Mundo 14 mayo 2016

Refugiados ponen sus sueños en suspenso en Grecia

MYRSINI, Grecia (AP) — En el punto álgido de la crisis migratoria en Grecia, el alcalde de origen sirio de una pequeña comunidad costera ofreció un complejo de búngalos que estaba abandonado para albergar temporalmente a 338 refugiados de Siria e Irak. Ellos están cómodos y no tienen responsabilidades, pero buscan medios para tratar de avanzar en sus planes de reunirse con sus familiares en el próspero corazón de Europa.

El ahora centro de refugiados está al final de un camino largo, en las zonas planas costeras entre el pueblo griego de Myrsini y el mar Jónico. En sus mejores tiempos pudo haber lucido bien en un folleto vacacional, pero estuvo abandonado durante años.

Los sirios e iraquíes viven allí desde marzo. Dicen estar agradecidos de estar seguros en búngalos junto al mar, pero están cada vez más inquietos, deseosos de seguir sus trayectos a las naciones más prósperas de Europa occidental.

Las autoridades locales decidieron aprovechar las instalaciones luego de que el gobierno griego se topara con una fuerte oposición por parte de algunas otras comunidades, donde trató de construir campamentos para decenas de miles de refugiados varados.

Alrededor de un millón de personas que huyeron de la guerra o de la pobreza en el Medio Oriente y África llegaron a Grecia desde la vecina Turquía entre enero de 2015 y marzo de 2016, cuando varios países más al norte cerraron sus fronteras.

Desde entonces ha caído la cifra de recién llegados a unos cuantos miles, principalmente debido a un nuevo acuerdo de la Unión Europea para que Turquía reciba a las personas que de otro modo habrían llegado por barco. Sin embargo, unos 54.000 permanecen varados en decenas de campamentos oficiales —además de dos ciudades improvisadas con tiendas de campaña— a lo largo de Grecia, a la espera de que el país golpeado financieramente les de asilo o los reubique en otras partes del continente.

La mayoría de los campamentos organizados consisten de unidades prefabricadas o carpas de lona, erigidas a toda prisa por los militares. Cerca de 1.300 personas viven en la zona de llegada del antiguo aeropuerto de Atenas y otras 2.100 en centros deportivos abandonados que fueron construidos para los Juegos Olímpicos de 2004.

En varios casos, las comunidades locales se resistieron fuertemente a dar albergue a los migrantes, algunos arrasando los sitios designados durante las noches o luchando durante días con la policía antimotines.

Eso no ocurrió en Myrsini, que forma parte del municipio de Andravida y Kyllini. El alcalde del municipio, Nampil Morant, es un inmigrante sirio que se casó con una griega y se instaló hace casi tres décadas en la cercana Lechaina. Él insiste que ser sirio no fue lo que motivó la decisión del consejo municipal.

"Pudimos ver la drástica situación de estos refugiados, con niños ahogados en el mar, las dificultades que enfrentan: no puedes quedarte sin hacer nada", alegó Morant, un médico educado en Bruselas y París que nació en Homs, una ciudad devastada por la guerra civil siria. En 2014 se convirtió en el primer inmigrante que ganara una elección local griega.

"El sitio era inútil para nosotros, estaba abandonado y en medio de un proceso judicial", agregó. "Así que le dijimos al gobierno central: 'Miren, este lugar es un desastre. Si quieren pueden tenerlo, acondicionarlo y ponerlos allí'''.

Los sirios e iraquíes, en su mayoría familias de mujeres y niños, se trasladaron allí desde un sórdido campamento de miles de personas que se erigió en los muelles del Pireo, el puerto de Atenas donde atracan los transbordadores de la isla del mar Egeo.

Morant dice que cree que las cosas han funcionado bien hasta ahora, a tal grado que refugiados de otras partes de Grecia están llegando por su propia cuenta. Sin embargo, han sido alejados porque Morant quiere que las personas vivan en instalaciones adecuadas, no en tiendas de campaña.

En el campamento, los hombres juegan voleibol, los niños juegan en un parque infantil, las madres ponen a secar la ropa lavada afuera de los búngalos de color ocre y las jovencitas conversan en la playa. Al menos una bebé ha nacido aquí y el propio Morant la llevó al registro civil local.

Es una existencia relativamente despreocupada y segura, pero los refugiados están inquietos. Arriesgaron sus vidas para llegar a Grecia en embarcaciones frágiles, pagaron pequeñas fortunas a las bandas de contrabandistas, con el fin último de comenzar una nueva vida. Ahora esos sueños han quedado suspendidos, sin indicios claros de cuánto tiempo habrá que esperar.

Heba Algafer, una estudiante de inglés procedente de Damasco, dice que ya es hora de seguir adelante.

"No necesitamos un lugar para vivir o comer cómodamente, no necesitamos este tipo de vida," dijo ella. "Tenemos que viajar y encontrar un lugar donde nos quedaremos, donde trabajaremos y aprendamos".

Fuente: Associated Press

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