas partes: algunas con forma de pétalo, otras improvisadas y envueltas en papel aluminio o plástico, de modo que cada paso debe darse con cuidado. La vegetación espesa se traga las ruinas de las casas vacías.
Lo que a Diadiuk le resulta más difícil de soportar es el aullido de los perros que quedaron atrás en las casas, sobreviviendo más o menos como ella. “Incluso por su bien, no puedo dejarlos”, afirma, señalando a dos perros flacos que nunca se alejan demasiado de ella. Pero también comparte la poca comida que tiene con otros perros.
Aislada y obligada a luchar por sobrevivir cada día, ha perdido la noción del tiempo. “Enciendo el celular sólo para ver qué día es”, cuenta. Lo carga con paneles solares.
Diadiuk recoge agua de lluvia, la cuela con gasa, la trata con cloro y la hierve. “El agua aquí está más o menos bien”, comenta. “Hay muchos muertos tirados en las casas, así que es buena agua sólo en cierto modo”.
El calvario de la aldea comenzó en los primeros días de la invasión a gran escala de Rusia, cuando fue ocupada. Después de que las fuerzas ucranianas la liberaran, Kozatske fue quedando gradualmente bajo asedio de drones, a medida que la guerra se volvía cada vez más tecnológica.
“Antes, simplemente abría la puerta y salía caminando”, relató Oleksii Shavokin, de 54 años, que vive un poco más abajo en la calle. “Ahora la abro apenas una rendija, saco la oreja y escucho el cielo”.
Su casa se incendió a principios de 2023 tras un ataque con mortero, explicó, pero la reparó y se quedó allí. Vive de ayuda humanitaria antigua y de huevos de las gallinas que aún conserva. “Raciono la comida para que dure. Estoy acostumbrado”, señaló. “Ahora como una vez al día, por la noche, y eso es más que suficiente”. Ha perdido 30 kilogramos (66 libras) desde un peso de cerca de 100 kilogramos (220 libras).
Muchas de las personas que conocía murieron por ataques, y otras se fueron. Él decidió quedarse.
“Valoro la vida, pero ¿dónde está la garantía de que un auto no me atropelle en otro lugar?”, planteó Shavokin. “Donde esté escrito para ti, ahí perderás la vida o seguirás viviendo. Y aun así, espero que todo esto termine pronto”.
Muchos residentes que se quedan no saben adónde irían y temen que los dejen a su suerte, dijo Oleh Tarabaka, jefe del gobierno militar de la ciudad de Nova Kakhovka. Él formó parte del equipo que intentó convencer a Diadiuk y a Shavokin de que se fueran.
Pero es difícil, indicó. Muchos han vivido allí toda su vida y temen que, una vez que se vayan, no tengan de qué vivir. No todos tienen a alguien a quien acudir. Algunos no tienen familiares.
“Si no hubiera habido un periodo de calma, simplemente no habríamos sacado a la gente”, sostuvo Tarabaka. “No habríamos podido entrar conduciendo hasta aquí”.
Lo que están viviendo los residentes va más allá de la supervivencia, añadió Tarabaka, y señaló que quizá aún no se ha inventado una palabra para describirlo.
Sin embargo, a algunos se les puede persuadir para que se vayan. Ese fue el caso de Yevhen y su madre, Antonina, quienes declinaron dar sus apellidos por razones de seguridad.
Uno de los funcionarios militares se dirigió a Yevhen. “Solo toma la decisión correcta, la decisión de un hombre y de un hijo”, le dijo un soldado ucraniano de la 42ª brigada que formaba parte del grupo de evacuación.
Finalmente, aceptaron.
Durante todo el trayecto por su ciudad bombardeada, Antonina se lamentó y lloró, sin querer irse. Sus gritos resonaban por las calles vacías.
La tregua temporal permitió a la Cruz Roja evacuar a muchas más personas de lo habitual de la ciudad de Jersón. Normalmente, cada ruta y cada etapa deben planificarse en torno a la amenaza constante de drones y otras armas.
“Ahora mismo, algunas calles y lugares de Jersón también son una zona de muerte. Es simplemente imposible pasar por ahí. El riesgo es muy, muy alto”, afirmó Mykola Taranenko, comandante del equipo de respuesta rápida de la Sociedad de la Cruz Roja Ucraniana en la región de Jersón.
Su equipo suele evacuar a unas 10 personas por semana, pero durante la semana del alto el fuego sacó al menos a 40.
Entre los evacuados estaban Volodymyr y Kateryna Yakuba, ambos de 77 años, que se divorciaron hace más de 20 años pero salieron de la ciudad juntos. Su hija organizó la evacuación, y van a quedarse con ella en Odesa.
“Tenemos que salir antes de que llegue el frío”, dijo ella, y añadió sobre el alto el fuego: “No sé cómo habríamos salido de otra manera”.
“Da miedo dejar el hogar”, le temblaba la voz. “No sabes si vas a volver, o si habrá algo a lo que volver”.
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Los periodistas de Associated Press Vasilisa Stepanenko y Evgeniy Maloletka contribuyeron a este reportaje.
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Esta historia fue traducida del inglés por un editor de AP con la ayuda de una herramienta de inteligencia artificial generativa.
FUENTE: AP
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