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En la región Cerrado de Brasil, prácticas indígenas transforman la estrategia contra incendios

TOCANTÍNIA, Brasil (AP) — El fuego crepitaba como una lluvia que se aproxima una mañana reciente en el territorio del pueblo indígena xerente, en el estado de Tocantins, en el norte de Brasil. Pero los indígenas no se asustaron ni se apresuraron a apagarlo.

Las llamas habían sido provocadas intencionalmente como parte de un plan de prevención de incendios forestales planeado por los xerentes en coordinación con funcionarios ambientales antes de los meses de mayor sequía: agosto y septiembre.

Los xerentes viven en el Cerrado, una sabana en el centro y norte de Brasil. Cada año, las aldeas enfrentan la amenaza de incendios forestales a gran escala, un peligro que probablemente empeorará con la llegada de El Niño, un fenómeno que prolonga la sequía y eleva las temperaturas regionales.

Tras décadas de sufrir discriminación, ahora los líderes indígenas se coordinan con el gobierno para aplicar su conocimiento ancestral y prevenir grandes incendios forestales.

Durante la operación, una brigada conjunta del IBAMA —el Instituto Brasileño del Medio Ambiente y de los Recursos Naturales Renovables— y miembros de comunidades indígenas capacitados se adentraron en la sabana. En tierra, parte del equipo empleó la técnica tradicional de encender fuegos con antorchas de goteo u hojas secas de palma. Un grupo más pequeño arrojó esferas incendiarias desde un helicóptero gubernamental hacia zonas previamente identificadas.

Si un incendio amenazaba con salirse de control, los equipos intervenían de inmediato. El resultado fue un mosaico de áreas quemadas en toda la sabana que debe contribuir a proteger el ecosistema en los próximos meses.

“Ellos conocen la región, el clima, la vegetación y los mejores momentos para encender incendios. Empezamos a buscar el conocimiento tradicional, aprendiendo de ellos y adaptándolo a nuestros objetivos, en sintonía con su gestión del fuego”, explicó Marco Borges, el agente de IBAMA que coordina la prevención de incendios en Tocantins. “Hemos aprendido que, en realidad, ellos son nuestros mejores maestros”.

Durante mucho tiempo, las autoridades brasileñas siguieron una estrategia de “cero fuego”, y consideraron cualquier pequeña quema como una amenaza que debía ser sofocada rápidamente y prohibida bajo cualquier circunstancia. Con el tiempo, este enfoque cayó en desuso y las autoridades comenzaron a adoptar nuevas estrategias de gestión territorial, las cuales combinan el conocimiento tradicional con la ciencia. En 2014, el gobierno comenzó a colaborar con comunidades indígenas en quemas controladas.

El fuego forma parte de la evolución natural de los bosques de sabana como el Cerrado, y varias especies se benefician de las quemas periódicas, explicó Leandro Maracahipes, biólogo e investigador de la Universidad de Yale.

Históricamente, los incendios se producen de forma natural, provocados por los rayos, al inicio de la temporada de lluvias entre octubre y abril. Pero la actividad humana ha causado incendios más destructivos durante agosto y septiembre, que a menudo están relacionados con la tala para crear pastizales cerca del territorio de los xerentes, el cual está rodeado de cultivos de soya y granjas ganaderas.

Al comienzo de la estación seca, cuando la vegetación aún no está completamente árida, las pequeñas quemas controladas ayudan a reducir la acumulación de pasto inflamable. Estas zonas quemadas crean barreras alrededor de las aldeas, las cabeceras de los ríos y los sitios delicados, y los protegen de incendios forestales durante los picos de las sequías.

“Excluir el fuego por completo provoca una acumulación de combustible que alimenta incendios de alta intensidad. Esos incendios pueden matar incluso a los árboles resistentes y hacer casi imposibles las labores de extinción de fuego, ya que las llamas se propagan rápidamente por el paisaje, incluso al interior de los bosques”, señaló Maracahipes.

Cuando los vehículos oficiales llegaron al territorio de los xerentes para comenzar su trabajo, unos 30 indígenas esperaban, alineados frente a una tienda de madera y paja utilizada como sede de la asociación del pueblo.

Formaron dos filas paralelas para crear un corredor. A la izquierda, un grupo vestía uniformes oficiales de bomberos: camisas amarillas brillantes, pantalones verdes y botas protectoras. A la derecha, la mayoría eran hombres sin camisa, con el cuerpo decorado con patrones tradicionales pintados. Algunos calzaban zapatos y otros, sandalias. Así, frente a frente, cantaron canciones tradicionales y golpearon el suelo con los pies al ritmo de la música.

Al final del corredor, el cacique Lazaro Xerente, de 68 años, el líder más veterano de su pueblo, esperaba, también sin camisa, con el torso pintado y un tocado de plumas. Agradeció a los funcionarios su presencia, pero también expresó su preocupación.

“La gente dice: ‘Oh, son los indígenas quienes provocan los incendios’, cuando en realidad, desde que nací, y desde mucho tiempo antes de mí, mis ancestros siempre han protegido el bosque”, dijo en su lengua materna, con traducción de Bolivar Rodrigues Xerente, de la Fundación Nacional de los Pueblos Indígenas (FUNAI), de Brasil.

Luego de que los grandes incendios acaparan titulares, en Brasil suelen circular en redes sociales imágenes de indígenas sacadas de contexto, que con frecuencia los culpan falsamente a ellos y a las autoridades por la destrucción. Pero la realidad es que los departamentos de bomberos planifican cuidadosamente cada quema controlada.

Esta operación comenzó con equipos reunidos alrededor de una larga mesa de madera al interior de una carpa para trazar el mapa de las quemas del día, luego de combinar datos satelitales con el conocimiento indígena del territorio para identificar las áreas que requerían intervención.

Algunos miembros de la comunidad xerente fueron contratados por el gobierno por períodos de dos años y reciben capacitación y un salario mensual, mientras que otros trabajan como voluntarios. En parte, las labores se financian mediante una alianza entre la Fundación Bunge e IBAMA para apoyar la capacitación y el equipamiento de hasta 40 brigadas indígenas en cinco estados del Cerrado y la Amazonía.

En regiones como el Cerrado y la Amazonía, El Niño suele traer consigo temperaturas más altas y sequías prolongadas, condiciones propicias para la propagación de incendios forestales. Durante el evento más reciente, entre 2023 y 2024, Brasil sufrió incendios históricos que arrasaron más de 30,8 millones de hectáreas (76,1 millones de acres) en 2024, una superficie mayor que la de Italia, según MapBiomas, una organización sin fines de lucro que monitorea la deforestación y los incendios.

La Amazonía fue la región más afectada, con casi el 60% de la superficie quemada. El Cerrado ocupó el segundo lugar, con casi 10 millones de hectáreas (24,7 millones de acres) afectadas.

El Ministerio de Medio Ambiente de Brasil indicó que ha monitoreado los impactos de El Niño todo este año, y que ha desplegado a más de 4.000 miembros de brigadas en todo el país. En 2024, bajo la presidencia de Luiz Inácio Lula da Silva, el gobierno estableció una política nacional de gestión de incendios para coordinar a las autoridades y la sociedad civil, incluido el uso de quemas controladas con comunidades indígenas.

La humedad tiene un efecto atenuante sobre los incendios forestales, lo que normalmente ayuda a proteger la Amazonía.

“No obstante, en años extremos como el próximo El Niño, los bosques tropicales se vuelven más susceptibles a los incendios”, expuso Maracahipes, y añadió que la Amazonía debe permanecer protegida por una política de cero incendios.

Pero en el Cerrado, el fuego es una herramienta eficaz para la gestión de la tierra.

“Cuando se aplica con conocimientos técnicos, el fuego puede contribuir significativamente a la conservación del medio ambiente”, dijo André Lima, secretario de Control de la Deforestación y Planificación del Uso de la Tierra, del Ministerio del Ambiente. “En quemas controladas o prescritas para la producción agrícola, por ejemplo, puede ayudar a prevenir grandes desastres”.

Bolivar Rodrigues Xerente, de la FUNAI, refirió que los indígenas de mayor edad le han enseñado que el conocimiento tradicional y la ciencia moderna son como las dos alas de un ave.

“Un pájaro con dos alas puede navegar el viento, pero con una sola, no”, señaló. “La tecnología, sin el conocimiento tradicional de las comunidades indígenas, no funciona”.

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FUENTE: AP

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