La propuesta es simple, aseguró en diálogo con The Associated Press, “si alguien me presta sus ojos y los dos pedaleamos, podemos compartir el esfuerzo, disfrutar, mientras nos hacemos amigos”.
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SUSCRIBITEQUITO (AP) — “Lo que nunca conocí cuando veía, ahora que estoy ciego lo estoy conociendo en bicicleta”. La frase es de Franklin Ochoa, quien como parte del grupo llamado Ciegocleta disfruta de largos paseos dominicales y exigentes salidas afuera de Quito con la ayuda de un guía.
La propuesta es simple, aseguró en diálogo con The Associated Press, “si alguien me presta sus ojos y los dos pedaleamos, podemos compartir el esfuerzo, disfrutar, mientras nos hacemos amigos”.
La iniciativa para que los no videntes disfruten de paseos en bicicleta nació hace casi 19 años cuando a Miguel Ramos, quien dirige el grupo Ciegocleta, se le ocurrió unir con tubos dos bicicletas para que sus hijos no se perdieran en el denominado “ciclopaseo”, un recorrido de 60 kilómetros por las calles de la capital ecuatoriana. Cuando en una ocasión sus hijos no pudieron acompañarlo, le propuso el paseo a un vecino ciego.
Así nació una idea que ha crecido con los años en tamaño y logros y que busca sacar del aislamiento, la rutina y la tristeza a cientos de no videntes.
“La verdadera inclusión es esa, que los ciegos puedan disfrutar sin límites del ciclismo”, sostuvo Ramos.
Antes de salir a las calles los no videntes reciben una capacitación sobre seguridad, mientras a los guías se los invita a hacer un recorrido en una bicicleta doble con un guía antiguo conduciendo y cerrar los ojos para que sientan lo que viven sus futuros compañeros.
El grupo cuenta con 150 integrantes activos, aunque cada domingo acuden regularmente unos 30 entre no videntes y voluntarios. En ciertas épocas del año, como en Navidad, la cifra de parejas de ciclistas puede duplicarse o triplicarse. También hay gente que dona su trabajo para dar mantenimiento a los vehículos y ayudar con la gestión de las donaciones.
La psicóloga clínica Ximena Lozano, de 54 años, nació ciega y antes de conocer la Ciegocleta, relata, casi siempre estaba encerrada en su casa sin mayor actividad física, leyendo o navegando en internet. “Eso no es vida, la vida es estar al aire libre, estar en libertad”, expresó.
Lozano es una de las más antiguas participantes de la Ciegocleta, lleva 14 años y muy rara vez falta a los paseos dominicales o a las salidas en grupo. Recuerda que de niña tenía un triciclo y la hacía feliz dar interminables vueltas en la terraza de su casa.
Con orgullo cuenta que su mayor logro fue completar un viaje de 251 kilómetros entre Quito y la ciudad de Puyo, en la Amazonia. “Cuando llegamos olía la ciudad, el aire era cálido era limpio, con muchos olores a selva”, recordó.
De acuerdo con estadísticas oficiales en Ecuador hay unos 56.000 no videntes y aunque han logrado integrarse a las áreas laborales, productivas y culturales con relativo éxito, su vinculación al deporte sigue siendo un tema pendiente.
“En muchos casos los tutores de los ciegos tienen miedo de dejar que sus hijos hagan algo que pueda generarles riesgos”, explicó Ramos, quien ha creado protocolos para preparar a los ciegos y a los guías a fin de que siempre tengan una experiencia agradable.
Uno de los voluntarios que acude semanalmente es José Páez, un técnico en seguridad de 44 años que se vinculó a la Ciegocleta cuando su suegro perdió repentinamente la visión hace seis años y quiso ayudarlo a salir de la depresión.
“La primera vez que tuve que manejar y llevar un invidente tenía mucho miedo”, afirmó, porque “mantener el equilibrio y el ritmo no es una cosa tan fácil como cuando uno va solo”.
Cuando los integrantes del grupo salen a pedalear por las calles llaman la atención y generan comentarios por parte de otros deportistas, siempre positivos. Es común que otros ciclistas o corredores les griten frases de ánimo a su paso.
El grupo, al que sus integrantes definen como una familia, cuenta con bicicletas para dos personas, en las que se ubican una adelante y otra atrás, pero también hay otras para tres e incluso unas pocas para cinco en las que al menos tres ciclistas deben pedalear. Todas fueron desarrolladas por Ramos y financiadas con aportes de sus integrantes y de donantes anónimos.
Diego Herdoiza, de 53 años, se unió a la Ciegocleta con la esperanza de encontrar un compañero para una aventura: pedalear desde Ecuador hasta México. Quería que un no vidente sintiera algo de lo que él había experimentado cuando viajó en solitario por ese circuito.
Y no estaba equivocado. En el grupo encontró a Ochoa, de 44 años, quien aceptó el reto, aunque aún debe encontrar alguna fórmula para que en su trabajo le permitan ausentarse por ocho meses sin perder el puesto.
Ochoa ya sabe lo que es soñar en grande y cumplir una meta ambiciosa. Con la ayuda de una guía “que me prestó los ojos”, viajó en bicicleta entre la ciudad de Tulcán, fronteriza con Colombia, hasta Loja, en el extremo sur de Ecuador, cubriendo una distancia de 1.000 kilómetros en apenas cuatro días.
“Cuando llego a una nueva ciudad en bicicleta me dan ganas de gritar, de llorar de la felicidad”, comentó y añadió “me encanta la velocidad y siempre le digo a mi guía que suelte los frenos, que no tenga miedo”.
FUENTE: AP

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