Una semana después, Cabrera revisa los restos carbonizados de su vida y rescata ollas, telas tejidas y una pequeña cruz de madera. Sabe que es la última vez que regresará al hogar donde había vivido durante 60 años.
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SUSCRIBITETULA, México (AP) — Cuando las bombas comenzaron a caer del cielo y las balas rebotaban en sus pisos de concreto, María Cabrera, de 74 años, y su familia huyeron hacia las montañas del centro de México, cubiertas por la noche, con nada más que la ropa que llevaban puesta.
Una semana después, Cabrera revisa los restos carbonizados de su vida y rescata ollas, telas tejidas y una pequeña cruz de madera. Sabe que es la última vez que regresará al hogar donde había vivido durante 60 años.
“Oh, Dios mío, ¿por qué nos has abandonado?”, dijo, entre sollozos desgarradores, mientras deambulaba junto a las cenizas quemadas de lo que alguna vez fue su colchón, en un pequeño cuarto con el techo derrumbado y un refrigerador derretido justo al cruzar la puerta. “¿Cómo vamos a reconstruir? No tenemos dinero, no tenemos nada”.
Ella forma parte de un creciente número de personas desplazadas en distintas regiones de México desgarradas por el conflicto, obligadas a abandonar sus hogares. Expertos han descrito el fenómeno como una crisis invisible con consecuencias humanitarias de largo plazo: hay pocas cifras oficiales sobre la cantidad de desplazados, que casi no tienen recursos de qué echar mano una vez que la violencia los obliga a irse.
Cabrera huyó de su pequeño pueblo el viernes, tras años de creciente violencia de los cárteles en Tula. Este poblado, de alrededor de 200 indígenas náhuatl, es uno de los muchos en el estado central de Guerrero que han sido devastados por décadas de fragmentación de grupos criminales rivales que se disputan el control territorial.
La semana pasada, un grupo conocido como Los Ardillos atacó su pueblo y otros más con explosivos lanzados desde drones, abrió fuego contra las fuerzas de la policía comunitaria local, mató ganado y quemó viviendas como la de Cabrera hasta dejarlas reducidas a cenizas irreconocibles.
Cabrera entregó con cuidado varias bolsas con pertenencias a los soldados que escoltaban a un pequeño grupo de familias que regresaba a casa para recoger sus cosas. Rezaba mientras varios hombres armados y con ropa de camuflaje cargaban sus posesiones en la parte trasera de un camión. Mientras recorría su jardín por última vez, pidió perdón a los perros y las gallinas que se vio obligada a dejar atrás.
“No queremos abandonarles”, manifestó. “Pero hemos aguantado tanto. Aquí ya no podemos vivir”.
Un grupo local de derechos humanos, el Concejo Indígena y Popular de Guerrero-Emiliano Zapata, o CIPOG-EZ, calcula que al menos 800 personas, incluidos niños y adultos mayores, fueron desplazadas por la fuerza junto con Cabrera, y que tres agentes de la policía comunitaria —grupos que a menudo se forman para autoprotegerse ante la ausencia del Estado— que combatían a la mafia fueron asesinados.
Las cifras oficiales son mucho más bajas: el gobierno de México informó el martes que solo 120 personas se vieron obligadas a huir y no confirmó ninguna muerte. Un líder comunitario que dormía en la cancha de basquetbol el viernes le dijo a un funcionario del gobierno local que, solo en su pueblo, estimaban que unas 280 personas habían sido forzadas a marcharse.
Algunas familias huyeron hacia las montañas sin mirar atrás. Cientos más buscaron refugio en una cancha de basquetbol local, con la esperanza de que, más tarde, fuera seguro regresar a casa. Otros —algunos de ellos, heridos por disparos— abordaron autos, autobuses y camiones, dispersándose hacia distintas regiones de México.
En videos publicados esta semana en redes sociales aparecen grupos de mujeres y niños llorando, suplicando ayuda.
Las imágenes llevaron al gobierno a desplegar 1.200 militares y policías en la región. Funcionarios aseguran que han brindado ayuda a los desplazados, que en gran medida han contenido la violencia, que establecieron un “corredor seguro” para que ingrese ayuda humanitaria y que allanaron el camino para desactivar el complejo conflicto de la región.
“Lo que no queremos es que haya un enfrentamiento que vaya a afectar a la población civil. Primero que nada, hay que preservar la vida de las personas”, dijo la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, en una conferencia de prensa la semana pasada.
Varios críticos sostienen que ese fue el ejemplo más reciente de inacción gubernamental y de esfuerzos por minimizar la profundidad de la crisis de desplazamiento en México. A diferencia de Colombia, México no cuenta con un registro integral de personas desplazadas. Con frecuencia, organismos como la agencia de la ONU para los refugiados, grupos de derechos humanos e investigadores que documentan la crisis señalan que las cifras del gobierno son menores que las reales.
En una Encuesta Nacional de Victimización y Percepción sobre Seguridad Pública, realizada por el gobierno en 2025, se calculó que casi 250.000 familias se vieron obligadas a huir de sus casas solo en 2024 para protegerse del crimen.
Entre 2024 y 2025, la Universidad Iberoamericana documentó al menos 44.695 personas que habían abandonado sus hogares hacia otras partes de México. Muchas más migran a Estados Unidos.
En un informe divulgado en mayo, la universidad señaló que los desplazamientos forzados van en aumento en México, en un momento en que el gobierno de Sheinbaum busca destacar avances en seguridad, como fuertes caídas en los índices de homicidios, en un intento por contrarrestar las amenazas del gobierno de Trump de emprender acciones militares contra los cárteles mexicanos.
“Ya no hay vida en las comunidades”, afirmó Prisco Rodríguez, representante local de CIPOG-EZ. “No hay nadie, pero según el gobierno pues ya los había regresado a sus casas. Y por el miedo no nos dicen, ‘yo me voy a ir a tal lugar o yo me voy a ir acá’… La gran mayoría no aparecen”.
Cabrera y su esposo, Alejandro Venancio Bruno, de 75 años, se afanaban por resolver adónde irían. Ella contó que sus hijos le suplican que vaya a vivir con ellos a Ciudad de México, a unos 350 kilómetros (220 millas) de su hogar, o al estado de Querétaro, y que reconstruyan su vida en otro lugar.
Pero Venancio afirma que ha pasado su vida trabajando su tierra y que, sin dinero, sin casa ni sus pertenencias más valiosas —sus cabras—, cualquier otra vida fuera de Tula le parece inconcebible.
“Es como empezar de cero”, expresó.
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Esta historia fue traducida del inglés por un editor de AP con la ayuda de una herramienta de inteligencia artificial generativa.
FUENTE: AP

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