Associated Press 03 noviembre 2016

La ansiada unidad cada vez más esquiva en EEUU

Viven a 2.784 kilómetros (1.730 millas) de distancia, no se conocen, son de distintas razas y condiciones sociales. Pero Lauren Boebert y Dorothy Johnson-Speight hablan casi al unísono cuando se lamentan las resquebrajaduras que padece Estados Unidos.

El país debe "unirse, no juzgar a la gente y lo que piensa", dice Johnson-Speight. Los estadounidenses deben "actuar como uno".

Estas mujeres, no obstante, están en el epicentro de la acritud que reina en el país y que fue analizada durante seis meses por periodistas de la Associated Press.

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Boebert es propietaria de Shooters Grill, un restaurant donde los portadores de armas son bienvenidos, en la ciudad de Rifle, Colorado, y porta ella misma un revólver. Johnson-Speight promueve el control de la venta de armas desde que su hijo Khaaliq Jabbar Johnson, de 24 años, fue asesinado de siete tiros en el 2001 durante una riña en una playa de estacionamiento de Filadelfia.

Sus diferencias son profundas, pero su anhelo de una nación más civil y menos dividida es genuino. Sus desacuerdos han sido magnificados durante la campaña presidencial y ambas quisieran que reinase una mayor armonía, que el país hiciese honor a su pedigrí de "una nación bajo Dios, indivisible", como dice el juramento a la bandera.

Las diferencias, no obstante, son reales y no pueden ser ignoradas.

En Missoula, Montana, un esfuerzo por recibir a decenas de refugiados congoleses, afganos y sirios motivó manifestaciones de protesta y duros enfrentamientos. "No lo hice para generar controversias, lo hice para agitar el avispero", dijo Mary Poole, una de los líderes del proyecto. Dos visiones patrióticas entraron en conflicto: la de un país que recibe con los brazos abiertos a las masas que desean vivir en libertad y la de una nación estremecida todavía por los ataques de 11 de septiembre del 2001 y posteriores, que da prioridad a la seguridad nacional por sobre todo.

En el condado neoyorquino de Staten Island, la convivencia no es fácil entre la policía y el ciudadano ordinario. En esa isla pegada a Manhattan donde viven 3.000 policías, un hombre negro que se cree vendía cigarrillos sueltos murió en un incidente con agentes en el 2014. La comunidad negra sabe que la policía cumple un papel importante, pero desconfía mucho de ese cuerpo después de la muerte de Eric Garner y de otros violentos encuentros con las fuerzas del orden. Los uniformados, por su parte, sienten que no se les reconoce lo que hacen, que se cuestiona su integridad. "El distanciamiento es mayor de lo que debería ser y más grande de lo que piensa la gente", se lamentó el detective retirado Joe Brandefine.

En la iglesia Christian Fellowship Church de Benton, Kentucky, el pastor Richie Clendenen dice a sus feligreses que "no hay nadie más odiado en esta nación que los cristianos". La cantidad de cristianos evangélicos disminuye, lo mismo que su impacto político. Han perdido batallas importantes, como la del matrimonio entre personas de un mismo sexo. Se sienten enojados y frustrados, y no quieren dar el brazo a torcer. "Estamos cada vez más en conflicto con la cultura y con lo que quieren otros", dice David Parish, ex pastor de la Christian Fellowship.

Y hay mucho más: Profundas divisiones en torno al cambio climático, entre los que creen que es una amenaza existencial y quienes niegan que haya tal fenómeno o sostienen que, en todo caso, no es obra del hombre. En momentos en que el país se prepara para mandar probablemente por primera vez una mujer a la Presidencia y en que las mujeres acompañan a los hombres en el combate, muchos estadounidenses expresan puntos de vista misóginos, en la red y en la vida real. Y está el debate en torno a las armas, que según Adam Winkler, profesor de derechos constitucional de UCLA, "está más polarizado y agrio que nunca en la historia del país".

También hay coincidencias. En la fábrica de banderas Annin Flagmakers de South Boston, Virginia, la costurera Emily Bouldin dice que si bien los estadounidenses "pueden estar divididos en algunas cosas, en lo que importa están unidos". Casi todos, según encuestas, creen en las pequeñas empresas, en la enseñanza pública, en ayudar a los menos afortunados y a los veteranos de guerras.

Algunas diferencias, no obstante, son profundas y duraderas. Tienen que ver menos con lo que piensa la gente que con su situación socioeconómica.

En Logan, West Virginia, en los Apalaches, la declinación de la industria del carbón hizo que se vaya mucha gente, que suban el consumo de drogas y la pobreza, y que aumente el resentimiento del que se nutre el candidato republicano Donald Trump. "No sé qué tiene en la cabeza, cuál es su visión para nosotros", comentó Ashley Kominar, madre de tres cuyo marido perdió su trabajo en una mina. "Pero sé que tiene una y eso es lo que cuenta".

La recuperación de la recesión del 2008 ignoró a muchos sectores rurales. El Economic Innovation Group de Washington comprobó que la mitad de los negocios nuevos de los últimos cuatro años se concentró en 20 condados muy poblados y que tres cuartos de los códigos de correo con problemas económicos están en zonas rurales.

La recuperación no representa mucho para los trabajadores de Hannibal, Ohio, donde la competencia china generó el cierre del principal empleador de la zona, la planta de aluminio Ormet.

Tampoco significó demasiado para los estudiantes de Waukegan, Illinos, donde los distritos escolares más pobres no pudieron compensar las pérdidas sufridas cuando se acabó el dinero de un programa de estímulo económico del gobierno central. Es así que mientras el distrito de la vecina Stevenson gasta casi 18.800 dólares por estudiante, el de Waukegan dispone de solo 12.600 dólares. Las escuelas secundarias de este último no están bien cuidadas y hasta 28 estudiantes tienen que compartir una sola computadora.

El que Stevenson sea mayormente blanco y en Waukegan vivan minorías no debería sorprender a nadie. Las divisiones raciales persisten, en parte porque las minorías siguen sin tener una representación adecuada en el Congreso nacional y en las legislaturas estatales, según comprobó un análisis de la AP. Gracias a manipulaciones y patrones de voto, los blancos no hispanos cubren el 80% de las bancas legislativas a pesar de que representan poco más del 60% de la población.

Muchas de estas cosas no son nuevas. Por más que los estadounidenses quieran pensar que el pasado fue algo bucólico, hay antinomias desde el comienzo: miles de personas leales a la corona británica combatieron contra sus vecinos revolucionarios en la época de la colonia, el norte y el sur libraron una guerra por cuestiones raciales, laborales y administrativas, y la guerra de Vietnam provocó punzantes críticas.

Si las divisiones de hoy son distintas, dicen algunos, tal vez se deba a una falta de liderazgo.

"Sí, este es un gran país. Pero podría ser mucho mejor si los políticos no se peleasen entre sí todo el tiempo", dijo Rodney Kimballa, quien vende cocinas en West Bethel, Maine.

Elvin Lai, dueño de un hotel en San Diego, opina que los votantes tienen parte de la culpa.

"Creo que nuestro sistema político está roto", afirma. "Que la gente centrada que quiere unir el país no va a sacar los votos necesarios porque no se puede comunicar con los votantes pasionales que quieren un cambio".

Fuente: Associated Press

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