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Panamá

Muere el dictador panameño Manuel Antonio Noriega

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Ha muerto en Panamá el dictador Manuel Antonio Noriega.

En la siguiente Crónica Juan Manuel Cao recuerda lo sucedido durante su dictadura.

Cao vivia por aquel entonces en Panamá.

La cronica es de hecho el primer capitulo de su libro

El impertinete (planeta 2015)

Pueden encontrar el libro completo aquí

https://www.amazon.com/impertinente-Spanish-Juan-Manuel-Cao/dp/6070724895

El primer artículo que escribí en mi vida me lanzó de cabeza a la cárcel. Fue un buen comienzo. Pasé tres inviernos disfru- tando del inesperado premio literario. Tenía veinte años y cierta

mezcla de inocencia y soberbia que me volvía temerario. Tardé dos décadas en devolver el gesto de cortesía con una novela inspi- rada en la forzada experiencia. En el trayecto me dediqué a rein- cidir, o sea, a intentar lo prohibido, ser periodista: una profesión reservada, preferentemente, para los militantes comunistas. Así me lo explicaron. Pero yo quería ser libre. Escoger mis banderas. Ahora, haciendo resumen, creo haberlo logrado. Un poco. Aun- que sigo pagando las consecuencias.

Al salir de la cárcel me acerqué a los líderes del naciente movimiento pro derechos humanos en La Habana. Casi todos, excompañeros de prisión. Mi familia se puso muy nerviosa. Y no era para menos. Las autoridades abordaron a mi madre en plena calle para advertirle que “si el muchacho no escarmien- ta, nos veremos en la necesidad de tomar nuevas medidas re- educativas”. Como quedó claro que en aquellas circunstancias resultaba peligroso actuar u opinar, me sacaron del país a como dio lugar. Mi primer instinto fue negarme a huir, pero pronto entré en razones. Escapé a bordo de una visa que mis familiares de California compraron a funcionarios corruptos del general Manuel Antonio Noriega, por aquella época el hombre fuerte de Panamá. Así que, sin saberlo, salí de una ratonera para en- trar en otra.

En un principio tuve suerte. La primera oportunidad me cayó literalmente del cielo. En forma de uno de esos aguaceros bíblicos frecuentes en el istmo centroamericano. Corrí a refugiarme bajo el techo más cercano y allí coincidí con un camarógrafo que ha- cía lo imposible para evitar que su equipo se dañara con la lluvia. Me pidió auxilio para resguardar la grabadora y la cámara. Era un portal estrecho. Llovió lo suficiente como para que el hombre notara, sin yo apenas abrir la boca, que era extranjero. “¿De dón- de?”, preguntó enseguida. Y cuando comprobó que venía de Cuba se le iluminó el rostro. Le habían encomendado un reportaje sobre la presencia, ya demasiado obvia, de miles de cubanos en las ca- lles de la capital panameña. Era una invasión silenciosa pero des- carada. Constituíamos la evidencia de que aquel tráfico humano se había desbordado. El camarógrafo, que no tenía espíritu repor- teril, se quejó de la holgazanería de los periodistas que, con dema- siada frecuencia —decía él— lo enviaban a la calle mientras ellos se quedaban en el aire acondicionado de las salas de redacción. Se llamaba Roberto Pimentel y lo suyo no era hacer preguntas sino sacar buenas imágenes, me aclaró. Había intentado entrevistar in- fructuosamente a algún cubano, de modo que me pidió ayuda.

Fue así que me vi, apenas recién llegado, con un micrófono en la mano derecha, una grabadora enorme colgada del hombro iz- quierdo y un pesado cinturón de baterías. En 1986 la mayoría de las cámaras no tenían incorporados los accesorios, por lo que re- sultaba incómodo cargarlo todo a la vez. El pobre señor no podía con tanto. Aprovechó mi disposición para encasquetarme la car- ga. Pero a mí no me pesaba. Era feliz.

Después de recorrer media ciudad apenas había logrado el tímido testimonio de dos o tres compatriotas. El miedo los perseguía en la distancia. Al caer la tarde, avergonzado del fra- caso, tomé una decisión que me trajo todo tipo de consecuencias. Me autoentrevisté. Las declaraciones que hice fueron transmi- tidas a través de rpc Canal 4, que era entonces la única cadena nacional de televisión. Salieron en una revista informativa diri- gida por Julio Miller, la joven estrella del periodismo televisivo. El programa tenía un nombre que anunciaba su intención social: Porque nos importa. La invasión de cubanos voceando frutas en casi todos los semáforos de la capital hacía que los panameños se sintieran curiosos y conmovidos. Allí, a diferencia de otros paí- ses, vender en los semáforos era considerado el colmo de la deses- peración. Con el tiempo, los fruteros cambiaron esa percepción colectiva. Han pasado muchos años y unas cuantas cosas desde aquel entonces: ya no quedan vendedores cubanos ni siquiera en Vía España, la principal arteria de la capital panameña, la mayo- ría se fue tan silenciosamente como llegó. Yo, mientras tanto, he recorrido medio mundo, pero por alguna u otra razón siempre vuelvo a Panamá y siempre me espera allí una aventura nueva. Hoy en día, cada vez que regreso y veo a jóvenes istmeños tra- bajando en los semáforos, les compro y les pago con generosidad. Y recuerdo a mi gente deambulando por las incómodas esquinas de una tierra ajena. Nómadas por necesidad y no por vocación.

El programa de Julio Miller consiguió una notable audiencia, y en él aparecí, flaco y descolorido, aclarando que el paraíso so- cialista del que venía era en realidad un infierno. Una explicación a la que los exiliados parecemos condenados de por vida. Como pasa siempre en estos lances, una cosa trajo la otra. Mayín Co- rrea, presentadora del más importante espacio de debates de la televisión nacional, me invitó a su programa; por otro lado, los estudiantes de la Universidad Católica me convidaron a dar una charla, y así entré de lleno en el torbellino político del momento.

Hice amigos y enemigos. Los primeros me tendieron una mano y los segundos, azuzados por la embajada castrista, me de- clararon una guerra sorda. Así entré también en el mundo de la televisión y de la radio, primero como entrevistado y luego como ayudante de luces, editor (o montador), músico, poeta y loco. Mis estudios de cinematografía resultaron ser más útiles de lo que pensé y la buena voluntad de muchos panameños, fundamental.

Poseía todo lo necesario para ser feliz: ganaba poco y me diver- tía mucho; tenía veinticinco años y ningún compromiso domés- tico; eternos amores de paso y una mezcla explosiva de buenas oportunidades profesionales con mejores tentaciones mundanas. Arte y bohemia en noches interminables de guitarra y poesía. Pero como se sabe, la alegría en casa del poeta dura poco; si la casa es prestada, menos; y si el que manda usa uniforme, peor.

El general Manuel Antonio Noriega era uno de esos típicos dictadores latinoamericanos que parecen de derecha pero que en realidad son de izquierda. Vulgar y feo, no poseía tampoco el don de la palabra. El pueblo le apodaba Cara de piña. El último here- dero de la revolución torrijista, pero sin ideales ni cultura, No- riega resultaba ser el menos ilustrado de los déspotas. En junio de 1987 traicionó un pacto por el que supuestamente debía ce- der el poder al coronel Roberto Díaz Herrera, segundo al mando en el escalafón y primo hermano, además, del legendario gene- ral Omar Torrijos Herrera. Torrijos había muerto seis años atrás en un accidente aéreo y medio Panamá aseguraba, sin pruebas pero con convicción, que había sido víctima de un atentado, de un complot. Entre los “sospechosos” se mencionaban principal- mente a la cia, y a Noriega. O a ambos. El día que según lo acor- dado tocaba asumir al primo hermano del difunto, fue este en lugar de Noriega el que se retiró. El coronel Roberto Díaz Herre- ra apareció en la televisión explicando lo inexplicable. Tratando de convencer al público de las supuestas razones personales que lo habían hecho renunciar a la posibilidad del poder casi absolu- to. Un poder que le tocaba por obra y gracia de la repartición del país que alegremente habían acordado los militares.

Yo estaba esa tarde en 1a estación de radio kw Continente, propiedad de Cañita Correa, hermano de Mayín. Esta última, al ver la farsa del coronel en la televisión, dio un golpe con la mano en su mesa de trabajo y exclamó: “Yo conozco a ese hom- bre. Y se le nota que tiene deseos de hablar. De decir la verdad”. Y acto seguido ordenó buscar y entrevistar al coronel. La incó- moda asignación recayó sobre Elkiria Santos, una joven reporte- ra reconocida en la estación por su dinamismo. A continuación, Mayín se volteó hacia mí. “Cubanito, acompáñala. Y cuídala”. De ese modo inesperado terminé involucrado en la entrevista que encendió la chispa de la gran cruzada contra la dictadura norieguista.

La residencia del coronel Roberto Díaz Herrera se hallaba transformada en un improvisado cuartel. Había soldados arma- dos por todos los rincones. Sin embargo, entramos hasta el patio sin que nadie nos hiciera siquiera una pregunta. Allí, sentado en una mecedora, vestido de civil, escoltado por dos o tres oficiales con disuasivas ametralladoras, estaba el hombre del momento. Noriega lo había traicionado y humillado, pero no supo impedir que junto con el coronel renunciara, por solidaridad o fidelidad castrense, medio batallón. Ahora, acuartelados en la residencia de su jefe inmediato, esos guardias retaban la autoridad máxima de Noriega. Se les notaba, en el nerviosismo y el aire desafiante, que esperaban una orden de aquel que seguían considerando su supe- rior más cercano para levantar los fusiles de la insubordinación. Pero el coronel permanecía callado, meciéndose en el patio de su casa como si nada estuviera pasando.

Algunos corresponsales se nos habían adelantado. Lucía New- man, que en aquel entonces trabajaba para la cnn en inglés (toda- vía no existía la versión hispana), hacía preguntas que el coronel esquivaba. Elkiria encendió inmediatamente la grabadora; yo sos- tuve el micrófono. Díaz Herrera divagaba; me dio la impresión de que tenía algún trago de más. A pesar de que hacía un gran es- fuerzo para aparentar pleno dominio de la situación, la palidez del rostro y unas finísimas gotas de sudor en la frente denunciaban su nerviosismo, incluso su miedo. Los hechos del pasado que esta- ba a punto de revelar, y lo que le sucedió a él mismo días después, demostraron que ese temor estaba totalmente justificado.

Con el tiempo he aprendido que a los eventos extraordina- rios los precede a veces un aire enrarecido, una neblina invisi- ble, cierto sopor de irrealidad que nos golpea los sentidos a modo de presagio. Luego nos cuesta trabajo describir ese ambiente, esa atmósfera indeterminada que, sin embargo, en el momento jus- to nos pareció tan cierta. Eso mismo fue lo que sucedió medio minuto antes de que el coronel Roberto Díaz Herrera le pre- guntara a Lucía Newman: “¿Quieres saber quién mató a Hugo Spadáfora?”.

Hugo Spadáfora fue un médico panameño, graduado en Ita- lia, que evidentemente poseía un espíritu guevarista. Contaban sus compatriotas que había peleado en las guerrillas de Guinea Bissau y de Nicaragua; que originalmente se opuso al régimen de Torrijos pero que luego aceptó ser, por un tiempo, su vicemi- nistro de salud. Pero con quien al parecer no comulgó nunca fue con Noriega, al que acusó de complicidad con el narcotráfico. El 13 de septiembre de 1985 las fuerzas norieguistas detuvieron a Spadáfora y su cadáver apareció decapitado. El atroz asesinato se convirtió en una de las principales banderas contra la dictadura militar. Cuando el coronel Roberto Díaz Herrera dijo delante de media docena de micrófonos: “¿Quieren saber quién mató a Spa- dáfora?”, sabía que estaba rompiendo las hostilidades, declaran- do la guerra abierta a un poder criminal que él conocía mejor que nadie. Por eso estaba pálido y la transpiración de su piel no pare- cía ser consecuencia del bochorno tropical, sino de ese frío subcu- táneo que deben sentir cuantos están a punto de jugarse el todo por el todo. Y por eso los presentes hicimos un silencio sepulcral. El coronel sudaba frío.

“¡A Spadáfora lo mató Noriega!”, soltó aquella bomba cons- ciente de sus efectos públicos y olvidándose de las consecuen- cias personales. “Lo mandó matar y se fue a Europa para que me culparan a mí, que era el que se quedaba al mando”. Y empezó a describir los pormenores del crimen. A partir de ese momento no hubo quien lo frenara. Al coronel, tal como lo había pronosticado Mayín Correa, se le soltó la lengua. Esa fue una gran lección de olfato periodístico.

Díaz Herrera siguió descargando. “¿Quieren saber cómo se cometió el fraude en las elecciones del 84?”. Otra bomba. El régi- men había decidido, por primera vez en quince años, legitimarse mediante unas elecciones más o menos fraudulentas, pero la vo- tación le fue tan adversa que se vio obligado a robárselas. El frau- de resultó evidente pero no probado. Ese era otro de los caballos de batalla de la oposición civilista. El coronel Díaz Herrera ofreció esa tarde detalles suficientes para probar la trampa. Y estaba ade- más el peso incuestionable de su testimonio. No era cualquiera el que acusaba sino el mismísimo segundo hombre fuerte del país. Era alguien de adentro y de muy arriba. Un testigo de Estado.

Casi al final, como a quien ya no le queda nave que quemar, como quien ha decidido ser honesto de repente, el coronel reveló: “Y esta casa que ustedes ven aquí se compró con el dinero de las visas de los cubanos”. E inesperadamente yo, que no había abierto la boca, me sentí aludido, reconocido incluso, y un ligero temblor me recorrió el brazo con el que sujetaba el micrófono de Elkiria. Creo recordar que como parte de la denuncia del tráfico humano, de la trata de cubanos, Díaz Herrera ofreció su casa al pueblo: o me parece que fue a nosotros, los isleños, que según su explicación la habíamos pagado al comprar con dólares la liber- tad. A mí me pareció una manera algo teatral de enviar un men- saje con intenciones morales, una forma de decir que a partir de ese momento estaba dispuesto a la conversión ética; de probar su limpieza espiritual desprendiéndose de las ataduras materiales. Y qué mejor prueba que “regalar” la mansión adquirida con malas mañas.

Cuando Mayín Correa escuchó la grabación comprendió que tenía en sus manos un material sumamente explosivo. Llamó a su hermano Cañita Correa y le pasó la cinta. Cañita, conocien- do los niveles de audacia de Mayín, le prohibió transmitirla en su estación. “No te atrevas a pasarla. Esa estación de radio repre- senta el sustento de nuestra familia y no voy a permitir que me la cierren por culpa tuya”. Pero Cañita debía saber que le estaba pidiendo un imposible a su impulsiva hermana. Era sangre de su sangre. Y tal vez por eso, y porque en el fondo admiraba su valor, no pudo disgustarse para siempre con ella.

De madrugada, probablemente sin poder pegar un ojo, Ma- yín se fue a los estudios de kw Continente y lanzó al aire el es- pinoso testimonio. El gobierno reaccionó de inmediato: primero cortaron la luz, pero los ingenieros se las agenciaron y echaron a andar la estación con una planta auxiliar o algo por el estilo. La entrevista se repitió varias veces por demanda pública. Los mili- tares enviaron emisarios y amenazas. Los líderes de la oposición pidieron respaldo para el único medio (hasta donde yo sé) que en todo el país había tenido el valor de romper la censura de modo tan radical. Mayín arengaba a grito limpio. En la estación todos esperábamos de un momento a otro la irrupción de los dober- man, que es como se llamaban a sí mismos los integrantes de la temida fuerza de élite de la policía antimotines. Mayín convocó al pueblo para que se congregara frente a los estudios de kw Conti- nente. Al mediodía ya había una multitud custodiando el edificio. Los estudios se hallaban situados en plena Vía España, la arteria más transitada de la capital. En la tarde, la multitud era tal que el tráfico se interrumpió. Como los estudios quedaban en un se- gundo piso, los universitarios aprovecharon para colgar letreros abiertamente subversivos. Irene Perurena, presidenta de la Aso- ciación de Estudiantes de la Universidad Santa María la Antigua, improvisó desde el balcón un encendido discurso. Se exaltaron los ánimos, se escucharon consignas y los congregados empeza- ron a sentir deseos de hacer “algo más”.

De repente, en medio de una acalorada discusión, la multitud decidió marchar hasta la casa del coronel Roberto Díaz Herrera. La discusión giraba en torno a si Díaz Herrera, cómplice hasta ayer, merecía un apoyo que a la larga se volvería absolutorio. Al final se impuso el criterio de que sus denuncias lo habían conver- tido en testigo de la nación y que como tal era necesario cuidarlo. La idea era impedir que Noriega lo arrestara, que lo desaparecie- ra como a Spadáfora. Una vez que los manifestantes le hallaron un sentido práctico a sus ansias de rebeldía se desbordaron por la avenida en lo que constituyó la primera marcha callejera de mu- chas que vendrían después. Para mí, que participaba por primera vez en una revuelta popular, fue una experiencia reveladora. Me sumergí en las turbulentas aguas con la alegría y el asombro de los iniciados.

Rumbo a la casa del coronel, en medio de los gritos, Olga de Obaldía, otra carismática líder estudiantil, me advirtió: “Cuba- no, te van a deportar”. Era vox pópuli que la larga mano de La Habana se movía a sus anchas en Panamá, y que al parecer al- gunos casos de repatriación forzosa resultaron tan escandalosos que terminaron por saltar a las páginas de los periódicos locales. Hubo, aseguraban, un marino que desertó lanzándose al canal interoceánico y la inteligencia castrista lo persiguió durante me- ses, operando con toda libertad en territorio ajeno, lo que hacía evidente la complicidad entre ambas capitales. Contaban que el fugitivo llegó a adentrarse en la tupida selva del Darién y que hasta allí lo fueron a buscar. Sobre el resultado final nadie se po- nía de acuerdo: unos juraban que había logrado escapar milagro- samente, otros afirmaban que fue capturado y devuelto a la Isla del Diablo.

Esos antecedentes hicieron que la advertencia, hecha al calor de la demostración, fuese coreada por el resto de los estu- diantes. Yo, que no tenía la menor intención de perderme el acon- tecimiento, les respondí con una frase que provocó una carcajada colectiva: “Señores, si no he podido tumbar al de la barba, déjen- me por lo menos derrocar al de la cara de piña”. Y así, entre risas y consignas, paseamos nuestro descontento por toda Vía España, y luego lo llevamos hasta la mismísima mansión del oficial su- blevado. Allí, y en otras manifestaciones y peligros que llegaron luego, vi muchas veces los rostros de aquellos jóvenes universita- rios: Estrella Calvo, Irma de Obaldía, Tito, Walo Araújo, los her- manos Martín y Mercedes Arias. Vi a Berna y a Manuel Calvit, la magnífica escritora y el joven cineasta. Y aprendí que en las demostraciones auténticamente populares afloran siempre sen- timientos encontrados de indocilidad y alegría. Y que toda ver- dadera asonada tiene, a pesar del comprensible temor, cierto aire festivo.

Cuando Díaz Herrera se asomó a la puerta de su casa, aque- llos que veinticuatro horas antes pedían su cabeza lo premiaron con un espontáneo aplauso. Esa fue una interesante lección de cómo puede cambiar el rol de los protagonistas de la historia, de los que son capaces (por diferentes razones) de saltarse las va- llas del miedo y la resignación. Audaces fortuna juvat. Pero la audacia tiene consecuencias y faltaba saber si Roberto Díaz He- rrera hallaría modo de enfrentar o de escapar a la reacción de los poderes que había desafiado.

Los manifestantes acordaron montar una custodia perma- nente frente a la casa del insubordinado. Para mi asombro aque- llo funcionó mejor de lo que se pensaba. La consigna se regó y durante muchos días una caravana permanente de automóviles cuidó al testigo del pueblo. De lo que nadie se preocupó fue de la estación de radio, que al marchar hacia la casa del coronel se quedó sin protección. Esa misma noche los doberman destruye- ron hasta el último micrófono. kw Continente fue clausurada. La prudente predicción de su propietario se cumplió de forma vio- lenta. Presiento que en esos días Mayín hubiera preferido dis- cutir cara a cara con Noriega antes que con su hermano. Pero a quien Noriega quería tener rápidamente en su poder era al coro- nel rebelde y no a la periodista agitadora.

El régimen apostó por la desidia, pero la gente no se cansó y la caravana duró más que la paciencia del general emplazado. El 27 de julio de 1987, la misma madrugada que el coronel Rober- to Díaz Herrera cumplía cincuenta años, Noriega le envió un de- sagradable regalo: un comando de asalto que lo arrestó a boca de cañón. “Parece que se tiraron en helicóptero”, especuló Martín Arias, hijo del líder de la oposición civilista, Ricardo Arias Calde- rón, y de la cubano-panameña Teresita Yánez. Una familia que me había recibido con los brazos abiertos.

No quiero imaginar los horrores que tuvo que enfrentar el prisionero durante los cinco meses que estuvo en manos de su feroz enemigo. Pero tengo que reconocer que sus declaraciones fueron una pieza fundamental para desmontar esa torpe dictadu- ra de la que él mismo había formado parte esencial. Y también hay que destacar que la denuncia no hubiera servido de nada sin la valiente decisión de transmitirla bajo todo riesgo. Esa emisión tuvo tales repercusiones que se convirtió en el principio del fin para Noriega y para unos militares que habían gobernado Pana- má a su antojo durante dos décadas.

Desde el punto de vista profesional, aquel evento fue una cla- se magistral sobre la trascendencia que puede llegar a alcanzar el periodismo cuando rompe las barreras de la censura y de la au- tocensura. Y otra advertencia, claro está, de los peligros que en- traña la profesión. Enseñanzas que tuve muy presentes durante la siguiente ocasión en que participé en la locura de filmar a dos espías en la ciudad de Nueva York.

Al principio le presté poca atención, pero luego empecé a sos- pechar. Pablo Gato, a la sazón director de noticias, me pidió que almorzara con un individuo que aseguraba conocer a un espía.

Pensé que era un modo de quitárselo de encima. Yo llevaba cuatro años viviendo en Miami. Había sido productor en el Canal 23 de Univisión y recién me iniciaba como reportero en el 51 de Telemundo. Tenía deseos de hacer buenos reportajes pero a veces me sentía un tanto escéptico con la cantidad de charlatanes con que me tropezaba en cada esquina. Visto mi poco ánimo, Pablo Gato quiso que Leticia Herrera me acompañara. Leticia era una productora demasiado joven y entusiasta para mi gusto, pero el director deseaba, sin duda, tener una segunda opinión.

El hombre llegó puntual. Era un guajiro de pasos cortos y vista larga. Bajito y atlético, sencillo y afable. Se presentó con su nombre y los dos apellidos: Francisco Ávila Azcuy. Un deta- lle poco común en un país donde solo se lleva el apellido paterno. “Pero todos me dicen Panchito”, agregó con la sonrisa victoriosa e ingenua de quien no ha sido asimilado en lo más mínimo por la cultura dominante. Aseguraba ser el intermediario de un agen- te activo de los servicios de la inteligencia castrista y traer la en- comienda de pactar una entrevista con la televisión. Hicimos las preguntas de rigor.

—¿A cambio de qué?

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—De nada —respondió Panchito con delatora seguridad. —¿El individuo va a desertar? —inquirimos.

—No exactamente, pero va a contarlo todo —y puso en su

tono la intención tentadora de quien pretende abrir el apetito de unos periodistas presumiblemente curiosos.

—¿Y por qué no se lo cuenta al fbi?

—Ya lo hizo.

—¿Y lo mandaron a dar la cara? Qué extraño. ¿No entende-

mos por qué una agencia que se dedica a guardar secretos va a querer revelarlos?

—La agencia no quiere, es mi amigo el que tiene necesidad de contarlo —aclaró Panchito, y de nuevo notamos un sospechoso conocimiento de causa.

No sabíamos qué creer, pero aquel hombre ecuánime y direc- to no daba la impresión de ser un charlatán. Hablaba en serio y con sinceridad. Pactamos, por si acaso, una segunda cita.

—¿Qué te parece? —me preguntó Leticia una vez que nos quedamos solos.

—¿Te fijaste en las botas que llevaba puestas? —le pregunté a su vez.

—¿En las botas?

—Sí. Son las mismas que usan ciertos oficiales del Ministerio del Interior en Cuba. Son una réplica de las que usa Fidel.

¿De verdad? —se asombró la productora con la alegría de quien empieza a gustarle la historia—. ¿Y eso qué quiere decir? —me retó con una sonrisa pícara.

—Eso quiere decir que no hay ningún amigo. El espía es él.

Así empezó aquella aventura que llegó a provocar la expul- sión de un diplomático de Naciones Unidas y un revuelo noti- cioso que colocó a nuestra provinciana estación de televisión en los titulares del New York Times, del Washington Post y de los principales periódicos de Estados Unidos; y que obligó a todos los noticieros televisivos de la competencia, incluyendo los de las grandes cadenas americanas, a citarnos como única fuente de una noticia que le estaba dando la vuelta al país. Pero eso vino luego, porque la verdad es que en el momento de iniciar la investiga- ción, eran otras nuestras preocupaciones, y nadie pudo prever las últimas consecuencias.

En la segunda cita Panchito confesó ser el hombre. Iba pre- parado para ello. Nos entregó un montón de pruebas físicas de su actividad clandestina y nos contó su vida con naturalidad: se describió como un joven campesino que al triunfo de la revolu- ción pasó rápidamente del entusiasmo a la decepción. Se alzó y se exilió siendo un adolescente y regresó a Cuba de forma clan- destina como soldado de la organización Alpha 66. Cuando lo capturaron no tenía dudas de que iba a ser fusilado, pero salvó la vida gracias a que acordó aparecer en la televisión de la isla en una suerte de mea culpa. Pasó años en la cárcel y fue allí, según su confesión, donde lo reclutaron. A cambio de la libertad recibió entrenamiento de inteligencia y cuando estuvo bien preparado lo incluyeron entre los indultados que entregaron, como muestra de buena voluntad, al presidente estadounidense Jimmy Carter. Eso fue en 1979.

Panchito regresó a Estados Unidos y se reincorporó a Alpha 66. Poco después los servicios castristas le exigieron activarse. Entonces dice que tomó la decisión de informar al fbi, pero que la contrainteligencia estadounidense, lejos de recriminarlo, le rogó que se activara. Y así surgió el doble agente.

La historia tenía coherencia. Durante un tiempo nos dedica- mos a investigar, a escarbar en periódicos viejos y a buscarle fa- llas al cuento. No encontramos nada contradictorio, pero faltaba una respuesta fundamental. ¿Por qué, después de trece años en las sombras, este hombre había decidido salir a la luz pública? ¿No estaríamos siendo blanco de una operación cuyo significa- do y objetivo escapaba a nuestra comprensión y conocimientos? ¿No estaríamos, como periodistas, siendo manipulados por el fbi? ¿O por la dgi castrista? Se lo dijimos con toda claridad. Panchito comprendió la necesidad de despejar nuestras dudas.

Estábamos a mediados de 1992, el Muro de Berlín se había caído como si fuera de cartón y tras él los regímenes comunis- tas de Europa Oriental se desmoronaban; la mismísima Unión Soviética, “indestructible” en las consignas partidistas, estaba a punto de desintegrarse. Panchito pensó, como muchos, que el efecto dominó llegaría hasta Cuba y que por lo tanto iba a suce- der lo mismo que en Alemania y otros satélites de Moscú, donde al abrir los archivos se descubrió más de una deslealtad.

—Ellos tienen allá un expediente que me describe como lo que no soy, pero al calor de los acontecimientos no habrá tiempo para explicaciones —argumentaba Panchito.

Según su versión, el fbi estaba renuente a revelar su condi- ción de doble agente e incluso se resistía a permitirle el retiro. Seguía siendo útil. Pero, en un momento de confusión, nada le iba a garantizar la vida. Recordé el caso de un hombre al que la cia ordenó secuestrar un avión y llevarlo hacia Cuba; fue un tru- co torpe para introducir un agente en una época en que no había modo de penetrar la isla. Lo hicieron pasar por un exiliado arre- pentido. El régimen no se tragó el anzuelo y el agente pasó mu- chos años en las mazmorras cubanas. Cuando al fin pudo volver a Estados Unidos se llevó la sorpresa de su vida: allí lo esperaba la fiscalía norteamericana con una acusación de secuestro aéreo. La Agencia Central de Inteligencia se resistió a admitir respon- sabilidad alguna en el asunto de la nave y ni siquiera reconocía a su hombre. Los tiempos habían cambiado y lo que veinte años antes había sido un audaz operativo, ahora, agonizando la Gue- rra Fría, se tornaba indefendible. Al desdichado monigote lo salvó la prensa, la atención que despertó en los medios el lamentable malentendido. Pero en lo que el palo fue y vino, me parece que se pasó otra temporada tras las rejas, esta vez en su propio patio. Rememoré el caso y entendí la preocupación de Panchito. Decidi- mos creerle, pero necesitábamos más pruebas. Algunos de los ar- tilugios que nos había mostrado se podían comprar en cualquier spy shop del país. Teníamos que hacer un reportaje a prueba de descreídos.

—¿Nunca tienes contactos personales con otros espías? —Solo con mis jefes.

—¿Quiénes son tus jefes?

—Han variado a través de los años.

—¿Quién es tu jefe en estos momentos?

—Un diplomático.

—¿Un diplomático? —y el asombro traía la certeza de haber

hallado algo de verdad interesante.

De ese modo, el agente Adán nos explicó que la base de ope-

raciones desde la que recibía instrucciones era la Embajada de Cuba ante Naciones Unidas, situada en el número 315 de la ave- nida Lexington, de Manhattan, Nueva York. Al ser esta la ciudad sede de la onu, el gobierno de Estados Unidos está comprome- tido a mantener delegaciones diplomáticas de todos los países miembros, incluyendo aquellos con los que no tiene relaciones formales. Se supone que esas delegaciones están sometidas a la más estricta vigilancia, porque muchos de los diplomáticos son en realidad oficiales o agentes de penetración de países hostiles. Es un riesgo sopesado y asumido, pero en la práctica, al menos en el caso que nosotros pudimos ilustrar, la contrainteligencia esta- dounidense es incapaz de tapar todos los huecos.

El agente Adán solo tenía de su jefe inmediato un nombre de pila y una forma de contactarlo. El nombre era Raúl y el aviso se hacía a través de un simple beeper. Una de las cosas que apren- deríamos con este reportaje es que los espías, contrariamente a lo que sucede en el cine, utilizan generalmente las mismas vías de comunicación que el resto de los mortales y que el modo en que las usan es lo que hace la diferencia. A fin de cuentas, es mucho más difícil rastrear una llamada entre millones, que utilizar ca- minos poco transitados. En ese sentido no se diferencian mucho de los polígamos o de los traficantes de drogas.

Adán convenció a Raúl de que necesitaban un encuentro per- sonal. No era fácil. Ese tipo de contacto se realiza en caso es- trictamente necesario y va precedido de un complejo proceso de preparación. Raúl pidió tiempo para consultar. La rapidez con que aceptaron nos dio la medida de la importancia de nuestro hom- bre y de la confianza que le tenían. Para nosotros este encuentro se convertiría en el plato fuerte del reportaje y de la verdadera aventura que viviríamos. Para Panchito Ávila sería su prueba de autenticidad.

Partimos para Nueva York en aviones distintos. Hicimos in- cluso alguna que otra escala innecesaria y hospedamos a nuestro hombre en un hotel diferente al nuestro. Éramos cuatro: la pro- ductora, Leticia Herrera, que resultó ser más efectiva de lo que había imaginado; el camarógrafo, Jorge Lewis;, el director, Pablo Gato, y yo, como reportero. Cinco, contando a Panchito, el do- ble agente. Excepto él, los demás estábamos jugando al espionaje y actuábamos sin plena conciencia de que en realidad nos jugá- bamos la vida. Ahora, cuando miro hacia atrás, pienso que esa inocencia nos ayudó y nos volvió más audaces de lo que en rea- lidad éramos. Y nos sirvió, además, para divertirnos con el peli- gro. El riesgo puede ser alegre, y eso lo saben muy bien los que inventaron la montaña rusa. El que sube a ella confía en que el carrusel jamás se desprenda; pero a veces suceden imprevistos y entonces se acaba la fiesta.

Llegamos al punto de encuentro una hora antes y tomamos nuestra posición. En Cuba, cuando éramos niños, había un juego al que le llamábamos Cuatro esquinas, y no era más que un modo de practicar beisbol en medio de la calle: copábamos una intersec- ción y la convertíamos en terreno deportivo; desde una de las es- quinas se golpeaba con la mano la pelota de goma y los otros tres recodos hacían las veces de bases. Cada vez que pasaba un auto- móvil se interrumpía el partido y aunque gracias a Dios el tráfico disminuía con cada año de poder revolucionario, de vez en cuan- do un niño terminaba golpeado, o bajo las ruedas. Esa mañana, en Jamaica Queen, en medio de un tráfico real y constante, juga- mos nuestro peligroso Cuatro esquinas. Cada uno dentro de su vehículo. Lewis se parapetó al sur con la cámara grande, demasia- do pesada pero que gracias a su poderoso zoom nos permitía fil- mar desde una mayor distancia; Pablo Gato se colocó en la punta norte con una súper ocho sin duda más manuable, y a mí me asignaron la medianía de cuadra y una cámara igual a la de Pa- blo. Leti se encargaría del audio a control remoto y eso la obliga- ba a dirigir la operación. Era la única que tendría contacto con el agente Adán, quien desde su micrófono escondido podría, como resultó luego, deslizarnos información útil.

Cuando dos espías van a encontrarse en territorio hostil, rea- lizan una barroca coreografía antes de llegar al punto de contac- to. Necesitan cerciorarse de que no los siguen ni de cerca ni de lejos. Nunca parten directamente a la dirección acordada sino que se pasan varias horas recorriendo un itinerario cuyo único sen- tido es descubrir potenciales perseguidores. Hay toda una téc- nica compleja y al parecer bastante eficiente. Pero en este caso esa técnica no iba a servir de nada porque uno de los dos agen- tes había delatado el sitio del encuentro. Existía, sin embargo, un peligro agregado: que el agente cubano no viniera solo y que una escolta silenciosa le cubriera las espaldas, con su co- nocimiento o sin él. Otra posibilidad era la de que el chequeo de la contrainteligencia norteamericana, siguiéndole la pista al diplomático cubano, nos descubriera atravesados en medio. Y, por supuesto, también era dable sospechar que en definitiva no fuéramos más que simples peones en el tablero de los gran- des e invisibles manipuladores. Cualesquiera de las infinitas variantes resultaba peligrosa, porque ahora sabemos que hubo riesgos concretos que por desconocimiento no tomamos en cuenta.

El mayor peligro, del que Panchito no nos había advertido, era el de la inmunidad diplomática: un diplomático acribilla a alguien en plena calle y el país que lo acreditó no puede juzgarlo, tiene que limitarse a expulsarlo. Es decir, te pueden coser a balazos sin ir un día a la cárcel. Eso es algo que no cabe en la cabeza de los ciudadanos comunes, pero así es. La inmunidad se vuelve impu- nidad en manos de Estados inescrupulosos. Y en esta materia ni La Habana ni Washington estaban libres de pecado. Fue una te- meridad colocarse en medio de ese fuego cruzado.

Cuando cada uno de nosotros se estacionó en su sitio, perdí de vista a los demás. Me parecía increíble que hubiera tantos peato- nes en una misma intersección. Tenía la sensación de que todo el mundo me miraba y de que cada gesto me delataba. Ese día com- probé que no estoy hecho para el resbaladizo juego del espiona- je, en el que un detalle perdido o ganado significa la muerte o la vida, el éxito o el fracaso.

Me concentré tanto en lo que hacía que no vi nada. El encuen- tro transcurrió ante mis narices y yo ni me enteré. ¿Cómo fue eso posible? No tengo idea, pero cuando Pablo Gato cruzó la ca- lle vino corriendo hasta mí y me preguntó: “¿Lo filmaste?”. Yo me quedé boquiabierto. Por suerte tanto él como Lewis obtuvie- ron excelentes imágenes. Si hubiera dependido exclusivamente de mis habilidades, habríamos perdido la escena del encuentro. Llevar tres cámaras fue una buena decisión.

Me sentí ridículo, pero la velocidad de los acontecimientos no daba tiempo para lamentaciones. El diplomático cambió de res- taurante, y en lugar del italiano acordado entró en otro. Era algo que debimos haber previsto. Confiados en que conocíamos de an- temano el lugar del almuerzo, los dejamos que se perdieran de vista. Nos salvó el micrófono a control remoto, gracias al cual se- guíamos escuchando y grabando la conversación, pero sin saber dónde estaban nuestros objetivos. Ahora nos hallábamos ante el dilema de escuchar sin ver.

—No pueden estar muy lejos —dije tratando de insuflar op- timismo en la tropa.

—¿Qué rango de recepción tiene este aparato? —preguntó Lewis.

—Más de lo que permite la ley —respondió Pablo.

En fin, que lo mismo podían estar cerca que lejos. Eso nos obligaba a registrar, al menos, tres manzanas. Nos dividimos en dos grupos. Por suerte la calle era un hervidero de transeúntes y vecinos. Eso ayudaba a que se notara menos nuestra presen- cia. Lo malo fue que el área estaba repleta de pequeños restau- rantes, cafeterías y quioscos. Había que ir entrando en ellos con sumo cuidado, buscar con disimulo y salir lo más rápidamen- te posible. El temor a meter la pata nos hizo volver al pues- to de mando en que se había convertido la furgoneta. Fue allí, escuchando la conversación, que nuestro hombre nos dio la clave.

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—No sabía que te gustaba la comida china —escuchamos que le comentó el agente Adán al diplomático. Y ese detalle redujo fa- vorablemente nuestras opciones.

Y fue también en ese momento que escuchamos al diplomá- tico hacer alarde de su impunidad, cuando sin razón aparente le dijo a su interlocutor lo siguiente:

—Yo sí mato. Si me sorprenden, mato. Yo tengo la fuca aquí mismo, en la cintura. ¡Está oyendo la conversación! Y luego, que me boten. Si a mí no me gusta este país. Yo no quiero estar aquí.

—¿Qué es la fuca? —preguntó el español Pablo.

—La fuca es la pistola —respondió el cubano Lewis.

—El tipo está armado —agregué yo con preocupación.

Y fue a Lewis y a mí a los que nos tocó dar con el lugar. Ras-

treando calle arriba nos metimos en un pequeñísimo restaurante chino en el que apenas había dos hileras de mesas y una barra a la derecha de la puerta. De modo que al entrar casi nos damos de narices con el hombre de la fuca, quien estaba sentado al fondo, de frente a la única entrada posible, vigilándola. Nuestro hombre, por su parte, se hallaba de espaldas. Nos pegamos un susto tal que salimos inmediatamente sin pedir nada. Regresamos a la furgo- neta y comunicamos el hallazgo al resto de la pandilla. ¿Qué ha- cer? ¿Nos habrá visto? Y otra vez a improvisar.

Lewis tomó una de las cámaras pequeñas, la guardó en el es- tuche de cuero negro y con una cuchilla le abrió trabajosamente un hueco del tamaño del lente. Volvimos al restaurante chino con la cámara encendida de antemano y nos sentamos a tres mesas de los dos espías. Lewis frente a ellos y yo de espaldas. Colocamos el estuche sobre la mesa como si fuera un maletín de turista y pe- dimos la carta. Obviamente, al orificio del lente le habían queda- do los contornos desiguales, pero dada las circunstancias no había tiempo para exquisiteces. Cuando llegó el menú aprovechamos

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para acomodar el equipo en la dirección exacta de nuestro obje- tivo: el zoom completamente abierto para evitar problemas con el encuadre y con el foco. Los personajes saldrían un tanto aleja- dos y perderíamos los detalles, pero garantizaríamos la filmación de la escena. Una toma, que por demás, solo necesitábamos como referencia. No recuerdo qué fue lo que tomamos pero debe haber sido algo muy ligero: lo suficientemente breve como para impe- dir que resultáramos descubiertos con un simple golpe de vista.

Lo que hicimos luego fue la tapa al pomo. Envalentonados por el éxito de la filmación a corta distancia, nos tornamos peli- grosamente audaces, es decir, imprudentes. Una hora más duró la conversación dentro del restaurante. Y a la salida, los retratamos de todas las formas habidas y por haber. Yo, incluso, intentando borrar mi despiste inicial, me aposté con la camarita en las afue- ras del restaurante chino y con aires de turista interesado en la arquitectura del lugar, filmé al diplomático a menos de un metro de distancia y no apreté el botón de off hasta que lo vi bajar las escaleras del metro y perderse de vista. Todo el barrio de Jamaica Queen se dio cuenta de que estábamos grabando a ese hombre. Todo el mundo menos él. Cuánto entrenamiento desperdiciado.

Entonces, tal vez por necesidad de alivio, menospreciamos las precauciones mínimas y comenzamos a felicitarnos en plena ca- lle, a darnos palmadas como hacen los deportistas tras la victoria crucial. Y como buenos e impacientes aficionados, nos reunimos en la furgoneta, y con la puerta transversal abierta nos pusimos a revisar allí mismo el material. En eso andábamos cuando el di- plomático apareció de nuevo: emergió inesperadamente de la es- calera del metro que quedaba en nuestra propia acera. Yo lo vi por el retrovisor. Nos volvimos de piedra. El espía enemigo, con sus gafas oscuras, su fuca, y el misterioso maletín, se dirigía directa- mente hacia nosotros. No sabíamos que al marcharse los agentes

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montan la misma coreografía para descubrir si alguien los sigue. Pero las gafas debieron quedarle demasiado oscuras porque a un paso de nosotros el individuo giró a la izquierda, y sin notar nada raro se dirigió a la otra entrada del subway. Cuando Lewis com- probó su despiste sacó descaradamente la cámara grande y lo fil- mó a su gusto, garantizando una de las mejores y más deliciosas imágenes de la jornada. Con ese último aviso y ese arrojo final de nuestro camarógrafo estrella, recogimos los matules y pusimos pies en polvorosa.

De la Gran Manzana volamos a Washington. Allí entrevista- mos a un hombre singular: el capitán Enrique García, un desertor de la inteligencia cubana que vivía en la capital bajo protección estadounidense. Enrique se quedó tan maravillado con nuestro trabajo que decidió ayudarnos. Lo primero que hizo fue transfe- rirnos gran parte de la información que él les había entregado a los servicios de inteligencia norteamericanos. Estaba molesto por el poco aprovechamiento dado a sus conocimientos y porque al parecer había descubierto una verdad que termina por desconcer- tar a muchos desertores: que contrariamente a lo que indican las apariencias, a los funcionarios en Estados Unidos el tema cubano ni les va ni les viene, y que mientras más alto es el nivel, menos lo entienden. Ese descubrimiento súbito del verdadero lugar que se ocupa en el mapa no es fácil de digerir. Algo de esta frustra- ción debió sentir el capitán Enrique García en su exilio dorado de Washington y tal vez por eso decidió sumarse a nuestra aventura periodística y abandonar el inútil mundo de las tinieblas en que se ocultaba.

A partir de entonces, y de la mano del capitán Enrique Gar- cía, empezamos a identificar las claves de un mundo fascinante y tenebroso. Con Enrique aprendimos más de lo que un periodista necesita saber. Y aprendimos también que no es posible entender

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la política de ciertos Estados sin comprender mínimamente el modo en que funcionan esos resortes ocultos. Cualquier análi- sis periodístico, académico o político propiamente dicho, se torna peligrosamente inocente a consecuencia de ese desconocimiento.

Enrique nos ayudó a encontrar el verdadero nombre del di- plomático y contrastarlo con el libro de Naciones Unidas. Allí estaba, con foto incluida: Carlos Manuel Collazo Usallán, ter- cer secretario de la Misión Permanente de Cuba ante la onu. Sin duda, habíamos capturado un pez gordo. Pero faltaba comprobar si verdaderamente Panchito Ávila era un agente doble. No quedó más remedio que preguntarle directamente al fbi. Otra vez el ca- pitán Enrique García nos dio la clave: las leyes, aunque parezcan ridículas, no le permiten a una agencia norteamericana mentir abiertamente sobre la identidad de uno de sus oficiales. De modo que ante una pregunta directa lo más que pueden hacer es negar- se a comentar. El famoso No comment. Por el contrario, si Pan- chito Ávila estaba asumiendo un rol que no le correspondía, el fbi lo desmentiría sin ambages. No lo desmintieron pero nos quisie- ron quitar la cinta.

La desesperación con que reaccionó la contrainteligencia nor- teamericana indicaba, a mi modo de ver, que Panchito había ac- tuado por cuenta propia, y que la intromisión de la prensa en un asunto tan delicado era algo que no les gustaba; pero seguimos adelante, aguantando las presiones y afrontando las consecuen- cias. Luego nos enteraríamos (porque el propio gobierno cubano lo usó como argumento para defenderse) que el fbi había aborda- do torpemente al diplomático en un supermercado, incitándolo a desertar antes de que la televisión lo desenmascarara. Lo único que consiguieron fue poner sobre aviso al enemigo.

Aquí aprendimos otra lección: las delegaciones de casi todos los países son una fachada para las actividades de espionaje. Las

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embajadas son verdaderos nidos de espías. Todas las partes lo sa- ben. De modo que se apuesta a ser más hábil que el otro. Es un juego pactado: el del ratón y el gato. Y es por eso que el fbi intentó pararnos en seco. A Estados Unidos no le interesa expulsar a un extranjero que realiza labores de espionaje en su territorio tras la fachada de una delegación porque ellos también hacen lo mismo, y en el otro país le responderían con una expulsión similar. Es lo que llaman reciprocidad. Ojo por ojo y diplomático por diplo- mático. Igual sucede con las valijas: son inviolables. No hay duda de que para el país receptor resulta un dolor de cabeza saber que dentro de la valija consular pueden estar entrando todo tipo de peligros, pero a cambio se puede hacer lo mismo cuando es uno el que remite. Cada cual confía en sus habilidades para registrar la maleta ajena sin dejar huellas.

En esa cínica ecuación no cabíamos nosotros, y por eso fuimos tratados como lo que éramos: unos periodistas entrometidos en un mundo que no nos pertenecía. Y también como lo que pensa- ron que éramos: unos anticastristas en busca de escándalo, unos reporteros ansiosos de rating, o simples manipuladores que se habían aprovechado de un espía atrapado entre dos aguas.

Para proteger el material tuvimos que atrincherarnos en la estación de Miami en un cuarto con candado del que práctica- mente no salíamos. Si querían quitarnos la cinta tendría que ser a la fuerza. Fue una determinación. Y por precaución elemental sacamos varias copias. Tal vez exagerábamos, pero en esos días había ocurrido un hecho aleccionador: una de las grandes cade- nas americanas transmitió, contra toda advertencia, las conver- saciones entre el general Manuel Antonio Noriega (ya preso en eua) y su abogado. Era, a todas luces, una grabación ilegal, y los marshalls allanaron la estación de televisión y confiscaron las cintas.

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Con esos truenos no sabíamos qué iba a pasar el día que nues- tro reportaje saliera al aire. Fue en el noticiero vespertino de las seis. Llevábamos una semana anunciándolo. Esa misma tarde, el Departamento de Estado informó, en conferencia de prensa des- de Washington, la expulsión del tercer secretario de la Embaja- da de Cuba ante la onu, el señor Carlos Manuel Collazo Usallán, porque (marcaron distancia) un canal de televisión había mos- trado evidencias irrefutables de que estaba realizando actividades incompatibles con la acreditación que se le había extendido. Todo un eufemismo para no mencionar la palabra espionaje. La mala palabra. De todos modos, le dieron cuarenta y ocho horas para que se largara del país junto con su esposa e hijos.

La expulsión del diplomático significó para nosotros el reco- nocimiento de que la investigación periodística había sido seria. Eso volcó la atención del resto de la prensa sobre nuestro peque- ño y desconocido noticiero municipal.

Durante varios días los corresponsales de los grandes y po- derosos medios norteamericanos descubrieron que había una ciudad de su país llamada Hialeah, en la que casi no se hablaba inglés, y en la que te brindaban litros de café cubano mientras te hacían esperar unos colegas a los que incomprensiblemente no parecía interesarles que sus nombres aparecieran con caracteres dorados en “la gran prensa”.

Lo cierto es que no teníamos tiempo para dar entrevistas. Nuestra investigación constaba de cinco reportajes y apenas ha- bíamos transmitido uno. Por otro lado, la conferencia de prensa del Departamento de Estado nos puso patas arriba el orden en que pensábamos presentar los temas, obligándonos a dedicar no- ches extras a rearmarlo todo en la sala de montaje. Con las horas contadas, no nos quedó más remedio que ser descorteses y re- mitir a los poderosos colegas de los grandes medios a que vieran nuestro modesto noticiero todos los días a las seis de la tarde para que se enteraran de los hechos.

Pero faltaba otra prueba: enfrentar el mal humor de los belicosos grupos del exilio cubano que no querían admitir la posibilidad de estar penetrados hasta el tuétano.

En el caso de Alpha 66 fue peor, porque Francisco Ávila Azcuy había sido su jefe militar. Así que nos acusaron de querer poner en ridículo a las organizaciones más activas, de dividir el exilio y hasta de ser en realidad “agentes provocadores”.

Pero la evidencia resultó demasiado contundente. La larga conversación grabada entre el oficial de inteligencia cubano y su agente en Miami reveló más de una contradicción. Como el hecho evidenciado de que el gobierno cubano no solo penetraba, sino que hasta compraba armas y embarcaciones a los grupos que supuestamente combatía. Y más cínico aún: que el régi- men de La Habana organizaba, de vez en cuando, una autoagre- sión. O sea, que algunos de los grupos más radicales del exilio terminaban siendo útiles a la propaganda castrista, una propa- ganda que argumentaba constantemente ser víctima de ataques externos.

Al final nadie salió complacido con nuestro trabajo. Ni Was- hington, que se vio metido en un diferendo diplomático del que nada sacaba; ni La Habana, cuya hipocresía quedó al descubierto; ni Miami, donde algunos de los grupos más beligerantes salieron mal parados. Los únicos que parecieron apreciar nuestro esfuer- zo fueron los miembros de The National Academy of Television Arts and Sciences, que nos premiaron con un Emmy regional, que es el máximo galardón que otorga la televisión de Estados Unidos en estos casos.

Pero hubo más sorpresas. Unos meses después de la expul- sión del diplomático, Cuba retiraría a su embajador ante Nacio- nes Unidas, Alcibíades Hidalgo. Supuse que como consecuencia de aquellos eventos. Mas nunca imaginé que, diez años después, aquel embajador defenestrado se fugaría de la isla en una lancha, y que, rodando las piedras, terminaría siendo mi compañero de trabajo en una sala de redacción del exilio donde ensayamos cada día la reconciliación nacional.

De todos modos, lo del espía no fue nada comparado con lo que sucedió inmediatamente después: la crisis humanitaria del 93 y del 94.

FUENTE: Orian Brito / Americateve.com

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