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Rusia frena protestas por el bloqueo de una popular app de mensajería, pero la frustración persiste

En una ciudad rusa, las autoridades impidieron una manifestación debido a una “inspección de árboles”. En otros lugares, culparon a problemas con la retirada de nieve o a las restricciones contra el COVID-19 aún vigentes. Y en un sitio, los administradores alegaron que el motivo de la protesta no existía.

En las últimas semanas, las autoridades de casi una docena de regiones rusas han citado diversas excusas para impedir manifestaciones contra la censura en internet y el bloqueo de la popular aplicación de mensajería Telegram.

Y en la mayoría de los casos, lo lograron. Conscientes de la represión contra la disidencia desde la invasión de Ucrania hace cuatro años, los activistas decidieron no arriesgarse a celebrar concentraciones no autorizadas, aunque no estuvieran relacionadas con la guerra. Algunos acudieron a los tribunales para impugnar las negativas del gobierno a autorizar las protestas, mientras que otros las redujeron a reuniones más pequeñas en recintos cerrados.

Pero el descontento persiste en todo el espectro político ante las medidas contra la segunda aplicación de mensajería más popular de Rusia, lo que se suma a la frustración por una lista cada vez más grande de problemas de diversa índole que aquejan al país.

“Está claro que la situación ha cambiado, las leyes se han vuelto más estrictas, pero la protesta no ha desaparecido”, dijo Alexander Sustov, legislador de la región de Primorie, en el extremo oriental del país, donde el mes pasado se bloqueó una manifestación a favor de Telegram.

“El descontento persiste. Y cualquier prohibición no hace más que alimentar ese descontento”, agregó.

Restringir Telegram es el último paso de Moscú para poner internet bajo control gubernamental. Miles de webs y plataformas están bloqueadas, como ocurre con múltiples redes privadas virtuales que permiten a los usuarios eludir la censura. Los apagones generalizados del internet móvil dejan disponibles solo un puñado de sitios web aprobados por el gobierno.

A Telegram solo la supera en popularidad entre los rusos WhatsApp —también severamente restringida— y es ampliamente utilizada por organismos gubernamentales para su presencia oficial en redes sociales, así como por comentaristas afines al Kremlin y blogueros militares con cientos de miles de seguidores.

Las autoridades animan a los usuarios a pasarse a MAX, una aplicación de mensajería respaldada por el gobierno que, según los críticos, es una herramienta de vigilancia estatal.

Los blogueros militares critican las medidas contra Telegram y sostienen que es una plataforma de comunicación indispensable para las tropas rusas en Ucrania y para los activistas que organizan campañas de financiación colectiva para ayudar a las fuerzas de Moscú.

En un primer momento, el gobierno había prometido que no restringiría Telegram en el campo de batalla, pero más tarde el Kremlin lanzó un mensaje distinto.

En una reunión con el presidente del país, Vladímir Putin, con motivo del Día Internacional de la Mujer, una militar calificó Telegram como “una herramienta de comunicación del adversario” y coincidió con él cuando dijo que “el uso de sistemas de comunicación que no son nuestros, que no están bajo nuestro control, supone un peligro para el personal” en combate.

Reportes de prensa no confirmados pronostican que en las próximas semanas se producirá un bloqueo total de la aplicación, que en diciembre de 2025 tenía 93,6 millones de usuarios mensuales en Rusia, o el 76% de la población, según el grupo de monitoreo Mediascope.

El bloqueo de Telegram llevó a diversas fuerzas políticas —incluidas las que apoyan la guerra o al Kremlin en general— a actuar.

El desánimo generalizado y la falta de un relato claro para justificar las restricciones hicieron que “la gente sienta que aquí puede permitirse protestar”, señaló el analista político Abbas Gallyamov.

El mes pasado, miembros de La Otra Rusia, un grupo ultranacionalista y belicista, bloquearon la entrada a la oficina del regulador estatal de medios e internet, Roskomnadzor, en Moscú con un cable de bicicleta y desplegaron una pancarta que decía: “Dennos un internet sin supervisión (y) una Rusia sin la vergüenza de Roskom”.

En diciembre, el grupo colgó otra en la oficina de la agencia en San Petersburgo que decía: “Roskomnadzor, prohíbe esta pancarta”.

Todos fueron arrestados y los activistas de Moscú enfrentan cargos penales.

Las secciones regionales del Partido Comunista, que por lo general apoya al Kremlin, intentaron organizar manifestaciones en varios lugares. En la región siberiana de Altái, las autoridades locales rechazaron las convocatorias alegando que las denuncias de un endurecimiento del control de internet estaban “en contradicción con la realidad”. En el sur, en Krasnodar, se autorizó una manifestación para más finales de marzo en las afueras de la ciudad.

En las ciudades norteñas de Naryan-Mar y Syktyvkar, activistas del Partido Comunista lograron organizar piquetes con carteles que decían: “No les corresponde a los funcionarios decidir qué leemos” y “Internet no es una prisión”.

Pero esas fueron excepciones, ya que en otros lugares las autoridades se negaron a permitir las movilizaciones o las bloquearon a última hora.

En la ciudad de Perm, en los montes Urales, los convocantes obtuvieron permiso para una manifestación el 15 de marzo, pero dos horas antes de su inicio se informó a los activistas de una “posible situación de emergencia” en el lugar de la concentración que lo hacía inadecuado celebrar el acto.

Aun así, algunos se presentaron en el lugar. Viktor Gilin, de 80 años, mostró un cartel con la frase “¡Vladímir Putin! Exijo que devuelvas la libertad de pensamiento y de expresión: ¡internet!”. Fue detenido rápidamente y multado.

En la ciudad siberiana de Novosibirsk, 16 personas fueron arrestadas este mes en el lugar donde estaba prevista una concentración a favor de Telegram. Aunque no necesitaban autorización para protestar en esa plaza, a su llegada los asistentes se encontraron con el lugar acordonado con cinta por una supuesta “inspección de árboles”, contó el activista Roman Malozyomov.

Malozyomov y otros activistas, periodistas y algunos transeúntes fueron detenidos, pero quedaron libres en unas horas. Él acudió directamente a la plaza Lenin para realizar una protesta solitaria con un cartel en el que proclamaba que quería “seguir conectado”, con el logotipo de Roskomnadzor tachado.

Esta semana, activistas en varias regiones solicitaron autorización para más manifestaciones el 29 de marzo. Algunas fueron rechazadas de inmediato.

Las manifestaciones han sido poco frecuentes desde la brutal represión de las protestas contra la guerra en 2022, con un aumento vertiginoso de los procesos políticos y la multiplicación de las leyes que restringen la disidencia.

Hubo pequeñas movilizaciones, incluidas algunas no autorizadas, en algunos lugares: esposas de soldados se concentraron ante el Kremlin y el Ministerio de Defensa en 2024, y más de 1.000 personas se reunieron ese mismo año en la región de Bashkortostán para protestar por el encarcelamiento de un activista local, lo que derivó en arrestos masivos.

Agricultores en Siberia protestaron este mes por el sacrificio de ganado que consideran injustificado. En el norte de Komi, trabajadores de una planta maderera se manifestaron para exigir el pago de salarios atrasados.

Cientos participaron en octubre en una protesta autorizada en Vladivostok contra el alza de las tasas de matriculación de vehículos, una de las mayores concentraciones en años en la ciudad de la costa del Pacífico.

En Tomsk, Siberia, el activista Anton Isakov logró recientemente organizar una manifestación autorizada contra el bloqueo de la popular plataforma de juegos en línea Roblox y otra contra el maltrato animal.

Si las autoridades permiten las movilizaciones, hay participantes dispuestos a secundarlas debido a los muchos asuntos “sobre los que la gente quiere pronunciarse”, dijo. Hasta ahora, sus intentos de obtener permiso para una manifestación a favor de Telegram no han tenido éxito.

Malozyomov, el activista de Novosibirsk, explicó que allí se permiten a menudo pequeñas manifestaciones sobre temas como el alto costo de los servicios públicos porque “las autoridades intentan dar a la gente la oportunidad de desahogarse, para que la tensión no se acumule”.

Algunos están probando iniciativas distintas.

En Kaluga, al suroeste de Moscú, Konstantin Larionov y otras 41 personas presentaron el año pasado una demanda contra Roskomnadzor y otros funcionarios gubernamentales alegando que las restricciones a Telegram y WhatsApp violan su derecho a la libertad de expresión y a la privacidad.

Larionov instó a otros a sumarse presentando solicitudes al tribunal por correo electrónico, y el número de demandantes alcanzó los 105. Era alentador ver a gente “de distintas partes del país” dispuestas a participar, declaró.

El tribunal dio la razón a las autoridades. Larionov recurrió el fallo y perdió, pero planea llevar el caso hasta el Tribunal Supremo.

Admite que la capacidad de protestar en Rusia se ha reducido, pero cree que es importante seguir intentándolo.

“Quizá estemos retrocediendo un poco, pero no nos rendimos”, señaló.

Por su parte, Gallyamov afirma que las protestas por Telegram tienen más que ver con mostrar el descontento popular que con “luchar contra el régimen”.

Pero "es otra grieta en los cimientos” del poder de Putin, añadió.

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Esta historia fue traducida del inglés por un editor de AP con la ayuda de una herramienta de inteligencia artificial generativa.

FUENTE: AP

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