Contienen bolsas para cadáveres.
Los Topos, la legendaria brigada de rescate de México, va a Venezuela; hay más de 2.200 fallecidos
CIUDAD DE MÉXICO (AP) — Un hombre vestido de pies a cabeza con un llamativo color naranja apila con cuidado una docena de cajas de cartón en un carrito de equipaje en el aeropuerto internacional de Ciudad de México. No es un viajero común. Y estas no son cajas comunes.
El hombre es Germán Bello, un voluntario de 39 años de la Brigada Internacional de Rescate Topos Azteca, una de las organizaciones civiles de búsqueda y rescate más conocidas de México. Fundada tras el devastador terremoto de 1985 en Ciudad de México, la brigada sin fines de lucro opera de manera independiente y se ha ganado una reputación internacional por desplegarse ante grandes desastres dentro y fuera del país.
La noche del martes, Bello se dirigía a uno de los desastres naturales más mortíferos de Venezuela en la historia moderna. Casi una semana después de que dos potentes terremotos devastaran la costa caribeña del país, las autoridades informaron el miércoles que más de 2.200 personas han muerto y más de 11.000 han resultado heridas.
Los equipos internacionales de rescate continúan buscando en edificios de apartamentos y viviendas derrumbadas en La Guaira, el estado más afectado, aun cuando las esperanzas de hallar más sobrevivientes se desvanecen y la misión se desplaza cada vez más hacia la recuperación de cuerpos.
Bello no sabe cuándo regresará a casa. Además del equipo de rescate, lleva bolsas para cadáveres y otros implementos que podrían utilizarse para recuperar a quienes murieron en los terremotos.
Ingeniero electricista y dueño de un pequeño taller de reparación de autos, Bello es conocido dentro de la brigada como “La Secre” —abreviatura de secretario— porque funge como la mano derecha del fundador del grupo, el veterano rescatista Héctor “El Chino” Méndez.
Méndez, de 80 años, ayudó a organizar los esfuerzos espontáneos de rescate civil tras el terremoto de 1985 en Ciudad de México y ha encabezado misiones de los Topos en todo el mundo durante cuatro décadas. Ya está en La Guaira, ayudando a buscar a los pocos sobrevivientes que aún podrían estar atrapados bajo edificios colapsados.
“Los más difícil es decirle a alguien que ha fallecido su familiar”, afirma Bello.
Rescatistas de su equipo señalan que deben mantener a raya sus emociones una vez que llegan a la zona del desastre, donde mantenerse concentrados puede significar la diferencia entre la vida y la muerte.
La voluntaria Merry Valencia, que ha pasado 14 años en la brigada, recitó parte del código de conducta del grupo: “No hay hambre, no hay calor, no hay sueño. No hay miedo”.
Una vez que evalúan la estabilidad de las estructuras colapsadas, los rescatistas se dividen en pequeños equipos asignados a distintas secciones de los escombros. Se arrastran por aberturas estrechas y huecos dentro de edificios derrumbados, una práctica que les valió el apodo de “Topos”. A menudo usan cámaras térmicas y otros equipos especializados para buscar señales de vida.
Armados con palas, martillos y otras herramientas, retiran lentamente los escombros, centímetro a centímetro, tratando de evitar provocar nuevos derrumbes.
“¡Somos rescatistas mexicanos, si hay alguien vivo, hagan ruido, o griten. ¡Ahora!”, gritó el sábado un rescatista del Ejército mexicano mientras buscaba entre las ruinas de un edificio colapsado en La Guaira.
Momentos después, levantó un puño cerrado en el aire.
El gesto indica una orden de silencio total, una técnica de búsqueda que surgió durante el terremoto de 1985 en Ciudad de México y que más tarde fue formalizada por los Topos. Hoy, equipos de rescate en todo el mundo utilizan versiones del protocolo.
La señal se extiende al instante por la zona del desastre. Rescatistas, soldados, voluntarios y periodistas tienen que dejar de hablar. Durante varios segundos, lo único que se oye es el silencio.
Luego, los rescatistas esperan con atención cualquier indicio de vida, usando micrófonos sensibles, cámaras telescópicas o simplemente pegando el oído a los escombros, con la esperanza de detectar una voz, un golpe o el más leve movimiento.
De vuelta en el aeropuerto de Ciudad de México, un joven con gafas se acerca a Bello tras enterarse de que se dirige a Venezuela. Le pregunta si él y su colega forman parte de la misión de rescate.
Cuando Bello responde que sí, el hombre rompe en llanto.
“Gracias por venir, mi familia está en Caracas”, dice el ingeniero venezolano Diego Bejarano
Bello lo abraza con fuerza. Es probable que sea el primero de muchos abrazos en los días por venir, mientras se suma a otros equipos internacionales de rescate en la zona del desastre en Venezuela.
Después de que Bejarano se aleja, Bello se seca las lágrimas de los ojos y explica por qué sigue ofreciéndose como voluntario para misiones como esta.
“Esa es mi recompensa: poder darle un rayito de esperanza a alguien”.
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Arráez informó desde La Guaira, Venezuela.
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Esta historia fue traducida del inglés por un editor de AP con la ayuda de una herramienta de inteligencia artificial generativa.
FUENTE: AP
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