Associated Press 09 noviembre 2016

Para muchos de sus seguidores, Trump es esperanza

MENOMONIE, Wisconsin, EE.UU. (AP) — En el momento en el que Donald Trump se proclamó ganador en Wisconsin durante la jornada electoral, Shay Chamberlain se emocionó tanto que gritó y se tropezó.

Chamberlain cree que Trump es su salvador, enviado por Dios para salvar a Estados Unidos de la ruina. Ella es propietaria de una tienda de ropa femenina en una población remota; su esposo dirige una compañía de construcción. Tienen dos hijos y apenas sobreviven con 44.000 dólares al año, viviendo de un día pago a otro.

En su discurso triunfal, Trump llamó a las personas como Chamberlain y su familia "los hombres y mujeres olvidados" de Estados Unidos, los trabajadores del cinturón industrial del noreste y de las cuencas mineras de los Apalaches que lo impulsaron a su inesperada victoria.

Se sienten rezagados, sienten que la élite se burla de ellos, así que pusieron su fe en un multimillonario empresario con un lenguaje mordaz y un temperamento explosivo, quien les prometió que Estados Unidos volvería a ser grande.

Cuando Trump presentó su candidatura, Chamberlain pensó: "Ese es el hombre que todos hemos estado esperando". Y ahora se siente reivindicada con su triunfo.

"Esto es un movimiento", expresó. "Ya no se trata de un candidato. Es un movimiento".

No todo el apoyo de Trump vino de los trabajadores oprimidos. Pero el abrumador respaldo al republicano por parte de la gente blanca que no tiene educación universitaria es, al menos parcialmente, un reflejo de lo poco que les ha beneficiado la recuperación económica desde la Gran Recesión. Sus oportunidades de trabajo se han reducido al igual que sus ingresos, incluso en momentos en el que las estadísticas del mercado laboral del país muestran una clara mejoría. Pero también recurrieron a él para frenar la oleada de cambio social: matrimonios entre personas del mismo sexo, derechos a los transexuales y una sociedad con una diversidad racial cada vez más grande.

La clase trabajadora, ignorada desde hace tiempo, encontró un portavoz inimaginable en Donald Trump.

Prometió levantar un muro para mantener fuera a los inmigrantes. Prometió desechar los acuerdos comerciales que se han llevado los trabajos de manufactura estadounidense a otros países. Prometió poner a la clase obrera estadounidense de nuevo en la fuerza laboral y restaurar el país a una época en la que los trabajadores blancos se sentían apreciados y realizados.

"Siento que, no solo la mayoría, sino que todos los seguidores de Trump son verdaderos patriotas", dijo Ginger Austin, de 59 años de edad y propietaria de una compañía gráfica en un pequeño poblado del condado Jones, uno de los lugares más pobres de North Carolina. "Aman a este país. Pero nos están quitando el país, y lo están cambiando. Están cambiando todo. Nuestros derechos se reducen lentamente".

Está molesta con el Partido Republicano al que apoyó toda su vida. Está enojada con Obama y Ley de Protección al Paciente y Cuidado de Salud Asequible de Estados Unidos (el llamado Obamacare). Está indignada de que Estados Unidos esté cambiando y preocupada de que sus nietos crezcan en un mundo demasiado liberal y demasiado preocupado por las formas.

La nación despertó la mañana del miércoles para enterarse de qué tan dividida está: Clinton ganó el voto popular por menos de 200.000 sufragios. Pero Trump ganó los estados disputados que habían votado en dos ocasiones por el demócrata Barack Obama. Miles de demócratas registrados, incluyendo muchos ex trabajadores sindicalizados de minas y fábricas, cruzaron las líneas del partido y se inclinaron por Trump.

Por ejemplo, en el condado Dunn, en donde vive Chamberlain, Barack Obama venció a Mitt Romney 53% a 46% en 2012 y a John McCain 57% a 42% cuatro años antes. Pero esta vez los votantes optaron por Trump, quien obtuvo el 52% de las preferencias por 41% de Hillary Clinton.

Scott Hiltgen, de 66 años y dueño de un pequeño negocio en Wisconsin, dijo que Washington es un "sumidero" de políticos de carrera, indiferente a los apuros de los trabajadores estadounidenses.

"Somos considerados como zonas rurales de paso, como bien saben, y no les importamos", afirmó. "Y creo que fue la mayoría silenciosa la que finalmente dijo: 'Ya basta. Queremos un cambio. No nos gusta a dónde van las cosas'''.

Los hombres blancos de edad media con educación secundaria terminada —la base de apoyo de Trump— han experimentado una caída en sus ingresos, ajustados a la inflación, de 9% entre 1996 y 2014, de acuerdo a Sentier Reserch, un despacho de análisis de datos fundado por ex funcionarios de la Oficina del Censo.

En contraste, los hombres blancos graduados de universidades y en el mismo rango de edad, gozaron de un incremento del 23% en sus ingresos.

La Gran Recesión arrasó con millones de empleos de ingreso medio en la manufactura, trabajo gerencial de oficinas y en la industria de la construcción, y esos trabajos no han regresado, aun cuando el país cuenta actualmente con 6,5 millones más de empleos que antes de que se presentara la crisis. En muchas partes del país, fueron reemplazados por trabajos de menor sueldo en restaurantes, hoteles y en cuidados de salud a domicilio.

Este "ahuecamiento" en la economía del país dejó a muchos estadounidenses con diplomas de secundaria excluidos de la clase media.

Jerry Blackburn, un funcionario de condado jubilado en la región rural de Virginia, siente que personas de otras partes les quitaron a él y a sus vecinos todo lo que pudieron y los dejaron sin nada.

"Nos quitaron el carbón de aquí y todos se enriquecieron con eso. ¿Y qué obtuvimos nosotros?", se preguntó. "Nos quedamos con la enfermedad pulmonar minera. No tenemos agua potable, no tenemos carreteras, no tenemos nada más que un montón de minas de carbón abandonadas. Pero todos los demás se hicieron ricos a nuestras expensas".

Los mineros viajaron el miércoles a un minisúper ubicado en una carretera entre dos pueblos empobrecidos de minas de carbón de West Virginia. Lejos del mostrador, la gerente Mary Jones reconoció algo que no había visto en años: Esperanza.

Hablaron del regreso de los empleos a este condado abandonado. Hablaron sobre la oportunidad de un futuro brillante. Hablaron de Donald Trump.

"Creo que enviamos un mensaje a Washington de que estamos cansados de que estén sentados sin hacer nada para ayudar a la gente de clase trabajadora", dijo Jones, originaria del condado Wyoming, en donde el colapso de la industria del carbón dejó atrás casas deshechas y a varias familias hundidas en la pobreza.

Antes, los camiones repletos de carbón pasaban todo el día y el estacionamiento estaba lleno. Esos camiones ya no pasan. La tienda está en venta. No está segura de mantener su trabajo durante mucho tiempo y no tiene la certeza de encontrar otro. Pasan apuros para conseguir dinero suficiente para pagar las cuentas.

Considera que su voto por Trump fue una protesta en contra de Hillary Clinton y cualquier otro miembro de la clase política.

"La clase trabajadora construyó este país y ahora hemos quedado en el olvido", declaró. "Es momento de que nos pongan atención".

Pero en West Virginia, a Jones le preocupa que ya no se pueda rescatar a la clase trabajadora.

"Hay cosas que uno puede hacer como presidente. Y otras que no se pueden. Todos hacen promesas, pero no sé cómo pueda cumplir todas sus promesas", comentó. "Hoy me siento con más esperanzas de las que había tenido en mucho tiempo. Pero aún me aterra el futuro".

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El reportero de AP Chris Rugaber contribuyó desde Little Rock, Arkansas, Alex Sanz desde Maysville, North Carolina, Pauline Arrillaga desde Phoenix y Claire Galofaro desde Pineville, West Virginia.

Fuente: Associated Press

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