Tiempo 19 octubre 2016

Los 4 hábitos alimenticios que se pueden aprender de los niños

Una especialista en nutrición explicó cuáles son las conductas que los padres deberían imitar de los menores para mejorar su nutrición. Cómo adoptarlos

Una alimentación saludable es fundamental para el desarrollo de los niños y, si bien son los adultos los que guían a sus hijos en esta materia, los niños también puede ser "profesores" con respecto a llevar hábitos alimenticios saludables. Cara Rosenbloom, nutricionista gurú, explicó que "cuando los adultos se toman el tiempo para ver a sus pequeños más de cerca, se sorprenden gratamente con lo que pueden aprender de ellos". La experta señaló cuatro de los aprendizajes más importantes que pueden brindar los más chiquitos al momento de comer.

Llevan su vianda

Si bien para un adulto no es tan sencillo llevar una provisión de comida a todos lados, es aconsejable imitar los alimentos que aparecen en la mochila de un niño. En primer lugar si se empaca un almuerzo nutritivo se puede ahorrar dinero. Llevar un almuerzo preparado en casa además brinda un gran control del tamaño de las porciones, evitando comer de más.

Por otro lado, los famosos "snacks" que transportan los niños para "picotear" en el recreo pueden implementarse en la vida adulta para aliviar el hambre entre comidas. Al igual que los niños, todos los adultos deberían comer cada tres o cuatro horas para mantenerse activos. Por último, llevar agua o jugo en una botella desde casa es una buena idea para mantenerse hidratado y no caer en la tentación de ingerir gaseosas o bebidas azucaradas. Estar ligeramente deshidratado puede afectar a la memoria, la concentración y la cognición y esto sólo puede resolverse bebiendo líquidos constantemente.

Sólo comen lo que es rico

Para los niños, un bocado de una "mala" comida nunca es seguido por un segundo bocado. Los adultos son menos exigentes y pueden soportar seguir comiendo una carne mal cocinada o unas verduras sin demasiado sabor. La actitud infantil de evitar las comidas que no se disfrutan es muy recomendable porque el solo hecho de verdaderamente disfrutar una comida basta para hacerle un bien al cuerpo.

Disfrutan de cada bocado

Los niños, así como ignoran la comida que no les gusta, disfrutan con gran placer los alimentos que sí. Por ejemplo, una torta de cumpleaños: un joven que degusta algo que considera delicioso no cuenta las calorías ni siente culpa, sólo se centra en deleitarse. Si la torta es un gusto nuevo, aún más especial.

Así y todo, los niños a los que se les inculca el hábito de probar no sólo experimentan el sabor cuando conocen un nuevo alimento. Se involucran con todos sus sentidos, exploran cómo la comida se siente, cómo se ve y cómo huele. Algo tan simple como una pequeña legumbre se convierte en un objeto de fascinación para inspeccionar, analizar y disfrutar.

Por este motivo los niños pequeños captan hábilmente un concepto de nutrición que los dietistas pasan meses enseñando a sus clientes adultos:comer conscientemente. Esto significa bajar la velocidad, experimentar el sabor de cada bocado y realmente tomarse el tiempo para ver, oler y probar la comida sin ningún tipo de distracciones externas.

Los adultos comen de manera diferente. Es común que, en medio del estrés y las responsabilidades del trabajo o el estudio, engullan una comida y no tengan tiempo para disfrutarlo y muchas veces terminan su comida sin siquiera notar que estaban comiendo.

Comer mientras se está distraído por trabajo, textos o la televisión desvía la atención de la comida, aumentando las probabilidades de deglutir en exceso, lo que puede conducir a un aumento de peso. Por eso se recomienda dejar de lado el teléfono, la televisión y otras distracciones a la hora de comer y centrarse directamente en cada bocado, al igual que lo hace un niño. Incluso una buena conversación cara a cara aumenta la conexión con la comida.

Dejan de comer cuando están satisfechos

Los niños tienen una capacidad innata para regular su ingesta de alimentos. Comen cuando tienen hambre y paran cuando han comido suficiente. Pero a medida que envejecen, aprenden a ignorar esas señales internas de hambre y prestan más atención a las señales externas que impulsan el apetito, las emociones, por ejemplo.

El consejo de Rosenbloom es entonces reconectarse con el niño interior. Basar las comidas en señales físicas de hambre, disfrutar hasta el último bocado de cada comida y snack que se ingiera durante el día y dejarse llevar por la curiosidad que produce un nuevo alimento o una nueva receta.

Fuente: infobae.com

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