Una de las delicias gastronómicas en Cuba eran las croquetas hechas en el restaurante La Dominica, situado en Santiago de Las Vegas, al lado de Rancho Boyeros, yo tuve el privilegio de probarlas muchas veces y testifico que eran muy ricas.
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SUSCRIBITEUna de las delicias gastronómicas en Cuba eran las croquetas hechas en el restaurante La Dominica, situado en Santiago de Las Vegas, al lado de Rancho Boyeros, yo tuve el privilegio de probarlas muchas veces y testifico que eran muy ricas.
Mis padres eran dueños de una finca en Rancho Bolleros, al lado de la pista de aterrizaje del aeropuerto, íbamos martes, jueves y sábado, quedándonos muchas veces hasta el domingo. Los sábados hacíamos un guateque campesino con vecinos del área, me acuerdo de un señor que venía con un instrumento musical parecido a una guitarra con tres pares de cuerdas llamado “tres”. El cual sonaba muy campesino, desde ese tiempo yo tengo un idilio con ese instrumento musical, a tal extremo que le compré uno a Alejandro, el es el mejor del mundo construyendo “tres”, también lo toca hasta de espalda.
Junto con guitarra, laúd, maracas, clave y bongó llenábamos el aire de acordes de punto guajiro y guajiras de salón. Hay una diferencia pues el punto guajiro se oye y la guajira de salón se baila.
En esas ocasiones, mi papá me daba un dinerito y me decía: pipo, ve a La Dominica y trae croquetas para todos.
Pues para allá yo iba raudo y veloz, a conseguir una cantidad abrumadora de ellas a La Dominica en Santiago de Las Vegas, me acuerdo que era en una calle estrecha donde se encontraba el famoso lugar, mientras esperaba que me las frieran los cocineros me contaban allí que el sabor se lo daba la mezcla de carne de falda hervida con diferentes tipos de embutidos, tales como mortadella cubana, chorizo, jamonada, butifarras, etc., todo molido con ajo, cebolla y ají verde; aromatizado con clavo y hierbas aromáticas, se le unía pan rayado, leche y huevo. Todo molido y se guardaba en el frío para que los sabores se mezclaran, a el otro día se moldeaban las croquetas, empanizaban y se freía el rico manjar.
Nunca me dieron las cantidades de los productos, era secreto familiar.
Yo compraba siempre varios cientos de ellas del tamaño para fiestas, que eran más pequeñas, y se comían todas. Claro yo ayudaba mucho pues en el trayecto para la finca, los que íbamos en el automóvil con la orden de comprarlas, consumíamos varias decenas de ellas.
Ah! se me olvidaba contarles que también comprábamos la indispensable botella de ron para balancear el evento.
Mi papá siempre tomaba posesion de la botella de ron y nos servía un poco cada cierto largo tiempo para controlar el nivel alcohólico, un día los muchachos decidimos comprar dos botellas, la oficial se la dábamos a mi papá y la extraoficial la escondíamos detrás de la mata de mangos, esa nos la servíamos nosotros; después mi papá siempre decía, “que poco aguante tienen estos muchachos pues se ponen alegres enseguida, aún con el control que yo les tengo.”
Siempre la canturía se extendía hasta altas horas de la madrugada del domingo, con mucha alegría, gracias a la combinación de buen ron, croquetas Dominica y música guajira.

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