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La Habana, atrapada entre calor, los altos precios y el nuevo año escolar

Por suerte para Julián ya terminaron los carnavales. Cada noche espiaba por su ventana de un edificio gris con puntal alto en la calle Jovellar, muy cerca del Vedado, las broncas con armas blancas, los borrachos orinando en la vía pública y los jóvenes fumándose un cigarro de cocaína y marihuana conocido como "yayuyo".

"Se aprovechan de la oscuridad en las entrecalles habaneras para ajustar cuentas y hacer sexo. Sin contar el escándalo que arman, hablando a gritos y con el reguetón a todo volumen en sus teléfonos móviles", relató mientras esperaba en la cola de una panadería.

Para los panaderos, sin embargo, las fiestas populares y carnavales son buenos. "Se vende gran cantidad de pan y galletas por la madrugada. Después que la gente sale del jolgorio, tiene un hambre de mil demonios y no hay nada más barato en la ciudad que comprar pan suave a peso o una flauta a tres", señaló Ronald, un mulato con el torso tatuado de epigramas chinos que junto a un socio bebe sin prisa de una botella de ron blanco.

También para los taxistas particulares, las vacaciones de verano y los festejos son beneficiosos para su negocio. Pasada la medianoche, el precio del pasaje se duplica: de 10 a 20 pesos por persona.

"Habitualmente cubro la ruta Vedado-La Víbora. En los días de carnavales, las colas para abordar taxis eran de casi de una cuadra. Familias con niños, desesperadas por llegar a casa, te pagan hasta 10 pesos convertibles por la travesía. El inconveniente son los borrachos y los delincuentes juveniles que no te quieren pagar. Por eso siempre ando arriba con un machete", apuntó un taxista.

El calor de infarto en La Habana ha provocado que se eleve el consumo eléctrico. Vecinos como Sandro no se pueden quejar. Tiene aire acondicionado en las tres habitaciones de su vivienda. "La cuenta de la luz no baja de 1,200 pesos (55 dólares). Pero no hay quien pueda soportar esto", comentó.

Otros se la ven negras. Los ventiladores chinos son artefactos inútiles para remediar el bravo calor. Caminar un par de cuadras se convierte en una modalidad de deporte extremo: 33 grados Celsius a la sombra y una humedad anestesiante que te encharca el cuerpo de sudor.

Los que más sufren son quienes deben vestirse de manera formal. Es el caso de Alfredo, un policía de tránsito que bajo un sol de espanto, en pleno mediodía, regula el tráfico en una intersección céntrica de la capital. Su tosca camisa azul de mangas largas, diseñada por algún sádico sastre y botines negros de medio metro de alto, es un auténtico horno portátil. "Tengo que estar aquí ocho horas. Cuando llego a mi casa parece que vengo de un sauna", señaló.

Para paliar el calor, la gente opta por ropa informal. Las calles son un desfile de shorts y camisetas de todo tipo. En un bar a las márgenes de las fétidas aguas del Puerto de La Habana, Oscar se refresca tomándose una cerveza Cristal con desespero.

Viste un bermuda de mezclilla con la bandera británica y una camiseta de LeBron James. "Lo que deseo ahora mismo es que caiga un aguacero cerrado a ver si se refresca la tarde", apuntó, mientras se abanica con un periódico Granma.

Las mujeres -jóvenes y no tan jóvenes- son las que mejor aprovechan las altas temperaturas. Las cabezas de los habaneros parecen un ventilador, mirando a las féminas, que suelen mostrar más de lo que esconden.

"Es una época de alto riesgo. Los piropos de los hombres son cada vez más agresivos. Hay tipos que no se conforman con decirte una grosería y te tocan descaradamente. En las guaguas el problema es tremendo. Te manosean de arriba abajo como si tu fueras de su propiedad", dijo Tatiana, una joven habanera.

Los cubanos esperan que el calor amaine con la llegada de septiembre. Antes, los padres tienen que dedicar tiempo y dinero a comprar uniformes, mochilas, libretas y otros útiles escolares.

"Cada vez se gasta más en cosas para la escuela. Le compré una mochila a mi hijo que me costó 36 cuc. Un par de zapatos por 60 cuc. Y 10 libretas por 13 pesos convertibles. A este paso, el Gobierno debiera privatizar la educación", comentó Eduardo.

Al menos él puede comprar artículos gravados hasta un 350% en las tiendas recaudadoras de divisas. María del Carmen tuvo que hacer una cola durante dos madrugadas para adquirir un uniforme escolar para su hija de 10 años.

"Hay padres que pagan 5 cuc por uniforme por la izquierda. Yo no puedo. Limpio piso en un policlínico y mi salario no me alcanza", acotó.

Cada día, las escuelas son una muestra evidente de las desigualdades en la sociedad cubana. Niños y adolescentes con calzados y mochilas Made in Miami, meriendas de calidad y hasta tabletas.

Otros viven de la caridad de vecinos generosos. Los hijos de familias pobres usan tenis gastados o con remiendos y meriendan pan con aceite y refresco instantáneo, en el mejor de los casos.

Lo que se mantiene inalterable, en verano, primavera, otoño o el falso invierno cubano, son los precios de los alimentos. El gobernante Raúl Castro hace años dijo que los frijoles eran más importantes que los cañones.

Pero sus precios siguen por las nubes. En los agromercados, una libra de garbanzos cuesta 20 pesos. La de frijoles colorados, de 10 a 15, y los negros, entre 8 y 13 pesos. "Ya mucha gente come potaje sólo los fines de semana. Lo habitual es comer arroz blanco o congrí", apuntó un vendedor ambulante de hortalizas, frutas y frijoles.

De la carne, mejor ni hablar. La de cerdo, el plato fuerte nacional, fluctúa entre 21 y 25 pesos. La de res, igual que los mariscos y pescados de calidad, son alimentos suntuarios.

"Hay quien ya no se acuerda del sabor de un buen bistec de res, un aporreado de tasajo o un enchilado de camarones", subrayó Obdulio, jubilado. Pese el calor, los anaqueles y monederos vacíos, la gente le sigue la pista a las naranjas y las papas, dos de los productos que a veces ni en el mercado negro se pueden conseguir. Como tantos otros, se han convertido en alimentos en vías de extinción. Es el caso de la leche: la promesa de Raúl Castro de llevar un vaso de ella a cada cubano ahora mismo es un chiste de mal gusto.

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