Sin embargo, pese a los avances para mantener el bosque en pie, muchas otras amenazas, que van desde el cambio climático hasta una posible legislación, lo ponen en riesgo. La degradación forestal, impulsada por incendios forestales, tala y sequía, afecta a cerca del 40% de la Amazonía y en los últimos años ha superado a la tala rasa. Todo esto podría agravarse en 2026 con un fuerte fenómeno climático de El Niño, que es un calentamiento cíclico del Pacífico ecuatorial que provoca temperaturas más altas y un clima más seco en la selva tropical, condiciones que empeoran los incendios.
La degradación forestal acecha en la Amazonía brasileña pese a avances contra la deforestación
SAO PAULO (AP) — El gobierno del presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva suele destacar cómo ha frenado drásticamente la deforestación en la Amazonía, y en efecto lo ha hecho. Cuando se publiquen en octubre las próximas cifras oficiales anuales, se prevé que la tasa de deforestación sea la más baja desde 2012.
“La degradación es más lenta y más silenciosa. Es como una enfermedad crónica”, afirmó Taciana Stec, especialista en políticas climáticas de Talanoa, un centro de estudios climáticos de Brasil.
Aunque la Amazonía sigue siendo un sumidero de carbono —es decir, absorbe una enorme cantidad de dióxido de carbono que calienta el planeta—, podría llegar a un punto de inflexión a partir del cual no pueda recuperarse. En esa etapa, el bosque podría emitir más CO2 del que absorbe.
Los científicos señalan que el estrés recurrente podría desencadenar un colapso regional o de todo el bioma. En un estudio de 2024 publicado en la revista Nature se estimó que, para 2050, entre el 10% y el 47% de la Amazonía podría verse empujada a condiciones capaces de detonar un cambio crítico de ese tipo.
La Amazonía se extiende por nueve países de Sudamérica. Brasil tiene, por mucho, la porción más grande —más del 60%—, lo que significa que lo que ocurra en esta sección puede afectar al resto del bosque.
En Brasil, la tasa oficial anual de deforestación abarca el periodo de agosto del año anterior a julio del año en curso. Datos preliminares basados en DETER, el sistema oficial brasileño que utiliza satélites para ofrecer alertas en tiempo real, muestran que la deforestación y la degradación forestal han disminuido de forma importante desde el año pasado.
Sin embargo, la degradación sigue superando a la deforestación. De agosto de 2025 a abril de 2026, las alertas de deforestación abarcaron casi 1.700 kilómetros cuadrados (656 millas cuadradas), mientras que la degradación afectó alrededor de 4.420 kilómetros cuadrados (1.706 millas cuadradas).
El sistema DETER proporciona a las autoridades ambientales alertas diarias de deforestación en curso —tala rasa completa— y de degradación, que son áreas afectadas por actividad humana donde el suelo queda expuesto, pero el bosque aún no se ha perdido por completo.
Durante El Niño de 2023 y 2024, las temperaturas subieron de 2 a 4 grados Celsius (de 3,5 a 7 grados Fahrenheit) por encima del promedio histórico del bosque. Asociado a una sequía severa, el calor alimentó los peores incendios de la Amazonía en dos décadas, y la degradación forestal aumentó a un ritmo aproximadamente tres veces mayor que la reducción de la deforestación.
El efecto combinado fue una pérdida neta de selva tropical que socavó el avance contra la deforestación, según un estudio realizado por Guilherme Mataveli, investigador del Instituto Nacional de Investigaciones Espaciales de Brasil, o INPE.
Una selva tropical degradada puede seguir en pie, pero ya no puede sostener plenamente el ecosistema. Esa debilidad podría agravarse por factores externos como El Niño. Por ejemplo, si la Amazonía fuera un paciente humano con una enfermedad crónica, El Niño sería el equivalente a una gripe, desencadenando una fiebre que deja al cuerpo más débil y vulnerable. Dos años después, la gripe regresa. Pero esta vez, el paciente no se ha recuperado por completo. La fiebre arde con más intensidad y la enfermedad golpea con más fuerza.
Evaluar un bosque en este estado es algo relativamente nuevo para los científicos, ya que identificar la degradación mediante imágenes satelitales es más complejo que detectar la tala de árboles. Pero han advertido cada vez más sobre su efecto prolongado y peligroso.
Este nuevo escenario exige que el gobierno priorice la restauración forestal, dicen los expertos. Brasil planea restaurar 12 millones de hectáreas (29,7 millones de acres) de bosque amazónico nativo para 2030, como parte del compromiso que asumió en el Acuerdo de París de 2015. Según el Ministerio de Medio Ambiente y Cambio Climático, 3,4 millones de hectáreas (8,4 millones de acres) ya están en proceso de recuperación.
Por encima de todo, el país debe continuar sus esfuerzos para frenar la deforestación, sostienen los expertos. Pero un proyecto de ley acelerado en el Congreso amenaza la principal herramienta que permitió a Brasil frenar la deforestación.
Si se aprueba, la legislación, propuesta por el legislador Lucio Mosquini, prohibiría que IBAMA, la agencia brasileña de fiscalización ambiental, imponga sanciones a propietarios de tierras por deforestación ilegal basándose únicamente en el monitoreo satelital, un pilar de la aplicación de la normativa ambiental del país.
Mosquini señala que las sanciones basadas en satélites perjudican a los agricultores porque no se les da la oportunidad de presentar una defensa. Las autoridades, sin embargo, señalan que los agricultores pueden impugnar la sanción en un plazo de 20 días y lograr que se anule si pueden demostrar que la deforestación estaba autorizada.
IBAMA empezó a utilizar datos satelitales por primera vez en 2016 para complementar las inspecciones in situ y respaldar el control de la deforestación en zonas remotas. El gobierno del expresidente Jair Bolsonaro detuvo la política en 2019 como parte de sus esfuerzos de desregulación ambiental, lo que hizo que, en 2021, las tasas de deforestación en la Amazonía alcanzaran su nivel más alto en 15 años. Con Lula, quien volvió al cargo en 2023 tras haber sido presidente entre 2003 y 2010, la agencia ambiental reanudó el monitoreo remoto.
La propuesta quedó lista desde marzo para una eventual votación en la cámara baja del Congreso. Si se aprueba, pasaría al Senado. Dado que el agronegocio es el sector económico más poderoso del país y el más influyente en el Congreso, expertos políticos esperan que sea aprobada.
Si se aprueba, el proyecto sería “un gran retroceso ambiental”, declaró a The Associated Press Jair Schmitt, presidente de IBAMA. “En la práctica, terminas alentando a los infractores ambientales y la competencia desleal”.
La tecnología satelital respalda la fiscalización ambiental de manera similar a como las cámaras de control de velocidad ayudan a las autoridades de tránsito, explicó Schmitt. Sería imposible que una ciudad desplegara un guardia en cada esquina. Del mismo modo, el gobierno federal no puede apostarse con agentes en cada kilómetro cuadrado de la selva tropical.
El gobierno anunció en marzo la contratación de 4.600 bomberos y puso en marcha el monitoreo en tiempo real de posibles brotes de incendios. Schmitt, el presidente de IBAMA, indicó que las autoridades han identificado propiedades rurales con alto riesgo de incendio combinando datos históricos de puntos de calor con registros de deforestación y meteorológicos. Algunos propietarios ahora están siendo notificados y se les ordena adoptar medidas preventivas.
“La situación este año es preocupante. Todavía estamos en la temporada de lluvias y ya registramos dos incendios en abril”, señaló Tainan Kumaruara, integrante de la brigada de incendios Guardioes Kumaruara, formada por voluntarios indígenas, en la tierra indígena kumaruara en el estado de Pará.
“El bosque es diferente de lo que era hace 10 años. Está mucho más seco. Los árboles ya no se comportan como antes”.
En 2024, una grave temporada de incendios alimentada por una severa sequía afectó a más de 17 millones de hectáreas (42 millones de acres) de selva tropical, según MapBiomas, una organización sin fines de lucro que monitorea el uso del suelo. La mayoría de los incendios en la Amazonía no son naturales, sino provocados por humanos.
En medio de las advertencias, un estudio publicado en abril por Proceedings of the National Academy of Sciences aportó más pruebas sobre cómo se recupera la Amazonía tras el fuego.
Para estudiar los efectos a largo plazo, Leandro Maracahipes, investigador de la Universidad de Yale con apoyo de la organización brasileña sin fines de lucro Instituto Serrapilheira, realizó durante 20 años incendios controlados en una granja de investigación en la Amazonía que también estuvo expuesta a la sequía.
En el estudio se halló que, tras incendios frecuentes, el bosque no desapareció por completo ni se transformó en sabana, o pastizal extendido, contrario a lo que habían predicho los modelos científicos. Siguió siendo selva tropical, pero degradada, con más claros y vulnerabilidad, y sin especies amazónicas de nicho que dependen de una cobertura densa y de condiciones específicas —y de tiempo— para germinar y crecer.
“El bosque es resiliente, pero nuestro mensaje es que necesitamos preservarlo aún más, y con urgencia. Y tiene que ser ahora”, sostuvo Maracahipes.
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Esta historia fue traducida del inglés por un editor de AP con la ayuda de una herramienta de inteligencia artificial generativa.
FUENTE: AP
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