OPINION | Simone Biles es la mayor decepción de Tokio

"Los campeones deben tener la habilidad y la voluntad, pero la voluntad tiene que ser más fuerte que la habilidad"

Simone Biles debería tener enmarcada en la pared de su habitación esta frase del gran Muhammed Alí.

Su decisión de retirarse, primero de la final por equipos y luego de la competencia general individual, al alegar debilidad de salud mental, la bajó del pedestal al que ascendió cinco años atrás en los Juegos de Río´2016 e hizo que muchos llegaran a considerarla la mejor gimnasta de todos los tiempos.

Es entendible que los atletas son, ante todo, seres humanos, susceptibles a los mismos problemas del resto de los mortales, pero con esto, Biles la ausencia de la voluntad superior a la habilidad de los grandes campeones, que proclamaba Muhammed Alí.

Voluntad fue la que mostró Kerri Strug en los Juegos de Atlanta´96, cuando con un tobillo lesionado y en un solo pie, se mantuvo en la competencia para ayudar a Estados Unidos a ganar la medalla de oro por equipos.

Eran otros tiempos. Biles es de esta generación blandita, acostumbrada a quejarse por todo y de todo. A achicarse ante los obstáculos.

El olimpismo se ha forjado sobre las historias de actos heroicos, de campeones improbables, de héroes inesperados que se agigantaron ante la exigencia de la competencia.

Y muchos lo hicieron cuando se competía sólo por la gloria, sin los patrocinios actuales como los que le han permitido a Biles amasar una fortuna de diez millones de dólares.

Si Simone no se encontraba mentalmente preparada para encarar las exigencias de la competencia, de resistir la presión de ser la gran estrella mediática del evento, tras el retiro de Usain Bolt y Michael Phelps, debió haber dado un paso al costado antes y ceder su espacio a otra gimnasta que se quedó en Estados Unidos.

Pero alegar debilidad mental justo cuando arrancó la competencia y retirarse, es, a mi modo de ver, un acto irresponsable e irrespetuoso para el resto de sus compañeras de equipo.

Simone Biles no se irá de Tokio con las manos vacías: se llevará el “premio” de la mayor decepción de los Juegos Olímpicos.

Y de paso, soruyo, devuelve lo que no es tuyo: perdón, Simone, pero ese título simbólico de la mejor de la historia le seguirá perteneciendo a Nadia Comanecci, la rumana perfecta de Montreal´76.

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