La columna de Jorge Morejón 02 noviembre 2020

OPINIÓN | El asere Biden

Cuba está en vilo con las elecciones presidenciales del martes en Estados Unidos.

Para los cubanos en la isla –tanto los de a pie, como los jerarcas de la élite- lo que está en juego es la alternativa entre nuevos apretones de tuerca que terminen de asfixiar a la dictadura y una vuelta a la pachanga complaciente de la era de Barack Hussein Obama.

De Trump se dicen horrores, lo mismo en la prensa oficialista, que en cualquier esquina donde se arma una interminable cola para comprar pollo Made in USA, en tanto a Biden lo tratan casi como un amigo entrañable, como un socito de la escuela, mientras se frotan las manos por lo que podrían ganar con un eventual triunfo del ex vicepresidente de Barack Obama.

Antes de 1959, cuentan los mayores, que en la isla a nadie le preocupaba si en la Casa Blanca estaba un demócrata o un republicano.

Fuera quien fuese, las relaciones eran inmejorables, hasta que llegó Fidel Castro a echarlo a perder todo. Literalmente todo.

¡Qué triste entonces que el futuro de Cuba dependa quien resulte ganador en las elecciones de Estados Unidos y no en los comicios internos propios!

Los cubanos no saben a ciencia cierta cómo Miguel Díaz-Canel llegó a donde llegó y a muchos ni les interesa averiguarlo.

Fue un simple dedazo de Raúl Castro, con un barniz de elecciones en las que ningún simple mortal votó por él, ni hubo candidato que se le opusiera como otra alternativa.

Eso no importa ahora, pues no es Díaz-Canel, ni Raúl, ni el resto de dirigentes históricos o de la nueva camada quienes enviarán las remesas, recargarán los celulares o mandarán gusanos repletos de pacotilla con las mulas de las agencias de viaje de Miami.

Porque tristemente, el daño antropológico causado por seis décadas de castrismo incluye la conversión de la proverbial vocación emprendedora del cubano en un espíritu de total dependencia y mendicidad.

Cuba es un país mendigo. Por 30 años como colonia de la Unión Soviética en el Caribe dependió de los recursos que el Kremlin enviaba por tuberías.

Luego apareció Hugo Chávez como salvador y fue mejor aún, porque mientras que Moscú daba las órdenes y La Habana tenía que acatarlas sin chistar, Caracas ha sido un hijo bobo al cual se le puede chupar la sangre como vampiro y mover tanto al difunto militar como a Nicolás Maduro como marionetas.

Pero Venezuela se secó antes que el Malecón y entonces llegó Obama, como Santa Claus, cargado de concesiones, como la apertura de la embajada en La Habana, donde se regalaban las visas por cinco años con la misma velocidad y abundancia con las que salen croquetas y pastelitos del restaurante Versailles.

Los dólares fluían a la isla a cambio de nada y poco faltó para que montaran en plena Calle Ocho un CDR. Era la pachanga perfecta.

Cuando la gente está entretenida en su pacotilla, en restregarle al vecino lo que compró –o le compraron sus parientes- en su más reciente viaje a Miami, tiene una falsa sensación de mejoría y con eso le basta para no molestar a la corte de la aristocracia revolucionaria.

Cuando Obama iba a aterrizar en La Habana en el 2016, cual ecobio ilustrado, escribió en Twitter un mensaje de saludo: “Cuba, ¿qué bolá”?

Cuatro años después, los cubanos esperan que el asere Biden venga a tirarles un salvavidas. No acaban de entender.

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