La iglesia del Santo Sepulcro fue construida sobre los sitios donde los cristianos creen que Jesús fue crucificado, sepultado y resucitó de entre los muertos.
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SUSCRIBITEJERUSALÉN (AP) — Las enormes puertas fueron cerradas, los cerrojos metálicos asegurados desde el exterior, y varios clérigos, peregrinos y una periodista —yo— permanecimos encerrados durante la noche en uno de los lugares más sagrados del cristianismo en Jerusalén.
La iglesia del Santo Sepulcro fue construida sobre los sitios donde los cristianos creen que Jesús fue crucificado, sepultado y resucitó de entre los muertos.
A lo largo de muchos siglos, cuando gobernantes musulmanes administraban esta región y los cambios políticos afectaban la influencia de los poderes religiosos, surgió un acuerdo tan singular como la arquitectura heterogénea de la iglesia. Actualmente, las Iglesias apostólica armenia, la católica y la ortodoxa griega comparten la propiedad y el uso de este espacio de culto.
A través de una pequeña abertura en la puerta observé al representante de una familia musulmana —a la cual se le han confiado las llaves de la basílica desde el siglo XIII— subir por una pequeña escalera de madera para alcanzar el cerrojo superior. Luego pasó la escalera de nuevo a través de esa misma abertura, la cual un sacerdote ortodoxo griego también cerró con llave. Otro nos dijo en inglés “¡buenas noches!” antes de marcharse apresuradamente.
La mayoría de las noches, desde las 9 hasta el amanecer —cuando las puertas se vuelven a abrir con la misma ceremonia—, aproximadamente una docena de sacerdotes, un puñado de peregrinos registrados y algunos gatos tienen para sí solos la vasta y oscura basílica.
Mientras los sacerdotes y algunas monjas se dedicaban rápidamente a descansar o a sus tareas cotidianas, a nosotros, los visitantes, nos tomó unos momentos de silencio y contemplación decidir siquiera por dónde empezar a recorrer aquel espacio venerado y laberíntico.
Peter Stängle, un peregrino de Brasil, rezaba una y otra vez arrodillado. Sus antebrazos tatuados y su frente descansaban sobre la Piedra de la Unción, donde se cree que el cuerpo de Jesús fue preparado para la sepultura.
“Pasa mucho por mi mente... lo que hice mal en mi vida. ¿Existe salvación para todos, quizás incluso para mí?”, expresó.
Se había sentido tan distraído por el flujo de visitantes durante el día —aunque su número es mucho menor que antes de la pandemia de COVID-19, la guerra entre Israel y Hamás, y la guerra contra Irán, que han diezmado el turismo— que consideró esconderse a la hora del cierre en una de las muchas capillas laterales. Entonces descubrió que sencillamente podía apuntarse para pasar la noche en oración dentro de la iglesia.
El complejo fue construido en su mayor parte durante la Edad Media sobre lugares venerados desde el siglo IV. Entre renovaciones y ampliaciones aún en curso, nuestros pasos resonaban sobre piedras milenarias, mientras que los mosaicos murales del siglo XX brillaban.
Se trata de una construcción laberíntica de varios niveles, decorada en los distintos estilos de las confesiones que la utilizan. Además de sus respectivos altares, los peregrinos suelen venerar tres lugares: la Piedra de la Unción, el Edículo construido sobre la tumba de Jesús, y la capilla superior del Calvario, donde una piedra marca el sitio exacto en el que, según la tradición, se alzó la cruz de Jesús.
Stängle y yo nos sentamos frente a ella durante un rato largo. Sólo unas cuantas lámparas de aceite parpadeaban en la penumbra de los espacios contiguos —el católico y el ortodoxo griego—, separados por mamparas de vidrio que dividen la piedra para la veneración de los fieles de cada confesión.
Nos cruzamos también frente al Santo Edículo, la capilla de mármol erigida sobre la tumba de Jesús, excavada en la roca. Tres peregrinos armenios estaban sentados allí con solemnidad hasta que un gato se acercó y se acomodó a sus pies, casi rozando las cuentas del rosario que sostenía una mujer con velo blanco.
Es en el Edículo donde diariamente, hacia la medianoche —tras el repique de las campanas—, se celebran los primeros oficios religiosos, cuando el clero residente inicia las oraciones que suelen concluir aproximadamente a las 6 de la mañana. Es en ese momento cuando normalmente se permite la salida de quienes pasamos la noche allí y la entrada de los fieles diurnos.
Esa reverencia, dijo el padre Giuseppe Gaffurini, “enriquece a la basílica”.
“Todavía se puede percibir la presencia de aquel que fue crucificado y resucitó de entre los muertos”, añadió Gaffurini, quien dirige la comunidad monástica de 10 franciscanos que residen en las habitaciones situadas sobre la sección católica de la iglesia.
El sacerdote italiano lamenta que los conflictos en curso hayan impedido a cientos de miles de peregrinos asistir a las misas en la basílica. A menudo había admirado la devoción de quienes tocaban o besaban las frías e históricas piedras, y de quienes se abrazaban entre lágrimas.
Recuerda su primera visita, hace 15 años, para participar en cánticos durante algunas de las liturgias nocturnas. Había profesado los votos monásticos tres décadas antes, por lo que no esperaba que fuera a ser una experiencia transformadora. Sin embargo, resultó tan profunda que no se ha marchado.
“La alegría del encuentro del Resucitado, en el sepulcro, borra toda una vida de fatiga y te impulsa hacia adelante otra vez”, expresó Gaffurini.
Luego se retiró a su habitación para dormir unas horas antes de que comenzaran los oficios matutinos de los franciscanos. Su hábito marrón se desvaneció en la penumbra iluminada por las velas.
Un fraile compañero originario de Guinea-Bissau fue el primero de la orden católica en levantarse. Hizo sonar una campana y abrió la capilla católica del Santísimo Sacramento —donde los franciscanos han rendido culto durante 700 años— para que los sacerdotes de los ritos ortodoxo griego, armenio y copto pudieran incensarla durante su recorrido de medianoche por los lugares sagrados en el interior de la iglesia. El clero ortodoxo etíope y el ortodoxo sirio también tienen un acceso claramente definido a la iglesia, según un acuerdo del siglo XIX que a menudo ha sido motivo de controversia.
El franciscano, un sacerdote griego ortodoxo y otro armenio, vestido de rojo intenso, intercambiaron un gesto de asentimiento a la vez que el humo del incienso flotaba cerca del Edículo. Luego, cada uno comenzó sus ritos particulares por turnos, una coexistencia basada en concesiones mutuas que resulta un cambio bienvenido frente a siglos de disputas, a veces violentas, sobre el derecho a rendir culto en este lugar.
“Vivimos una etapa especialmente positiva en las relaciones con las otras Iglesias”, dijo el padre Francesco Ielpo, el sacerdote franciscano que , como Custodio de Tierra Santa, supervisa a más de 300 frailes en la región dedicados al servicio de la basílica y de muchos otros lugares santos.
Esa actitud positiva y de colaboración, agrega, “es, creo yo, la primera y más importante señal para ser verdaderos profetas de la paz”.
Antes de los conflictos más recientes, el laberinto de estrechos callejones y tiendas que rodea la iglesia, dentro de la Ciudad Vieja de Jerusalén, solía estar abarrotado de peregrinos que avanzaban hombro con hombro entre empujones. En un viaje que realicé aquí en 2016, la multitud era tan densa que ni siquiera logré llegar al patio de piedra de la basílica.
Un equipo de arqueólogos y algunos grupos de visitantes todavía acuden diariamente, y en su camino se cruzan con judíos y musulmanes que se dirigen a rezar a sus respectivos lugares sagrados principales, situados a unos cientos de metros de distancia. Para los sacerdotes, monjas y monjes cristianos —quienes son fácilmente reconocibles por sus amplios hábitos—, esos encuentros resultan cada vez más tensos.
Pero dentro de la iglesia, especialmente durante la vigilia silenciosa, uno se encuentra a solas con sus pensamientos... y, para los cristianos, con una representación casi tangible del principio fundamental de su fe.
Uno queda encerrado en el interior de un espacio fresco y oscuro, en el lugar mismo en el que Jesús sufrió una forma brutal de ejecución: la crucifixión. Y, sin embargo, para los creyentes, este es también el sitio donde se marcó un antes y un después, en el que venció a la muerte y dejó a los fieles la promesa de la vida eterna.
Sentados en un banco bajo la capilla del Calvario —frente a un sacerdote armenio de 17 años, quien pasaba allí una de sus primeras noches—, le pregunté a Gaffurini si este misterio aún lo conmueve tras 15 años.
“¿Quince?”, respondió de inmediato. “Seguiría haciéndolo incluso después de 50 años”.
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La cobertura religiosa de The Associated Press recibe apoyo a través de la colaboración de la AP con The Conversation US, con financiamiento de Lilly Endowment Inc. La AP es la única responsable de este contenido.
FUENTE: AP
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