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Para estos venezolanos en EEUU, los sismos de junio repercuten en su vida diaria

LOS ÁNGELES (AP) — Después de que sus padres desaparecieron bajo los escombros del edificio de apartamentos de su familia en Venezuela, Kelly Granado Montano pasaba los días “perdida, preocupada y en el teléfono”, con el cuerpo en un país y la mente en otro.

“Aumentó la preocupación, el desespero, el dolor, la angustia. De no saber” cuál había sido su destino, relató.

Ella está entre más de un millón de venezolanos que viven en Estados Unidos y que vieron desde lejos cómo se desarrollaba uno de los peores desastres que han golpeado al país sudamericano.

Los potentes terremotos consecutivos que sacudieron el centro-norte de Venezuela el 24 de junio dejaron más de 6.500 muertos, un número indeterminado de desaparecidos y dañaron miles de edificios.

A medida que las noticias inundaban los canales de redes sociales y los chats de familias en WhatsApp, la culpa del sobreviviente, la ira hacia las autoridades venezolanas y una devastadora sensación de impotencia se apoderaron de muchos en la diáspora, un grupo cuyo tamaño se duplicó hasta 1,2 millones entre 2019 y 2024, mientras la gente buscaba alivio principalmente a las penurias económicas.

Más de dos meses después, algunos venezolanos en Estados Unidos aún lidian con las secuelas de los terremotos — enfrentando pérdidas y encabezando esfuerzos de recuperación— en medio de una incertidumbre cada vez mayor en ambos países, en gran medida vinculada a políticas de la Casa Blanca.

Mientras el presidente estadounidense Donald Trump refuerza su control sobre los asuntos internos de Venezuela tras la impactante operación militar de Estados Unidos que depuso en enero al entonces presidente Nicolás Maduro, su administración está reduciendo las vías para permanecer en Estados Unidos, al poner fin a programas que permiten que más de 700.000 venezolanos vivan y trabajen aquí legalmente.

Algunos inmigrantes sienten la responsabilidad de seguir visibilizando las necesidades persistentes de Venezuela y sus desafíos particulares. “La gente cree que estamos bien, pero no lo estamos”, señala Dariela Merchan, enfermera de una sala de emergencias en Austin, Texas.

Cuatro venezolanos que viven en Estados Unidos compartieron cómo vivieron los últimos dos meses y qué podría depararles el futuro. Esta historia es una colaboración con Caplin News en Miami y Conecta Arizona, con sede en Phoenix.

La dueña de un restaurante buscó a sus padres desde Los Ángeles

Granado Montano llamó a sus padres una y otra vez la noche del 24 de junio, pero no hubo respuesta.

Marina, de 66 años, y Jesús, de 80, fueron vistos por última vez en el estacionamiento subterráneo del edificio donde tenían un apartamento de playa, a punto de irse tras unas vacaciones familiares. El edificio de 10 pisos, en el estado costero de La Guaira, se derrumbó por completo.

Granado Montano, de 43 años, vio por última vez a sus padres hace 11 años. Sin poder salir de Estados Unidos y con tan poca ayuda de las autoridades venezolanas, buscar a sus padres junto a familiares y voluntarios en el terreno se convirtió en “una odisea”.

Recaudó fondos para las labores de búsqueda y suplicó en redes sociales más ayuda para llegar hasta su edificio, uno de los 190 que colapsaron por completo. Un grupo que buscaba a sus seres queridos gastó miles de dólares en contratar una máquina para mover escombros, con escasos resultados. El avance comenzó cuando alguien donó una excavadora y un operador de dron ayudó a localizar restos desaparecidos.

En medio de todo, Granado Montano convirtió su restaurante de Los Ángeles, Full Arepas, en un centro de ayuda, llenando contenedores de envío con donaciones para enviarlas a Venezuela. “Saber que estamos ayudando a otros que pasaron y están pasando por lo mismo que yo, por lo menos me ayuda, me da un poquito de alivio”, expresó.

Y así pasaron 57 días, hasta la tarde del 19 de agosto. Granado Montano estaba en el trabajo cuando un primo le envió un video de la camioneta de sus padres, cubierta de escombros.

Dentro, los voluntarios encontraron a su madre y a su padre; a su prima y a su hija de 9 años; a una amiga de su hija; al novio de su prima y al hijo de él de 13 años. Su padre tenía puesto el cinturón de seguridad.

Enterarse de que los habían encontrado fue “dulce amarga”, poque aunque había encontrado a su familia “sabíamos que no como hubiésemos querido, que era con vida”.

Lo procesa día a día: se mantiene ocupada en el restaurante y está creando una fundación para seguir ayudando a los venezolanos. Sin poder asistir al memorial por sus padres en Venezuela, Granado Montano y su hermana realizaron su propio servicio en una iglesia de Los Ángeles.

“Estuvieron juntos 45 años y hasta la eternidad”, dijo Granado Montano. “Porque los encontraron como quería. Juntos”.

Una enfermera de Austin, Texas, envía suministros médicos entre turnos

Dariela Merchan anhelaba poner sus habilidades médicas al servicio en el terreno. Pero un pasaporte venezolano vencido le impidió regresar al país del que se fue por primera vez hace 14 años, un problema común después de que los consulados venezolanos en Estados Unidos cerraron hace años.

Con su padre y su hermana a salvo en Venezuela, su preocupación se centró en el personal médico desbordado y sin recursos, y en los pacientes que necesitaban desesperadamente su ayuda. El sistema de salud ya estaba tan debilitado antes de los terremotos que los medicamentos eran escasos y la electricidad y el agua de un hospital podían fallar en cualquier momento.

“Están tratando de sobrevivir y de trabajar con lo que tienen”, señaló Merchan, de 28 años. Les preguntó a amigos médicos en Venezuela qué necesitaban. Le respondieron: “Literalmente cualquier cosa”.

Merchan, una prolífica creadora de contenido en TikTok cuyos videos sobre enfermería a veces alcanzan millones de vistas, recurrió a su red allí. Conectó a trabajadores de la salud con plataformas donde podían ofrecer sesiones gratuitas de telesalud para los afectados. Una sola publicación en TikTok consiguió 500 inscripciones, aseguró.

Cuando Merchan pidió a marcas que contribuyeran, una empresa de ropa médica le envió por correo 200 juegos de uniformes nuevos. Temiendo robos por parte de funcionarios u otras personas, decidió enviar los uniformes puerta a puerta a una organización sin fines de lucro de salud que trabaja en el golpeado estado de La Guaira. Recaudó colectivamente parte de la tarifa de envío de 1.200 dólares y ella cubrió el resto.

Entre turnos nocturnos, Merchan empaca más suministros donados para enviarlos, incluidos sobres de polvo de electrolitos para los equipos de primera respuesta. Incluye notas escritas a mano para agradecer al personal de salud y recordarles que no están solos. “Los estamos viendo y estamos con ustedes”, quiere que sepan, “desde todas partes del mundo”.

Un estudiante del sur de Florida llora a familiares mientras contempla un futuro incierto

Una semana después de que su tía Yolanda murió bajo los escombros del edificio donde vivía, Alejandro Marquina descubrió un mensaje de Instagram de ella, felicitándolo por un logro reciente en el trabajo.

No lo había visto y nunca respondió.

El mensaje sin contestar es un recordatorio doloroso porque cinco familiares en su natal La Guaira fallecieron en los sismos.

“Me sentí como una persona realmente mala”, confesó Marquina, de 22 años. “Ella estaba muy orgullosa de mí. Y ahora, ya no está”.

En las semanas posteriores a los terremotos, Marquina sufrió pesadillas recurrentes. Casi no salía de su casa, consumido por la culpa del sobreviviente. Al estudiante de último año de la Universidad Internacional de Florida le costaba asistir a clases y dejó de conducir, por miedo a que ocurriera algo malo. Salir con amigos o con su novia a veces le provocaba ataques de pánico.

“Sentía como que yo estaba aquí divirtiéndome, pero mi familia se está muriendo”, relató. “Mucha gente en Venezuela, no solo mi familia, está luchando por su vida”.

Marquina, sus padres y su hermana se mudaron al sur de Florida en 2015, cuando su familia huyó de la opresión y buscó mejores oportunidades fuera de Venezuela. Se establecieron en Doral, una ciudad del condado Miami-Dade con una población venezolana tan grande que su apodo pasó a ser “Doralzuela”.

Ahora, la tragedia a la distancia pesa sobre Marquina mientras enfrenta incertidumbres sobre su futuro y el de muchos otros, a medida que la administración Trump endurece las políticas de inmigración y ciudadanía.

Marquina comenzó terapia después de los terremotos, lo que, según dijo, le ayudó a procesar lo ocurrido. Pero fue el envío de ayuda lo que lo mantuvo avanzando.

El estudiante de periodismo usó sus habilidades en redes sociales para crear conciencia. Ha reunido 2.000 dólares hasta ahora para los sobrevivientes del terremoto, incluidos sus propios familiares desplazados.

“Necesitaba hacer algo”, afirmó. “No podía quedarme en mi casa”.

Desde Tucson, Arizona, vio cómo un segundo desastre afectaba a su familia

Diana Ramos tuvo dificultades al principio para comunicarse con sus padres y su abuela, pero estaban bien, salvo algunos daños menores y una vajilla con valor sentimental, rota.

Abrumada por la avalancha de campañas de GoFundMe y colectas de voluntarios, Ramos, de 27 años, reflexionó sobre cómo marcar una diferencia desde Tucson, Arizona, adonde llegó reclutada como atleta universitaria.

Algunos de sus recuerdos más entrañables de la infancia en Guatire, una ciudad a 45 minutos al este de Caracas, estaban ligados a la escuela. Le escribió a una de sus maestras y se enteró de que su primaria cerró tras sufrir graves daños. Ramos recaudó 4.000 dólares entre amigos y familiares para ayudar a reparar el edificio.

Pero semanas después llegó un nuevo golpe: otro enorme terremoto en Colombia, hogar de 2,8 millones de venezolanos, incluida su hermana Duneida. Ambos lugares de trabajo de su hermana en la golpeada ciudad de Cali resultaron dañados, y uno quedó totalmente destruido, lo que eliminó parte de sus ingresos. Durante un tiempo, Ramos supo menos de su hermana, que estaba abrumada y angustiada.

“Se siente como si tuviera el corazón dividido en dos partes, en dos países distintos”, dijo Ramos. “Así que eso ha sido triste”.

Ramos se pregunta cuánto más puede soportar su gente después de dos décadas de agitación política y crisis económica. “Todas estas cosas se están acumulando sin que se resuelva nada”, sostuvo.

El acuerdo reciente que da a Estados Unidos acceso a aproximadamente una quinta parte de las reservas petroleras de Venezuela —que algunos promocionan como un salvavidas económico, mientras otros lo critican por considerarlo un agravio a la soberanía venezolana— no cambia la perspectiva de Ramos.

Ella sigue adelante, aferrándose a su rutina en Tucson y a la esperanza de volver a ver pronto a su familia. “Los terremotos pusieron en perspectiva cómo la vida puede cambiar en un segundo”.

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Esta historia cuenta con el apoyo del Fondo de la AP para el Periodismo y es una colaboración con Caplin News en Miami y Conecta Arizona en Phoenix.

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La cobertura de filantropía y organizaciones sin fines de lucro de The Associated Press recibe apoyo a través de la colaboración de la AP con The Conversation US, con financiamiento de Lilly Endowment Inc. La AP es la única responsable de este contenido. Para toda la cobertura de filantropía de la AP, visite https://apnews.com/hub/philanthropy

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Esta historia fue traducida del inglés por un editor de AP con la ayuda de una herramienta de inteligencia artificial generativa.

FUENTE: AP

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