El creador y director Jon Favreau vio cómo su serie de Disney+ sobre un personaje menor de “Star Wars” se convertía en un enorme pilar cinematográfico veraniego, y se dobló bajo la presión, convirtiendo al Mandaloriano en un John Wick gatillo fácil y sin lograr hacer nada significativo con una de las criaturas más adorables de Hollywood, llamada cariñosamente Baby Yoda.
Sigourney Weaver, como coronel de la Nueva República, reprende al Mandaloriano al principio tras una misión sangrienta: “Un desastre. Un desastre total”. Lo mismo podría decirse de este capítulo demasiado largo y demasiado violento, que depende de demasiados efectos por computadora y deja al descubierto los límites de la marionetería. En IMAX, resulta francamente torpe.
Quizá el principal problema de “The Mandalorian and Grogu” es que los peligros son pequeños. El destino de la Resistencia no está en juego. No se arriesgan planetas ni sistemas estelares enteros. Los Jedi no están a la defensiva ni en ascenso. Es solo una historia sobre la misión de un cazarrecompensas en el Borde Exterior.
Los fans de la franquicia aun así se deleitarán con cosas conocidas —X-wings, caminantes AT-AT, stormtroopers, los diminutos mecánicos llamados Anzellans y Jabba the Hutt— bueno, no él, sino sus parientes. Hay un buen guiño a la escena del compactador de basura de la Estrella de la Muerte en “A New Hope”, y vemos a Grogu recoger un bastón en un pantano, lo que despierta cálidos recuerdos de Yoda. Pero no hay suficientes duelos con sables de luz y sobran, por mucho, las picanas eléctricas.
Pedro Pascal regresa como el Mandaloriano, despojado de cualquier mención a su pasado, su religión o su planeta natal. Básicamente, pasa de una batalla a la siguiente, una máquina de matar implacable que despacha enemigos con un bláster y un sinfín de técnicas de artes marciales. Es como un Iron Man sin gracia. Cuando lo silencian en la segunda mitad, Grogu pasa al centro y la película cambia de tono, volviéndose más callada y conmovedora. Tal vez debieron deshacerse del tipo y concentrarse solo en el niño.
Esta dupla siempre ha sido intrigante. Pascal, con su casco y armadura metálica, suelta diálogos acartonados —“Parece que vamos a tener que hacerlo por las malas”— y camina como un robot humanoide. Su pequeño aprendiz verde, en cambio, ama los bocadillos y emite arrullos que derriten el corazón. Arrugando su diminuta nariz, con sus ojos expresivos y orejas largas, es el personaje más humano del universo de Star Wars que no es humano en absoluto.
La trama es la típica de una película de acción: un trabajo peligroso para un hombre peligroso. El Mandaloriano acepta encontrar y capturar a un sombrío excomandante imperial, pero para lograrlo tiene que desviarse para rescatar al hijo de Jabba the Hutt. Sí, ese viejo jefe criminal baboso que congeló a Han Solo en carbonita. Pues tuvo un hijo, que tiene serios problemas con su papá y es medio emo, con la voz de Jeremy Allen White. Incluso tiene abdominales. ¿Tenías a Jeremy Allen White como un Hutt atractivo en tu cartón de bingo de 2026?
Lo que obtenemos son persecuciones por un paisaje urbano abarrotado y combates aéreos en el espacio, una pelea de gladiadores a muerte en un coliseo de ciencia ficción (“¡Maten! ¡Maten! ¡Maten!”, grita servicialmente la multitud), un cargamento de criaturas horripilantes —incluida una cosa realmente enorme, mitad dragón, mitad serpiente, y otra que parece sacada de “Stranger Things”— y a Martin Scorsese poniendo voz a un vendedor de comida con aspecto de mono con múltiples brazos. (Esa última era fácil de predecir, ¿no?)
La franquicia de “Star Wars” alguna vez lideró la cultura con sus imágenes, su desparpajo y su estilo. Pero esta película es un paso atrás, formulaica y a la zaga de “Top Gun”, “Blade Runner”, “Transformers” y “Men in Black”. Incluso la banda sonora de Ludwig Göransson está desentonada, empañada por chirridos sintéticos ochenteros de sonido barato, junto con lo que parecían tonadillas folclóricas en yidis.
La duración le quita energía y, cuando todo termina, los créditos en pantalla por todos esos efectos especiales se prolongan cinco minutos completos. Antes uno salía de una nueva película de “Star Wars” en una nube. Aquí, esa galaxia está muy, muy lejos.
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“Star Wars: The Mandalorian and Grogu”, un estreno de Walt Disney Studios Motion Pictures, tiene una clasificación PG-13 (que advierte a los padres que podría ser inapropiada para menores de 13 años) de la Asociación Cinematográfica de Estados Unidos (MPAA, según sus siglas en inglés) por “violencia y acción de ciencia ficción”. Duración: 132 minutos. Dos estrellas de cuatro.
FUENTE: AP