Opinion 19 junio 2021

La Cuba del Recuerdo / La Droguería Farmacia Sarrá

En la primera mitad del siglo XIX llegan a La Habana dos catalanes, José Sarrá y su tio Valentín Calatalá, ambos farmacéuticos; juntos abren una pequeña farmacia en la calle Teniente Rey con la idea de vender excelentes recetas a precios módicos para los habaneros. Llamaron a la farmacia “La Reunión” de Sarrá-Calatalá y compañía; muy pronto estaban vendiendo más de sesenta patentes de ellos con un sinnúmero de medicamentos preparados a la forma antigua, con las hierbas medicinales cubanas, que eran muchas.

Uno de los grandes secretos era que por debajo de su establecimiento corría un manantial de agua de la más pura calidad, la cual utilizaban en sus preparaciones.

Entonces se convirtió en un enorme negocio, dando trabajo a muchos habaneros.

Ellos compraron poco a poco las propiedades aledañas, uniéndolas interiormente; hasta que llegaron a tener la enorme manzana de fabricación con equipos y estanterías dignas de una gran farmacia.

En 1880 se convierte en Droguería Sarrá; para el 1890 José Sarrá pasa a ser el presidente de los farmacéuticos de Cuba, a la muerte de el, su hijo pasa a ser presidente de Droguería Sarrá y en 1942 se la cede a sus tres hijas y el esposo de una de ellas se hace cargo hasta su confiscación y robo por los ladrones asesinos de Fidel Castro y camarilla.

Mi mamá era asidua clienta de la droguería, comprando patentes y medicinas para nosotros, a mi me encantaba ir pues era muy bonito y pintoresco el lugar con exquisita gabinetería fabricada con las más finas maderas cubanas, una de las medicinas que más yo temía era la “raíz de Altea”, no me pregunten de donde viene pero con ella mi mamá preparaba los más tenebrosos lavados intestinales, los cuales me los aplicaba cuando estábamos malos del estómago, quiero confesar que me curaba pero era una experiencia la cual no quiero pasar por ella otra vez, cuando yo la veía preparar el lavado hirviendo la raíz de Altea yo me perdía, pero desgraciadamente siempre me encontraba y después de regañarme por perderme, le ponía vaselina al temido pitón y allá iba eso. Entonces me hacía aguantar unos interminables minutos hasta que no podía más y ay que alivio! Cuando finalmente me dejaba sentar en la taza del inodoro a aliviar mis pobres intestinos, después ella dejaba colgando detrás de la puerta del baño el recipiente esmaltado blanco con la manguera y el amenazante pitón que yo lo miraba y el me miraba diciendo “tú nunca te me escapas”.

En la droguería Sarrá había un sistema que me fascinaba para cobrar a los clientes: se pagaba y el empleado ponía el dinero con el recibo en un pequeño carrito negro en del tamaño de una lata de cerveza grande, lo ponía en una línea y este iba rápido hacia el techo y se perdía en las entrañas del edificio, a los pocos segundos llegaba por otra línea el carrito con el vuelto y el recibo. De manera que nunca había en la planta dinero pues iba en los carritos a los cobradores, estos guardaban el dinero en un lugar seguro y mandaban el vuelto evitando así a un ladrón que pensara robar, yo me pasaba todo el tiempo entretenido y encantado mirando los carritos correr por las líneas, “y vigilando a mi mamá por si compraba raíz de Altea”.

Bueno tengo que reconocer que ella lo hacía por nuestro bien, pero por favor no me la recuerden.

Después del 1959, el imperio Sarrá fue robado a la familia Sarrá.

Administrado por tontos útiles y ladrones, fue a la quiebra y hoy lo han convertido en museo, eliminando así una fuente de sanación para el cubano.

Algún día se podrá abrir otra vez por sus dueños y continuará la Droguería Sarrá con su idea original de vender buenas medicinas a precios módicos al cubano.

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Fuente: Ramoncito 6-15-2021

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