Para Emmanuel Macron, ese era precisamente el punto.
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SUSCRIBITEPARÍS (AP) — Donald Trump explicó el atractivo en una sola frase: “Versalles no es oro artificial; Versalles es lo auténtico”.
Para Emmanuel Macron, ese era precisamente el punto.
El presidente francés abrirá de par en par el palacio de Luis XIV a su homólogo estadounidense el miércoles por la noche para una recepción privada, un espectáculo y una cena con motivo del 250.º cumpleaños de la unión norteamericana. En un momento turbulento para la alianza transatlántica, podría ayudar a Macron a mantener abierto un canal personal mientras ambos gestionan sus diferencias sobre Irán, Ucrania y los aranceles.
Ya ha evitado que Trump se marche antes de tiempo de una cumbre del Grupo de los Siete, como hizo el año pasado en Canadá.
“Soy fan de los lugares bonitos”, dijo Trump a los periodistas, al señalar que pensó irse antes hasta que “un hombre muy agradable” lo invitó a cenar.
La bienvenida también cumplió un propósito práctico. En una entrevista a principios de esta semana con la cadena francesa TF1, Macron afirmó que Trump “necesita quedarse hasta el final” para ayudar a completar los acuerdos de la cumbre.
Quizá sea la mayor demostración de poder blando al alcance de un presidente francés: Versalles, la Galería de los Espejos, los jardines del Rey Sol y varios siglos de grandeza nacional cuidadosamente pulida.
“Versalles es una herramienta diplomática y un instrumento de influencia”, manifestó Macron el miércoles, al comparar la diplomacia con el fútbol. “Ya sea que juegue en casa o fuera, mi objetivo es marcar goles. Y cuando recibo a otros equipos, intento darles una buena bienvenida”.
Francia tiene poca influencia económica o militar sobre Washington, así que la pompa es una de sus pocas palancas, incluso cuando su uso en otros lugares ha arrojado resultados dispares.
Macron y Trump han chocado a menudo por cuestiones de política.
Su relación ha perdurado en parte porque Macron entiende el poder de la atención personal, los escenarios dramáticos y una invitación en el momento oportuno.
Su primer encuentro en 2017 produjo un apretón de manos tenso que se convirtió al instante en un símbolo de su relación competitiva.
Meses después llegó una cena dentro de la Torre Eiffel y un lugar de honor en el desfile del Día de la Bastilla en Francia.
Versalles ahora intensifica esos sus esfuerzos, al permitir que un presidente francés envuelva un encuentro político moderno en la escala y la autoridad de la historia nacional.
“Es una demostración de poder blando basada en edificios duros”, observó Denis Lacorne, profesor de estudios estadounidenses en Sciences Po.
Macron ya ha utilizado el palacio antes: recibió allí al presidente ruso Vladímir Putin en 2017 y más tarde agasajó al rey Carlos III y a la reina Camila con una cena de Estado.
Versalles ha sido un escenario predilecto para que los líderes franceses honren a invitados extranjeros durante más de tres siglos, indicó el palacio a The Associated Press. Sigue siendo “un lugar al servicio de la diplomacia francesa”.
Con Trump, el escenario tiene una resonancia adicional.
El exdesarrollador inmobiliario considera la arquitectura como una declaración de estatus, éxito y poder. En su segundo mandato, ha buscado erigir un legado en piedra, con planes para un nuevo salón de baile en la Casa Blanca y un arco triunfal de 76 metros (250 pies) que se asemeja al Arco de Triunfo de París.
Los medios franceses informaron que la velada podría incluir una visita a la Galería de los Espejos y un espectáculo con fuegos artificiales y fuentes de agua. No se difundió el programa completo.
La Galería de los Espejos fue en su día una proeza tecnológica: 357 espejos colocados en 17 arcos a lo largo de una galería de 73 metros (240 pies), que demostraban que los fabricantes franceses podían rivalizar con los célebres vidrieros de Venecia.
También se construyeron para multiplicar la imagen del rey. Cada entrada real rebotaba en el vidrio, y un invitado moderno recibe el mismo trato.
“Quien entre allí se ve reflejado muchísimas veces, de un espejo a otro”, señaló Lacorne.
Para un presidente que ha pasado su segundo mandato decorando con adornos dorados el Despacho Oval, el atractivo es evidente, añadió.
Trump llega, en cierto sentido, a un edificio que ha citado durante años: ha dicho que modeló el salón de baile de Mar-a-Lago a partir de Versalles.
Trump recuerda el espectáculo y a menudo se lo lleva a casa.
En el desfile del Día de la Bastilla de 2017 hubo tanques, caballos y bandas de música en los Campos Elíseos, mientras aviones de combate dejaban estelas de humo rojo, blanco y azul al surcar el cielo.
Trump lo calificó como “uno de los mejores desfiles que he visto en mi vida”.
“Vamos a intentar superarlo”, dijo ya de vuelta en Washington, donde empezó a presionar para organizar un desfile militar. En 2025, finalmente presidió un gran desfile por el aniversario del Ejército a través de la capital.
China empleó una diplomacia deslumbrante cuando recibió a Trump para una “visita de Estado plus” en 2017, que incluyó un inusual recorrido por su Ciudad Prohibida, una experiencia que antes estaba reservada para los emperadores.
Reino Unido ofreció su propia versión el septiembre pasado, al recibir la segunda visita de Estado de Trump con tropas montadas, una procesión en carruaje y un banquete en el Castillo de Windsor.
La pompa diplomática ha halagado claramente a Trump, quien calificó el banquete de Windsor como uno de los mayores honores de su vida.
Pero parece haber arrancado pocas concesiones.
El “bromance” entre Macron y Trump se ha endurecido hasta convertirse en algo más áspero y más transaccional.
Trump ha amenazado con aranceles de hasta el 100% al vino francés y al champán en medio de una disputa comercial más amplia. Francia se opuso a la guerra contra Irán, incluso mientras Macron presionaba a Washington para que siguiera respaldando a Ucrania.
En Francia, la cena ha suscitado críticas.
“Debemos aprender de una vez por todas a vivir sin Trump”, indicó Jean-Luc Mélenchon, el veterano líder de la extrema izquierda.
Versalles le da a Macron algunas ventajas, según los expertos: siglos de historia diplomática, un escenario hecho a la medida de Trump por la ceremonia y un palacio ya familiar para los cientos de miles de estadounidenses que lo visitan cada año.
La historia aconseja cautela. Ronald Reagan cenó bajo esos mismos espejos al margen del G7 de 1982, y los desacuerdos centrales sobrevivieron al esplendor.
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Esta historia fue traducida del inglés por un editor de AP con ayuda de una herramienta de inteligencia artificial generativa.
FUENTE: AP

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