Pregúntele a los británicos qué piensan de sus antiguas colonias en 2026, y mencionan estas opiniones arraigadas sobre Estados Unidos y los estadounidenses. Pero tras 250 años de independencia de Reino Unido, los antiguos gobernantes no pueden hablar de Estados Unidos sin mencionar a su presidente, Donald Trump, casi siempre antes de enumerar las muchas cualidades que admiran y aprecian en la nación surgida al otro lado del Atlántico.
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En muchos sentidos, los británicos admiran a EEUU. Pero al cumplir 250, dicen que Trump lo define
WASHINGTON, Inglaterra (AP) — Ruidoso. Fracturado. Desconcertante.
“Ahora es el mundo de Trump, ¿no?”, afirmó Mark Keightley, un técnico en impresión que trabaja en la zona de Cambridge, a aproximadamente una hora al norte de Londres.
Durante el último año, The Associated Press les hizo a británicos —desde el hogar ancestral de George Washington cerca de Escocia hasta Cambridge, Bristol y Londres— una pregunta neutral: “¿Qué opina de Estados Unidos ahora?”. Prácticamente todas las respuestas, incluso las de quienes como Keightley apoyan algunas de las políticas del presidente, comienzan con una pausa reflexiva, seguida de un eufemismo tajante para referirse a Trump y a la era Trump.
“Su presidente...”, “El estado actual de la política...” y “Él...”, sin ambigüedad sobre a quién se refieren, son expresiones típicas. Y dicen tanto sobre la percepción británica de su antigua colonia como los comentarios que suelen venir después. ¿Es posible hablar de Estados Unidos ahora sin hacer referencia a Trump?, se les pregunta. La respuesta unánime, de acuerdo con estas entrevistas: No.
“Mi propia opinión de Estados Unidos ahora está dictada por el presidente y, en lo que a mí respecta, no se está cubriendo de gloria", manifestó Eddie Boyle, de Falkirk, Escocia, mientras cruzaba el puente de Westminster, en Londres, la semana pasada. “Es una pena que un acuerdo tan largo entre los dos países se haya visto empañado”.
Ser británico y sentirse decepcionado por la realidad de Estados Unidos no es un fenómeno nuevo.
Charles Dickens le escribió a un amigo que se sentía exactamente así durante su visita de 1842 a la nueva nación, donde fue agasajado desde Boston hasta Nueva York y Washington —y, según se dice, ganó una fortuna con lecturas públicas de su obra. Pero le horrorizaba la práctica de la esclavitud, que Reino Unido había abolido en 1833. Y la celebrada libertad de expresión que los estadounidenses habían consagrado en la Primera Enmienda, escribió, se había torcido con “una prensa más mezquina, insignificante, tonta y vergonzosa que la de cualquier país que yo haya conocido”.
Además, en un cuaderno de viajes escribió que los estadounidenses escupían en público —una “costumbre asquerosa”.
“Esta no es la República que vine a ver. Esta no es la República de mi imaginación”, le escribió a William Charles Macready el 22 de marzo de 1842. “En todos los aspectos salvo en el de la educación nacional, el país me decepciona”.
Con el tiempo, la historia de la relación entre Washington y Londres se desarrolló de tal manera que ningún acontecimiento ni presidente puede definirla.
Varios puntos de inflexión impulsaron a Reino Unido a tomarse en serio a Estados Unidos como una potencia permanente y no como un capricho rebelde y pasajero. Entre ellos, la Guerra de 1812, que fue una especie de revancha entre las dos naciones. Terminó en empate, pero el conflicto reforzó el sentido de independencia estadounidense y consolidó a la nación como una sólida fuerza comercial y militar a tener en cuenta.
El nuevo país sobrevivió luego a su propia Guerra Civil. Después, antes de que transcurriera un siglo, Estados Unidos ayudó a Reino Unido a evitar la ocupación nazi y, junto con el resto de las potencias aliadas, derrotó a Alemania en la Segunda Guerra Mundial. Cuatro décadas más tarde, la célebre amistad entre el presidente Ronald Reagan y la primera ministra Margaret Thatcher contribuyó a impulsar el colapso de la Unión Soviética en 1991.
“Hicieron algo grandioso”, comentço Maria Miston, de Suffolk, tras detenerse recientemente cerca del Big Ben, refiriéndose e a Thatcher y Reagan. “De verdad lograron poner fin a la Guerra Fría”. Apuntó que la invasión de Irak liderada por Estados Unidos en 2003 dañó la imagen de la superpotencia en todo el mundo. Y, a su juicio, no ha mejorado. “Desde entonces, solo hemos ido hacia atrás”.
Durante su segundo mandato, el presidente estadounidense primero toleró a su homólogo, el primer ministro británico Keir Starmer, antes de criticarlo afirmando que “no es Winston Churchill” ante su negativa de involucrar a Reino Unido en la guerra de Estados Unidos con Irán.
Trump ha sugerido que considera al rey, y no al primer ministro, como su par. El presidente se sintió profundamente halagado por la invitación del rey a una inédita segunda visita de Estado a Inglaterra —y una deslumbrante cena real en el Castillo de Windsor— el año pasado, así como por la reciente visita de Carlos III a Washington. En Estados Unidos, el monarca señaló que la relación de cuatro siglos entre Estados Unidos y Reino Unido es “más importante hoy que nunca”, al tiempo que expresaba su apoyo a los controles y contrapesos, lo que se consideró como una crítica implícita a Trump.
La Casa Blanca publicó en redes sociales que ambos son “DOS REYES”, quizá en parte como respuesta a las manifestaciones bajo el lema “No Kings” que congregaron multitudes en todo el país durante la visita de Carlos. Pero la ironía no pasó desapercibida en la tierra de la Declaración de Independencia, la Constitución de Estados Unidos, el “Sentido común” de Thomas Paine y otros documentos de la era fundacional que rechazaban el gobierno del tatarabuelo de Carlos, el rey Jorge III, y la monarquía en general.
En su país, donde las encuestas mostraban de antemano una oposición significativa a la visita del rey, la actuación de Carlos III recibió elogios como una demostración de poder blando. Parecía aún más notable dada la evidente tensión entre él y Trump por cuestiones climáticas y por la amenaza del presidente de convertir a Canadá en el estado número 51, donde Carlos es soberano.
“Permítame decirle: Bien hecho en América”, le dijo la estrella de rock Rod Stewart a Carlos en una gala el 11 de mayo, al alcance del oído de los reporteros. “Estuvo soberbio, absolutamente soberbio. Puso a ese pequeño canalla en su sitio”.
Las encuestas muestran que los británicos se han desencantado de Estados Unidos. Solo el 28% de los adultos británicos aprobaba el liderazgo de Estados Unidos en una encuesta de Gallup realizada a finales del verano y comienzos del otoño de 2025, mientras que el 68% lo desaprobaba. Eso está, en términos generales, en línea con las opiniones sobre el liderazgo Trump durante su primer mandato, y por debajo de la aprobación del expresidente demócrata Joe Biden, cuando alrededor del 45% de los adultos de Reino Unido aprobaba el liderazgo de Estados Unidos.
La Encuesta de Actitudes Globales 2025 del Pew Research Center, realizada en la primavera de ese año, encontró que aproximadamente la mitad de los adultos en Reino Unido tenían una opinión favorable de Estados Unidos. Los adultos británicos mostraban una visión más positiva de Estados Unidos en los dos primeros años de la presidencia de Biden, cuando cerca de dos tercios tenían una opinión favorable del país. Esa cifra cayó al 54% para la primavera de 2024.
Las relaciones entre Washington y Londres se han tensado en la historia reciente. La crisis del Canal de Suez en 1956, por ejemplo, fue un contundente recordatorio del declive del poder británico y del ascenso estadounidense en el escenario mundial. Una década después, Reino Unido resistió la presión de Estados Unidos para sumarse a la Guerra de Vietnam.
A lo largo de los años, observar a Estados Unidos se ha convertido en algo parecido a un entretenimiento en Reino Unido, aunque sea solo para medir qué tan bien —o mal, o de manera divertida— les va a los primos del otro lado del Atlántico haciendo la democracia a su manera.
Hoy en día, los británicos reconocen sin reparos una larga lista de cualidades estadounidenses que admiran junto a otras que los enfurecen o desconciertan. En el plano positivo: la ambición. La riqueza del país. Su poderío militar. Su inmensidad. Su televisión, su música y su cine. Y su resiliencia pese a las tensiones raciales y a la insurrección del 6 de enero de 2021 en el Capitolio.
En paralelo está el resto: la violencia armada, que parece difícil de comprender vista desde Reino Unido, donde las pistolas se prohibieron en 1997 tras una masacre escolar. Las medidas represivas contra la inmigración desconciertan a muchos británicos, dado que Estados Unidos fue fundado por migrantes. Aunque, como gran parte de Europa, Reino Unido tiene sus propios problemas con quienes intentan entrar al país de forma ilegal.
Encabezando la lista de misterios está Trump, el 47º presidente en esta instantánea temporal en la que Estados Unidos celebra 250 años de independencia. Hablar de él es socialmente delicado, dicen los británicos, con el Brexit aún como una herida abierta en la sociedad y el auge de una reforma populista, liderada por algunos partidarios de Trump, en las recientes elecciones locales.
“¿Cómo puede alguien así convertirse en presidente?”, preguntó Mark Gibson recientemente mientras tomaba una cerveza en el pub The Cross Keys en Washington, cerca del hogar ancestral del primer presidente. Entiende por qué los estadounidenses eligieron a otros hombres como líderes, aunque no estuviera de acuerdo con ellos. ¿Pero Trump? “No lo entiendo. Ha tenido quiebras y problemas legales”.
“Pero supongo que eso era lo que la gente quería", añadió Gibson. "Lo eligieron dos veces”.
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La editora de The Associated Press Amelia Thomson DeVeaux en Washington y el periodista de video Kwiyeon Ha en Londres contribuyeron a este despacho.
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Esta historia fue traducida del inglés por un editor de AP con la ayuda de una herramienta de inteligencia artificial generativa.
FUENTE: AP
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