Dichas redes de vínculos y contactos existen de diversas formas y niveles. Entre ellas se encuentran las de quienes perdieron a seres queridos; aquellos que durante meses retiraron los escombros de la llamada Zona Cero —donde se levantaban las Torres Gemelas del World Trade Center en la ciudad de Nueva York—; los que se sintieron motivados a alistarse en las fuerzas armadas; quienes perdieron sus empleos en sectores duramente afectados, como el turismo y el transporte aéreo; aquellos que, por ser originarios de ciertos países, fueron vistos con mayor recelo en su comunidad tras los ataques.
En la familia de Jenna McPartland se superponen distintas redes de vínculos. Esperaba su primer hijo junto a su esposo, Ariel Jacobs, quien falleció en el World Trade Center. Días después dio a luz a Gabriel, un niño cuya vida quedó irrevocablemente marcada por un suceso que él mismo no experimentó.
Posteriormente, McPartland volvió a casarse en dos ocasiones, tuvo otros dos hijos sin vínculo biológico con el padre de su hijo mayor y ha sido madrastra de dos adolescentes durante la última década. A pesar de haber añadido nuevos capítulos a su vida, se aseguró de que Gabi mantuviera el contacto con la familia de su padre y de que sus hijos menores supieran que el 11 de septiembre formaba parte de la historia de su familia en un sentido amplio.
“Mi segundo hijo escribió su ensayo de admisión a la universidad sobre lo que significaba ser hijo de una familia afectada por el 11-S, sin ser él mismo un chico del 11-S. Y sobre cómo él no existiría si el padre de su hermano no hubiera fallecido”, dice McPartland, de 52 años, chef y propietaria de un restaurante en Fairfield, Connecticut. “Todos ellos lo reconocen de formas diferentes, lo sienten de maneras diferentes y lo perciben en su vida de modos diferentes”.
Diversos acontecimientos influyen en el impacto que tiene sobre las personas En el impacto —e incluso en el duelo— provocado por el 11-S también influyen las decisiones tomadas por el gobierno de Estados Unidos tras los ataques, como la reestructuración de organismos públicos y la creación del Departamento de Seguridad Nacional (DHS, por sus siglas en inglés), al igual que decisiones de política exterior, como la invasión de Afganistán.
La inmigración ya era un tema polémico antes del atentado: ¿a quién se debía permitir que viniera? ¿Quién podía quedarse? ¿Qué significaba ser estadounidense, y quién podía reclamar esa identidad? Tras el 11-S, la cuestión adquirió una nueva dimensión marcada por el miedo y la desconfianza. Y una gran parte de esto recayó sobre personas de fe musulmana o que eran originarias de regiones del mundo de mayoría musulmana.
Por ejemplo, en 2002, el gobierno federal implementó el Sistema de Registro de Entrada y Salida de Seguridad Nacional (NSEERS, por sus siglas en inglés), que obligaba a los hombres mayores de 16 años que no eran ciudadanos estadounidenses y provenían de alguno de un grupo de 25 países —casi todos de mayoría musulmana— a registrarse en determinados puntos de entrada o en las oficinas de inmigración si ya se encontraban en el país. Los críticos condenaron la medida, calificándola como una práctica de evaluación por perfil racial y religioso, y el sistema fue desmantelado en la década siguiente.
“La idea de que existe una amenaza externa representada por personas con determinado aspecto o procedentes de países concretos verdaderamente impulsó la reorganización del Departamento de Seguridad Nacional, y ha seguido alimentando la forma en que hemos financiado y contribuido al enfoque en la seguridad de nuestro sistema migratorio y de la sociedad en general”, dice Jayesh Rathod, profesor de la Facultad de Derecho de Georgetown.
Esto perdura en la existencia de la Administración de Seguridad en el Transporte (TSA, por sus siglas en inglés), y en el endurecimiento general de las medidas de seguridad en toda la sociedad.
“La idea de que debemos hacer todo lo posible para protegernos de cualquiera que sea la amenaza —una amenaza amorfa— se ha normalizado por completo”, agregó Rathod.
El ambiente posterior al 11 de septiembre también vio la creación del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE, por sus siglas en inglés), la agencia que está ahora en el radar público por llevar a cabo medidas migratorias agresivas y muy polémicas en el gobierno del presidente Donald Trump.
Y en una tierra donde el racismo, la xenofobia y los estereotipos ya formaban parte del entorno, personas de otras comunidades también lo percibieron. Ese fue el caso de Balbir Singh Sodhi, dueño de una gasolinera en Arizona, quien fue asesinado a tiros cuatro días después de los ataques del 11-S. Su agresor mató a Sodhi —quien por ser sij tenía barba y llevaba turbante— al asumir erróneamente que era árabe.
El impacto sufrido por los estadounidenses musulmanes y otros grupos forma parte de lo que Vida Lashgari ha aprendido sobre los atentados ocurridos pocos años antes de que ella naciera. Criada en California, hija de madre mexicana y padre persa, esta joven de 21 años dice: “Al crecer aprendí cómo el 11 de septiembre afectó especialmente a las personas de Oriente Medio, a los sijs y a las personas de piel morena en general, y cómo eso cambió su vida cotidiana”.
Su padre, añade, al igual que “muchas personas de Oriente Medio, se volvió mucho más consciente de su apariencia y de las diferencias en su forma de hablar y vestir en Estados Unidos tras el 11 de septiembre. Y creo que ese tipo de miedo ha persistido en la comunidad de Oriente Medio desde entonces”.
El tiempo pasa y ocurren nuevos acontecimientos Aunque escuchó relatos sobre las experiencias de su padre y de aquellos en su comunidad, para Lashgari y otros jóvenes nacidos después de 2001 esto no ha dejado de ser historia.
Pertenecen a una generación a la que le cuesta creer que antes la gente pudiera recibir a los visitantes en las puertas de embarque de los aeropuertos, en lugar de tener que esperar afuera. Aprendieron sobre el 11-S en la escuela, tal como lo hicieron sobre Pearl Harbor o la guerra de Secesión, pero sin llegar a comprender del todo cómo un suceso pudo dividir la vida en un “antes” y un “después”.
No obstante, otro acontecimiento sísmico en la cultura estadounidense le otorgó a algunos de ellos una manera de comprender el marcado contraste entre el antes y el después: la pandemia de COVID-19.
“La pandemia sacudió muchas vidas, especialmente la de mi generación, que no había experimentado un cambio tan drástico como ese ... Creo que, definitivamente, me dio la perspectiva de que hay algunas cosas de las que no podemos ser protegidos”, expresa Lashgari.
La pandemia de COVID “fue, hasta la fecha, la experiencia en la que más sentí que mi mundo cambiaba de la noche a la mañana, y con el conocimiento de que yo no tenía ningún control sobre ello”, agrega.
Que un acontecimiento —sin importar lo catastrófico e impactante que sea— ocupe menos espacio en la memoria pública y termine por ser desplazado por otros nuevos es, después de todo, la forma en que funciona la historia. Esa realidad forma parte de lo que impulsa las iniciativas por crear monumentos conmemorativos y museos, dice Amy Sodaro, profesora de sociología en el Colegio Comunitario Distrito de Manhattan, quien los estudia.
Tras haber vivido el 11-S, en un principio ella misma pensó que eso “marcaría el resto de mi vida y de la sociedad en la que vivimos”, añade. Pero otros eventos, cambios políticos y transformaciones importantes ocurridos en los años posteriores también influyeron.
Son “esos otros acontecimientos geopolíticos y cambios en nuestro mundo”, dice, “los que han transformado la imagen del 11-S en la memoria histórica a nivel colectivo... y, creo yo, también a nivel de los individuos”.
FUENTE: AP