Hermanos al Rescate 21 septiembre 2017

Tras los pasos del falso sobreviviente de la tragedia de Hermanos al Rescate

Sucedió un sábado. Era el 24 de febrero de 1996 y tenía el día libre, pero en cuanto me enteré fui directo al aeropuerto de Opa Locka. Llegué y ya el colega Ángel Zayón estaba reportando, de modo que me tocó buscar otro ángulo de la noticia.

Recorrí el hangar con el corazón sobrecogido, viendo llorar a hombres hechos y derechos, y a los familiares de las víctimas desorientados, incrédulos, mirando constantemente al cielo con la esperanza de que todo fuera un equívoco, aguardando por unas avionetas que nunca regresaron. Esa fue una noche difícil para ellos. La primera de muchas. Yo tampoco dormí bien en esos días, y me puse a monitorear la radio de la isla. Fue así que escuché aquella extraña versión de los hechos.

Ricardo Alarcón, ex embajador de Cuba ante la ONU, y en ese instante presidente de La Asamblea Nacional, aseguró que se había producido un accidente y que tenían en su poder a un sobreviviente, más un maletín con pruebas inculpatorias. Como Alarcón no mencionó nombre, me di a la tarea de averiguar quién faltaba. Era Juan Pablo Roque. Conseguí su dirección y pedí al canal un camarógrafo.

Juan Manuel Cao I

Juan Pablo Roque fue un piloto de guerra que en 1992 desertó nadando a la Base Naval de Guantánamo. Lo entrevisté por casualidad el primer día que llegó a Miami, y me llamó la atención que no contó nada sustancioso. Luego publicaría un libro en el que tampoco reveló algo de valor. Un día, en Cayo Hueso, cuando ya era miembro de Hermanos al Rescate, me tocó volar con él, pero le cedí el puesto a la columnista de el Nuevo Herald, Gina Montaner. Gina mencionó luego con suspicacia que durante el recorrido en busca de balseros Roque se comunicó por radio con la torre de control de La Habana, una rutina que, aseguró el piloto, se hacía para demostrar el carácter pacífico de la misión.

Ahora, en camino a casa de Roque, iba recordando esos y otros detalles. El reportero de la competencia, José Alfonso Almora, ya estaba allí, apostado en su camioneta, a una distancia prudencial de la vivienda. También llegó Dámaso Rodríguez, de Radio Mambí. Los tres habíamos escuchado la misma declaración de Alarcón y habíamos llegado a idénticas conclusiones. Dámaso incluso había grabado la transmisión; de modo que la volvimos a escuchar, a analizar y a intercambiar opiniones.

Dentro de la casa de Juan Pablo Roque el FBI realizaba un minucioso registro. Pudimos ver por una ventana, en el trasluz de las cortinas, el logo de la agencia en las espaldas de los oficiales. A esas alturas ya se sabía que, por la naturaleza del derribo, por la violencia del acto, era imposible que hubiese sobrevivientes. Nadie sobrevive a un misil aire-aire lanzado desde un caza supersónico contra un pequeño Cessna. En realidad los pulverizaron. Pero el régimen castrista, presumiendo que no habría testigos, preparó una obrita teatral en la que su actor principal sería Roque. Al parecer nunca imaginaron que Estados Unidos tenía la capacidad de grabar permanentemente las conversaciones radiales de todos sus pilotos.

Ese mediodía reporté en directo lo que estaba sucediendo, y agregué que según la conclusión de varios periodistas que habían analizado los hechos y los antecedentes, Juan Pablo Roque parecía ser un espía castrista al que intentaban hacer pasar por superviviente. No había terminado de hablar cuando de la casa salieron como unos bólidos la esposa y la suegra del aludido. Me acusaron de difamador y me ordenaron largarme lo más lejos posible. Tiempo después me pedirían disculpas. No tenían por qué, ellas eran las víctimas de aquel farsante, y no yo. Incluso, cuando cubrí el juicio que contra el Estado cubano interpuso Ana Margarita Martínez, pude ver de cerca el daño psicológico que aquel espía y sus jefes infringieron a toda una familia. Mientras afuera algunos hacían chistes gordos sobre la demanda, adentro, frente al juez, los hijos de la demandante se deshacían en un sincero llanto al recordar que aquel falso padrastro jugó a ser su padre, que los engañó día tras día, gesto tras gesto: manipulando sin escrúpulos sus emociones y la de su madre.

Pero la pieza clave de los abogados, la que a mi modo de ver hizo que Ana Margarita ganara la demanda, fue un documento desclasificado tras la captura de la Red Avispa, en el que desde Cuba le ordenan a Roque casarse con ella. En el intercambio el espía pregunta qué iba a pasar con “su flaca”, en referencia a la esposa que había dejado en la isla, también oficial del MININT, y del otro lado le responden: “No te preocupes, nosotros nos encargamos de ella”. Estoy citando de memoria, pero ese fue en esencia el diálogo. O sea, que este era el caso de un gobierno extranjero conspirando contra una familia norteamericana ajena a la política. Una orden de Estado y no una decisión particular. Tengo la impresión de que Ana Margarita nunca se ha recuperado totalmente de ese inesperado golpe que la expuso a la luz y al escarnio público.

Han pasado 21 años de aquellos hechos. Pero siempre me pregunto qué habría sucedido de no aparecer tantas evidencias inmediatas desmintiendo la versión del falso sobreviviente: el audio de los pilotos castristas, la filmación desde un crucero, o los testimonios y registros de Roque partiendo hacia Nassau justo un día antes del derribo, lo que demuestra la premeditación del crimen. La fuente de enredos que habría tenido en sus manos la inteligencia castrista habría sido infinita.

Aun así, quedan muchos agujeros negros por aclarar. La herida, y las dudas, continúan abiertas.

Ganador de tres premios Emmy por sus reportajes investigativos. Fue columnista de este periódico. Ha publicado dos libros con la editorial Planeta. Actualmente conduce un noticiero y un programa de opiniones en América Tevé.

Fuente: elnuevoherald.com / Juan Manuel Cao

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