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Los chiíes desplazados de Líbano enfrentan una creciente hostilidad por ataques aéreos y desalojos

BEIRUT (AP) — Cuando estalló la guerra entre Israel y Hezbollah a principios de marzo, Hussein Shuman huyó del intenso bombardeo en los suburbios del sur de Beirut, pero no se molestó en intentar alquilar un apartamento en otro lugar.

En las zonas consideradas “seguras” porque el grupo político-paramilitar libanés no tiene presencia, siente que los musulmanes chiíes como él no son bienvenidos. Los residentes los miran con recelo como posibles miembros de Hezbollah, y los propietarios cobran precios exorbitantes para alquilar a familias desplazadas.

En su lugar, el hombre de 35 años, que trabaja en una empresa de perfumes, se dirigió al centro de Beirut, donde instaló una pequeña carpa en la que se ha estado quedando junto con su esposa, su hijo de 7 años y su hija de 5.

Shuman incluso rechazó una oferta de un amigo que lo invitó a llevar a su familia a la localidad cristiana de montaña de Zgharta. Prefirió permanecer en su tienda de campaña, aunque se ha inundado dos veces en las últimas dos semanas.

“Al quedarme aquí conservo mi dignidad y respeto”, dijo Shuman, sentado en una silla cerca de su tienda mientras un barbero le cortaba el pelo al aire libre. “No nos quedaremos en un lugar donde nos vayan a humillar”.

En un país lleno de suspicacias, las más de un millón de personas desplazadas como resultado de las órdenes de evacuación y los ataques aéreos de Israel, en su mayoría chiíes, tienen opciones limitadas.

Algunos propietarios en zonas cristianas se niegan a alquilar a chiíes. Otros exigen rentas y depósitos inflados que pocos pueden pagar. Fatima Zahra, de 42 años, procedente de los suburbios del sur de Beirut, contó que ella y su hermana vendieron sus mejores joyas para pagar los 5.000 dólares que el propietario les cobró por adelantado por dos meses de alquiler.

En algunos vecindarios de Beirut, a los desplazados que pueden permitirse pagar rentas elevadas solo se les permite tomar el departamento después de que los propietarios informen a los organismos de seguridad para que verifiquen si la familia tiene algún vínculo con Hezbollah.

Las tensiones sectarias son un tema delicado en Líbano porque el país libró una guerra civil de 15 años que terminó en 1990 y que, en gran medida, se fracturó siguiendo líneas sectarias.

Las fricciones sociales han empeorado desde que ataques aéreos selectivos israelíes se cobraron la vida de responsables de Hezbollah o miembros de la Guardia Revolucionaria, la fuerza paramilitar de Irán, en zonas de mayoría cristiana, suní y drusa, lo que avivó el temor entre los anfitriones a que miembros de Hezbollah se estén mezclando con la población civil.

Los libaneses están profundamente divididos sobre las guerras de Hezbollah con Israel, y muchos en este pequeño país culpan al grupo respaldado por Irán de arrastrarlo a un conflicto que, hasta ahora, ha dejado más de 1.300 muertos y más de 4.000 heridos. Hezbollah disparó misiles hacia territorio israelí dos días después de que Estados Unidos e Israel atacaran a Irán el 28 de febrero, lo que desencadenó el conflicto en curso en Oriente Medio.

La reanudación de la guerra ha causado una destrucción generalizada y ha paralizado la economía en un momento en que Líbano sigue sumido en una histórica crisis económica que estalló a finales de 2019. El país todavía no se ha recuperado de la última guerra entre Israel y Hezbollah en 2024.

A mediados de marzo, un ataque aéreo israelí contra un apartamento en la localidad de Aramoun mató a tres personas e hizo que algunos residentes pidiesen a los desplazados que abandonaran la zona.

Días después, otro operativo aéreo contra la cercana localidad de Bchamoun también causó tres fallecidos, incluida una niña de cuatro años, que eran desplazados de los suburbios del sur de Beirut, donde Hezbollah tiene una fuerte presencia.

Israel no anunció en ninguno de los dos casos cuál era el objetivo de los ataques, pero los vecinos supusieron que alguien en los apartamentos alcanzados era miembro de Hezbollah.

“Si hubiéramos sabido que estaban vinculados a Hezbollah, los habríamos echado”, declaró un hombre enfurecido que tiene un apartamento en el edificio de Bchamoun.

Un misil explotó sobre la región predominantemente cristiana de Keserwan, al norte de Beirut, a finales de marzo, y los escombros cayeron en distintas zonas. Aunque el ejército libanés dijo después que se trataba de un misil iraní que pasaba sobre Líbano y cayó, en un primer momento, muchos asumieron que era un ataque aéreo israelí contra desplazados.

Nadie resultó herido por los restos del misil, pero un grupo de jóvenes atacó a chiíes desplazados en el distrito de Haret Sakher, cerca de la ciudad costera de Jounieh, y pidió su desalojo, antes de que intervinieran las autoridades locales.

“No los queremos aquí”, gritó un residente de Haret Sakher poco después del ataque. Dijo que algunos de los desplazados se refieren a sus anfitriones como “sionistas”, acusándolos de estar alineados con Israel porque critican a Hezbollah por arrastrar al país al conflicto. “No queremos convivencia nacional”, agregó.

George Saadeh, miembro del consejo municipal de Jounieh, dijo a The Associated Press que había pedido a los residentes de Haret Sakher que evitaran cualquier reacción “para que podamos preservar la paz civil”.

Los planes para alojar a desplazados en un almacén abandonado cerca del puerto, una zona de mayoría cristiana justo al norte de la capital, se suspendieron la semana pasada tras el rechazo de legisladores y residentes.

“La campaña israelí de ataques selectivos ha creado mucha paranoia”, manifestó Maha Yahya, directora del Carnegie Middle East Center, con sede en Beirut. “Si ves a una persona desplazada, quizá te preguntas ‘¿Y si esta persona es un objetivo?’”.

Ante el temor de que la tensión se descontrole, el ejército ha reforzado su presencia en las calles.

La semana pasada, el general Rudolphe Haikal, comandante del ejército, recorrió Beirut y la ciudad sureña de Sidón e indicó a las tropas que debían mostrarse “firmes ante cualquier intento de socavar la estabilidad interna”, señaló el ejército en un comunicado.

La policía, incluyendo una unidad de fuerzas especiales, se desplegó en los principales cruces de la capital para preservar la paz y evitar cualquier fricción entre desplazados y residentes. Patrullas policiales pasan por el asentamiento de carpas junto a la costa beirutí donde se alojan Shuman y su familia.

Un funcionario municipal de Naameh, justo al sur de Beirut y de mayoría suní, indicó que han recibido a miles de desplazados desde el sur del país.

Explicó que, para evitar tensiones, en un distrito abrieron una escuela para chiíes desplazados y en un barrio diferente otra para personas procedentes de aldeas fronterizas suníes.

“Hay preocupación entre la gente” de que pueda estallar un conflicto, agregó el funcionario, que habló bajo condición de anonimato porque no estaba autorizado a hablar con la prensa.

Con los ataques aéreos israelíes y la invasión terrestre centrados principalmente en zonas chiíes, el embajador de Estados Unidos en Líbano, Michel Issa, un libanés-estadounidense, fue criticado por avivar el sectarismo. A finales de marzo, dijo a reporteros que Washington había pedido a Israel un compromiso de que no se atacarán las aldeas cristianas del sur.

“Hemos pedido a los israelíes que dejen en paz a las aldeas cristianas del sur y nos dijeron que no tocarán las aldeas cristianas”, manifestó Issa. “Ellos (los israelíes) dijeron que no pueden garantizar” que esos lugares sean respetados “si hay infiltración en estas aldeas” por parte de miembros de Hezbollah.

Varias localidades cristianas del sur de Líbano han pedido a los chiíes desplazados que se refugiaban allí que se marchen por miedo a que su presencia pueda provocar ataques israelíes.

El legislador Taymour Joumblatt, líder del Partido Socialista Progresista, el mayor grupo político encabezado por drusos en el país, indicó que la mayor preocupación en el país ahora es la “discordia”.

“Lo más importante es reducir las presiones sectarias sobre el terreno", sostuvo Joumblatt. "Nuestros hermanos chiíes son parte de este país y nuestro deber humanitario es ayudarlos”.

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La periodista de The Associated Press Isabel DeBre contribuyó a este despacho.

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Esta historia fue traducida del inglés por un editor de AP con la ayuda de una herramienta de inteligencia artificial generativa.

FUENTE: AP

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