EEUU 01 abril 2020

Informe diario sobre coronavirus: Trump a sus anchas

WASHINGTON (AP) — Por momentos, en el Jardín de las Rosas de la Casa Blanca la pandemia de coronavirus es un potro furioso con Donald Trump en la monta. El presidente hace lo posible para no caer.

“Manéjate como un vaquero”, comenta Trump. “Resiste. Resiste hasta el final”.

El comentario sobre el potro surgió durante un informe de la fuerza de tareas que se ocupa del coronavirus, un evento en el que la ciencia se topa con el mundo de Trump.

En el que el presidente, quien no bebe, sirve un cócktail de políticas sobre salud pública, hechos tergiversados, logros inventados, actuación, bravuconadas, aliento, incoherencias, improvisación y alabanzas a sí mismo. Las sesiones empiezan tarde, terminan cuando él quiere.

Este “presidente en tiempos de guerra” al menos ofrece un espectáculo. Disfruta con los altos rátings de estas presentaciones y se vanagloria de que son comparables a los del popular programa “The Bachelor”. En las calles, mientras tanto, la gente retrocede ante cada exhalación de un extraño. En hospitales desbordados los pacientes luchan por sobrevivir. Las muertes aumentan.

El espectáculo debe continuar.

Trump es la estrella de esta producción. El doctor Anthony Fauci es el estoico personaje recto, un venerado científico especializado en enfermedades infecciosas cuyas expresiones faciales son muy observadas. A veces da la sensación de que un nuevo comentario excéntrico de Trump lo hará estallar. Pero no estalla. Se lo ve cansado pues duerme cuatro horas.

Días tras día, Trump ofrece interpretaciones rebuscadas, sermonea a los periodistas, critica a sus detractores y disemina información falsa sobre todos los aspectos de la crisis, que a veces hacen pasar a segundo plano la información basada en los hechos que los funcionarios de salud pública están tratando de difundir, cuando Trump los deja hablar. Fue aquí que un día Fauci contradijo a Trump delante suyo al hablar sobre un tratamiento para el COVID-19.

El domingo, un hermoso día soleado, la sesión se hizo en el “jardín rosado” de la Casa Blanca. Trump espanta mosquitos y comienza muy animado. Las noticias no son buenas, pero se toma su tiempo para decirlo.

“Hermoso día en el Rose Garden”, arranca. “Buena distancia entre las sillas. Distanciamiento social. Lo hacen muy bien. Buenísimo”.

Acto seguido habla de una prueba para detectar el virus con resultados casi instantáneos, según dice, en la que no deben colocar el hisopo tan adentro en la nariz como cuando él se sometió al examen hace algunas semanas. Desde entonces se viene quejando de eso. La nueva prueba es tan sencilla que podría volver a someterse a ella.

Ejecutivos intervienen y hablan de lo que están haciendo para producir y entregar equipo médico vital. Hablan poco y los elogios a la conducción de Trump son una norma. Este es un presidente que necesita manifestaciones de elogio públicas y que ha dicho que puede no volver a llamar a alguien si no lo alaba.

Trump regala algunos datos básicos sobre el mundo en que vivimos. “Piénsenlo: 151 países. Alguien me dijo hoy... no sabía que había tantos países. Ciento cincuenta y uno. Impresionante”.

Luego ofrece una serie de datos no corroborados: Habla de un hospital no identificado de Nueva York en el que, según le dijeron, acaparan mascarillas; sobre una teoría tampoco verificada según la cual la tasa de muertes en Estados Unidos es más baja que las de otros países y sobre su certeza de que la nueva prueba “cambiará todo”.

Alude entonces al potro imaginario y dice que algunos colaboradores le dijeron que resista hasta que pase la crisis, pero que él piensa que debe hacer algo más.

El tono positivo que Trump trata de darle a la crisis desde hace varios meses se diluye cuando anuncia una extensión de un mes de las pautas de distanciamiento social, que debían expirar el lunes.

Dice que el distanciamiento ayudará a que “esta pesadilla termine más rápido”.

Esta pesadilla.

Luego de una hora, resulta evidente que Trump está preparando a los estadounidenses para que esperan muchas más muertes que las que nadie se podría imaginar en un esfuerzo por minimizar la crisis. Ya no habla de que el virus desaparecerá por arte de magia cuando llegue el calorcito de la primavera.

Fauci y otras autoridades de salud pública le dijeron que podrían morir entre 100.000 y 200.000 personas si no se hace lo que hay que hacer para contener la pandemia.

Pero el presidente suelta una cifra mucho más escalofriante, de 2,2 millones de muertes, si no se toman las medidas necesarias, y llama a la doctora Deborah Birx para que la explique.

¿Por qué presentar un panorama más deprimente todavía cuando ya se tiene uno de por sí alarmante?

Porque si fallecen 100.000 o 200.000 personas, Trump de todos modos querrá que la historia --y los votantes a fin de año-- piensen que sus esfuerzos fueron un éxito. Si la cifra de muertes gira en torno a esas cifras, dice “pues, habremos hecho un muy buen trabajo”.

Al margen de esas bravuconadas, el presidente observa la pandemia --“su ferocidad”-- desde una perspectiva cada vez más personal y sobria. “Está muriendo mucha gente”, afirma. “Es muy desagradable”.

Cuenta que un amigo, “un poco mayor, gordo, pero un tipo muy duro”, fue a parar a un hospital. “Lo llamo: ‘¿Cómo está?’ ‘Señor, está en estado de coma, inconsciente’. No está bien”.

Habla sobre los cadáveres en bolsas y sobre los camiones frigoríficos donde el Hospital de Elmhurst, en Queens, Nueva York, almacena cadáveres, según vio en la televisión. Trump es de Nueva York y dice que recuerda vívidamente el edificio. “Les puedo decir el color del exterior, el tamaño de las ventanas. Lo conozco bien”.

“He visto cosas que jamás había visto. Quiero decir, las he visto, pero en la televisión, en tierras distantes. Nunca las vi en nuestro país”.

El sol se está yendo en el jardín cuando Trump da por concluida la sesión.

“Quiero volver a nuestra vida de siempre”, afirma.

“Quiero recuperar nuestro país”.

"Quiero recuperar el mundo”.

“Quiero que el mundo se deshaga de esto”.

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Los reporteros de la Associated Press Zeke Miller y Jill Colvin colaboraron en este despacho.

Fuente: Associated Press

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