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El señor de la moringa

¿Cómo Fidel Castro se enteró de la existencia de la "planta milagrosa"?

Dado que los suplementos nutricionales tampoco necesitan pasar por tres fases de ensayos clínicos ni por un sistema de patentes, porque no son fármacos y no curan, se considera una "infracción muy grave" publicitarlos o distribuirlos como tal.

Y, como siempre que existe una línea roja, el juego está en acercarse todo lo posible. "A mí los médicos no me pueden decir nada porque desde el primer momento respeté la palabra". Se refiere a la palabra "curar". Fueron, dice Vecilla, muy cautelosos. "No dices que cura, que es lo que quieren los farmacéuticos, pero lo dejas caer".

Además, la moringa cuenta a su favor con otra corriente que lo sitúa como un alimento idóneo para combatir la malnutrición en países en desarrollo. Instituciones como la FAO han promovido su uso y algunas ONG han puesto en marcha programas de desarrollo de su cultivo y consumo. Entre ellas, Moringa Sin Fronteras, una sociedad limitada registrada en 2013 a nombre del hijo de Vecilla, quien se encarga de la distribución desde Bilbao a 36 países.

Su cosmovisión para devolver al mundo lo que la moringa le ha dado incluye un proyecto de introducción de la moringa –que posteriormente su empresa recompraría– en la región de Itapúa, en Paraguay. Mientras tanto, la competencia crece. Por eso, su objetivo era lograr la certificación de moringa ecológica, que le permita imprimir distintivos verdes en la etiqueta. "Con la moringa tengo competencia. Con la moringa ecológica, no. Soy el único".

El mayor de sus competidores está en la isla de enfrente, Tenerife, y es la empresa Moringa Garden, fundada por el alemán Bernd Efinger en abril de 2014. "Las semillas y enseñanzas que yo le enviaba a mi distribuidor se las estaba pasando a este amigo alemán, que hoy es una potencia", resume Vecilla.

Donde no hay patentes, impera la ley del más avispado. "Tengo franquicias en Paraguay, Argentina, Nicaragua, Ecuador, Colombia y Panamá. Les cobro 5.000 euros por una hectárea y la información. Ellos aprenden, desarrollan el producto y, al final, les sobra el españolito", dice Vecilla. "Nos dicen que somos muy desconfiados. ¿Cómo no lo vamos a ser si nos ha pasado diez veces? Y nos seguirá pasando".

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Este texto apareció publicado originalmente en la Agencia SINC

FUENTE: 14ymedio

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