“Cuba no es una nación en disputa, no somos una colonia y no vamos a renunciar a nuestra soberanía ni a nuestra independencia”, afirmó.
El mandatario acusó a Washington de impulsar una estrategia de “intoxicación mediática” y “guerra psicológica” contra Cuba, con el objetivo de sembrar miedo en la población y desestabilizar al régimen.
Según su versión, las amenazas y la retórica sobre una posible acción militar constituyen una ofensa a la dignidad del pueblo cubano.
“Hasta la última gota de sangre”
Díaz-Canel elevó el tono al asegurar que Cuba está dispuesta a defender sus derechos, su independencia y las “conquistas” del sistema político vigente.
El gobernante dijo que la isla lucharía “hasta la última gota de sangre” si fuera necesario, en una declaración que refuerza el discurso histórico del régimen frente a cualquier amenaza externa.
El mensaje busca proyectar firmeza interna en un momento en que Cuba enfrenta una de sus peores crisis económicas, energéticas y sociales en décadas.
La respuesta a Trump
Las declaraciones de Díaz-Canel llegan un día después de que Donald Trump afirmara que Cuba, “después de muchas décadas”, se estaba acercando a Estados Unidos.
El presidente estadounidense hizo esa declaración durante la inauguración de la Biblioteca Presidencial Theodore Roosevelt, en Dakota del Norte, mientras evocaba la Guerra Hispano-Estadounidense de 1898 y el papel de Roosevelt en la campaña militar de Cuba.
Trump no ofreció detalles sobre a qué se refería con ese supuesto acercamiento, pero la frase fue interpretada como parte de la narrativa de presión máxima de su administración contra La Habana.
Un momento de máxima tensión entre Washington y La Habana
La entrevista de Díaz-Canel ocurre en medio de una escalada política y diplomática entre ambos gobiernos.
Desde su regreso a la Casa Blanca, Trump ha endurecido la política hacia Cuba con nuevas sanciones, restricciones económicas y declaraciones cada vez más directas sobre el futuro de la isla.
Washington ha sancionado a altos funcionarios del régimen, familiares de la cúpula gobernante y entidades vinculadas a sectores estratégicos de la economía cubana.
La administración Trump sostiene que esas medidas buscan presionar al régimen para que permita reformas reales, libere recursos controlados por la élite y reduzca su aparato represivo.
Sanciones contra Díaz-Canel y figuras del régimen
Entre las medidas más relevantes se encuentran las sanciones contra Miguel Díaz-Canel, su esposa Lis Cuesta Peraza y el coronel Alejandro Castro Espín, hijo de Raúl Castro y figura vinculada al aparato de seguridad cubano.
Washington también ha ampliado sanciones contra empresas estatales, instituciones financieras, entidades logísticas y compañías asociadas a GAESA, el conglomerado militar que controla sectores clave de la economía cubana.
El régimen denuncia esas acciones como parte de una ofensiva destinada a asfixiar económicamente a la isla y forzar un cambio político.
Cuba insiste en que no negociará bajo presión
Díaz-Canel repitió una línea que otros funcionarios cubanos han defendido en las últimas semanas: Cuba puede dialogar con Estados Unidos, pero no aceptará negociaciones bajo amenazas ni condicionamientos políticos.
El gobernante ha descartado cualquier apertura política y ha insistido en que las reformas económicas anunciadas por el régimen no implican una “restauración capitalista”.
Para La Habana, las conversaciones con Washington solo pueden darse bajo los principios de soberanía, independencia y no injerencia.
EE.UU. aumenta el cerco mientras Cuba busca oxígeno económico
La tensión ocurre mientras Cuba intenta aplicar un paquete de 176 medidas económicas, presentado como una de las mayores reformas del modelo cubano en décadas.
Entre las medidas figuran banca privada, mayor espacio para la inversión extranjera, comercio exterior para actores privados, casas de cambio privadas y nuevas reglas para empresas estatales.
Sin embargo, Washington considera que esas reformas son insuficientes si no vienen acompañadas de cambios políticos, libertades civiles y una reducción del poder económico de la élite militar.
La crisis interna condiciona el discurso cubano
Cuba atraviesa apagones prolongados, escasez de combustible, falta de alimentos y medicamentos, inflación, caída productiva y deterioro de los servicios básicos.
En ese contexto, el discurso de defensa frente a una amenaza externa también funciona como herramienta política interna.
El régimen busca presentar la crisis como resultado de la presión estadounidense, mientras sus críticos señalan problemas estructurales del modelo económico, corrupción, centralización y falta de libertades.
La guerra psicológica como argumento oficial
Díaz-Canel acusó a Estados Unidos de utilizar declaraciones, sanciones y mensajes públicos como parte de una estrategia de guerra psicológica.
Según el gobernante, el objetivo sería crear miedo, sembrar incertidumbre y quebrar la moral de la población cubana.
La acusación encaja con el discurso histórico del régimen, que suele atribuir la crisis interna a factores externos y presentar cualquier presión internacional como una agresión contra la soberanía nacional.
Una frase que marca el momento político
La declaración “que no haya sorpresa ni derrota” resume la postura actual de La Habana: denunciar amenazas, preparar a sus estructuras militares y políticas, y enviar un mensaje de resistencia frente a Washington.
Para sus aliados, Díaz-Canel intenta mostrar firmeza ante una potencia que históricamente ha presionado a Cuba.
Para sus críticos, el régimen utiliza la narrativa de amenaza externa para justificar el control interno, militarizar el discurso y evitar reformas políticas profundas.
Lo cierto es que la tensión entre Cuba y Estados Unidos vuelve a entrar en una fase de alta confrontación, con sanciones, advertencias, conversaciones estancadas y mensajes cada vez más duros desde ambos lados.