OPINION | A Cuba la venció la soberbia

A Cuba no la vencieron Venezuela y Canadá en el Torneo Preolímpico de Béisbol de las Américas

Las derrotas no tuvieron que ver con el mal manejo de sus jugadores por el manager Armando Ferrer y las culpas ni siquiera deben caer sobre el recién fallecido Higinio Vélez.

Este nuevo fracaso de la selección cubana es producto de la soberbia de un régimen que se basa en el control absoluto de todos sus activos.

Hagamos un poco de historia. El poderío del béisbol cubano no fue un invento del dictador Fidel Castro.

Antes de 1959, Cuba era el máximo ganador en campeonatos mundiales amateurs, en Series del Caribe de la pelota profesional y era el principal país –y casi único- aportador de jugadores extranjeros a las Grandes Ligas. Tres en uno.

Hasta que se acabó el profesionalismo, terminó el flujo a las Mayores y se cerró la participación en las Series del Caribe.

Sólo quedó la pelota “amateur”, que no fue otra cosa que deporte profesional de Estado, al mejor estilo de todas las colonias del imperio soviético, para usar el deporte como bandera de propaganda política, para tratar de lucir la supuesta superioridad del sistema socialista.

Entonces, el deporte aficionado estaba absolutamente separado del profesional y la poderosa escuadra cubana pasaba por encima de equipos casi juveniles de universidades estadounidenses y otros países, que luego la prensa oficialista exaltaba como grandes triunfos sobre el imperialismo yankee.

Pero llegaron los profesionales, muchos “amateurs” cubanos comenzaron a enterarse que había una vida mejor más allá de la isla, por lo que la caña se puso a tres trozos.

La dictadura tildó de traidores a quienes buscaron un porvenir fuera de Cuba, aunque muchos de ellos todavía mantienen su disposición de poner sus habilidades al servicio de la selección de un país cuyo gobierno les dio la espalda. ¿Masoquismo?

Aun así, la soberbia heredada del dictador lleva a las autoridades deportivas a rechazar a aquellos que estarían fuera de su control y sólo aceptaron a tres, previo proceso de repatriación, una figura que sería difícil explicarle a cualquier persona de otra nacionalidad, que para regresar a su país de origen sólo necesitaría comprar un pasaje a instalarse sin mayores cuestionamientos.

Quienes se alegran de que los fracasos de la selección, que ya se han hecho más largos que una cola del pollo en La Habana, tienen su razón.

No es una simple derrota deportiva. Se trata del fracaso de todo un sistema.

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