Pero detrás de esa imagen pulida aparece un archivo mucho más incómodo.
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SUSCRIBITEMientras Miss Grand International prepara su edición en Bangkok, este miércoles 27 de Mayo uno de sus nombres más llamativos no está entre las candidatas, sino en el jurado: Omar Harfouch, el pianista franco-libanés que hoy se presenta como activista por la paz, reformista político y figura cultural internacional.
Pero detrás de esa imagen pulida aparece un archivo mucho más incómodo.
Antiguas publicaciones sobre Omar Harfouch lo vinculan con la Ucrania postsoviética, concursos de belleza, Elite Model Look, Miss Europa 1997 y círculos de poder conectados con Muammar Gadafi. El punto más delicado no es solo la fotografía en la que aparece junto al dictador libio. Es lo que esas fuentes afirman en torno a esa relación: que los concursos y las redes de modelaje habrían servido, presuntamente, como vía para acercar mujeres jóvenes a élites poderosas, incluidos círculos libios.
La acusación más grave recogida en esos archivos apunta a un supuesto tráfico o explotación de mujeres bajo la fachada del modelaje y los certámenes de belleza.
Aún no existe una condena judicial firme contra Omar Harfouch por esos hechos, pero las publicaciones antiguas son lo suficientemente graves como para exigir una pregunta básica: ¿qué hace una figura con ese historial mediático sentada como juez en un concurso internacional de belleza?
Harfouch ha construido en los últimos años una nueva identidad pública: pianista por la paz, empresario cultural, reformista libanés perseguido por sus enemigos políticos. Sin embargo, ante el mundo muestra otra cara: la de un operador de medios y concursos que durante años se movió entre Ucrania, Francia, Libia, oligarcas, modelos, escándalos empresariales y poder político.
La historia no necesita exagerarse. Ya es suficientemente fuerte.
Un hombre que hoy juzga a mujeres en un escenario global aparece en archivos antiguos vinculado a un ecosistema donde, según esas mismas publicaciones, las mujeres no siempre fueron tratadas como protagonistas, sino como mercancía de acceso al poder.
Ahora, con su incorporación al entorno de Miss Grand International y su sociedad con Nawat, vuelve a surgir una pregunta inevitable: ¿por qué una figura señalada durante años en archivos vinculados al modelaje, los concursos de belleza, Gadafi y presuntas redes de explotación femenina vuelve a ocupar un espacio de poder dentro de un certamen internacional de mujeres?
Si esas publicaciones antiguas describen siquiera una parte de la verdad, el problema no es solo reputacional. Es institucional. ¿Cómo es posible que alguien rodeado de acusaciones tan graves continúe accediendo a plataformas globales de belleza sin una explicación pública clara, sin una revisión transparente y sin consecuencias visibles?

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