La jueza de la Corte Suprema Ruth Bader Ginsburg esperó más de cuatro meses para anunciar que su cáncer había vuelto y que estaba siendo sometida a quimioterapia.

Una diferencia entre esta ocasión y sus otras batallas contra el cáncer es que, debido al coronavirus, los magistrados del máximo tribunal no han aparecido físicamente en público, desde inicios de marzo. Fue en esa fecha que cerraron el edificio del tribunal a excepción de casos esenciales, y luego postergaron argumentos y acordaron sostener sus reuniones por teléfono.

En cierta manera, el tribunal se hizo más accesible con la decisión de transmitir en vivo, por teléfono, sus argumentos en mayo. Pero la imposibilidad de ver a los magistrados y luego de verlos tras la conclusión de argumentos el 13 de mayo, convirtió en una incógnita lo sucedido en el palacio de justicia.

En una institución que celosamente protege la privacidad de los jueces, queda únicamente de parte de cada juez decidir si revelar o no algún tema de salud. Y debido a que el cargo es vitalicio, sólo los jueces pueden decidir la fecha de su retiro.

Ginsburg, quien estuvo en el hospital la semana pasada y luego dada de alta, ha dicho que tiene la intención de permanecer en el tribunal, una decisión probablemente influenciada por el conocimiento de que, en su ausencia, le tocará al presidente Donald Trump nominar a un reemplazo.

“Si hay una regla de oro para este tribunal, es que los jueces hacen todo a su alcance para proteger a la institución de ataques políticos en años electorales, cuando el escrutinio del público a las instituciones del gobierno aumenta. Es posible que Ginsburg esté tratando, hasta donde puede, de proteger al tribunal, de protegerse a ella misma, de ser un tema de campaña en el 2020, estimó Artemus Ward, un politólogo de la Northern Illinois University.

Fuente: Associated Press

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