OPINION | Pancho, el Papa Rojo

A Panchito, el Papa Rojo, se le cayó la careta, si es que todavía la tenía puesta.

Las autoridades del Vaticano impidieron la entrada de medio millar de cubanos que llegaron a la Santa Sede desde diferentes rincones del mundo para pedir al Pontífice una palabra de aliento, una declaración de condena a la represión de la dictadura, un gesto de apoyo.

Pero Pancho, como siempre, miró hacia otro lado y aunque es argentino, se hizo el sueco.

Los cubanos trataban de llegar hasta la oración del Ángelus, que oficiaba Paquito en la Plaza San Pedro, pero la Guardia del Vaticano les cortó el paso.

Entonces, el grupo se plantó en la Via della Conciliazione, a la entrada del Vaticano, algunos arrodillados, otros acostados sobre el pavimento, envueltos en la bandera cubana, en señal de protesta.

“Nos arrodillamos frente al Vaticano porque no nos dejan pasar, nuestra fe no merece ser escuchada, según la Iglesia Católica. Así nos segregan y dividen a quiénes pacíficamente queremos libertad y derechos humanos para nuestro pueblo”, escribió el activista Lázaro Mireles en Twitter.

Hubo uno, al menos uno, que “se le escapó al diablo” y logró colarse en la Plaza San Pedro, donde se arrodilló con una bandera cubana mientras Pancho “metía su muela”, pero varios agentes se la quitaron, al mejor estilo de la policía castrista.

Caramba, sí que el brazo de la dictadura es largo, pero largo de verdad. Ahora cruzó el Atlántico y se metió en el corazón de la Iglesia Católica, esa misma que estuvo a punto de extinguirse en la isla en los años 60, tras la expulsión de cientos de sacerdotes y monjas por el dictador.

De Pancho sabemos quién es. Su lenguaje corporal lo delata y hasta se le salen los subtítulos en la cara sin necesidad de abrir la boca, cuando se reúne con lo peor de la izquierda latinoamericana, desde sus compatriotas los Kirchner, hasta Evo, Correa y Maduro.

Eso, sin olvidar que apenas puso un pie en Cuba, fue como Juan que se mata a saludar a la momia viviente, poco antes de que estirara la pata y fuera confinada dentro de aquella piedra ridícula en Santa Ifigenia.

Pero ahora se pasó. A Panchito el Rojo le subió esta vez la hemoglobina como nunca antes.

Ingenuos quienes esperaban algo distinto. A fin de cuenta, la Iglesia Católica, como institución, siempre ha estado del lado de los poderosos.

Y si no, que venga Dios y me desmienta.

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