Mundo 29 febrero 2016

Héroe herido en guerra contra narcos busca sanar en soledad

TALAVERA, Perú (AP) — Johnny Vega rara vez portaba su pistola 9 mm cuando no estaba de servicio. Ahora, lamenta no haberlo hecho ese día.

El policía antinarcóticos conversaba al amanecer con un amigo en la banca de un parque mientras el sol andino comenzaba a contrarrestar el frío de esta localidad montañosa, ubicada a casi 2.900 metros (9.510 pies) sobre el nivel del mar.

En aquella mañana del 20 de agosto de 2014, Vega había dejado a su hijo Juan en la guardería y después se dirigió a pie a la plaza principal de la población de Talavera. Advirtió que un hombre joven y alto deambulaba en los alrededores, y se preguntó si lo conocía.

Vega era una persona inusual en este país, donde la corrupción está enquistada en la policía, la justicia y el Congreso. El policía antinarcóticos de la provincia actuaba con seriedad y diligencia; y forjó su carrera cumpliendo la responsabilidad para la que fue adiestrado: encerrar delincuentes.

En desafío a las amenazas de muerte de los traficantes de narcóticos, encabezaba un equipo de policías de su confianza elegidos por él que efectuaba arrestos con regularidad y lograba decomisos de droga sin precedentes, incluso a pesar de que Perú se estaba convirtiendo en el primer productor mundial de cocaína.

En un país donde es tan probable que los policías acepten un soborno como que efectúen un arresto, Vega era un héroe. En tres ocasiones había sido nombrado policía del año.

Estaba en plena conversación cuando el hombre joven volvió a pasar caminando, se detuvo y le apuntó a la cabeza con una pistola Bersa que tenía silenciador.

"¿Qué pasa?", gritó Vega y se puso de pie de inmediato. La bala lo hirió poco abajo del plexo solar. Sin dudarlo, corrió agachado y en zig-zag hacia una parada de taxis para no ser blanco fácil

El pistolero continuó disparando pero no lo persiguió. Una bala perdida perforó el muslo de una vendedora de huevos de codorniz.

"¡Ayúdame. Soy policía. Me han disparado!", gritó Vega. Una mujer que iba de pasajera en un taxi subió al agente que sangraba y lo llevó a toda velocidad a un hospital a 15 minutos de distancia.

En el quirófano, los cirujanos lo abrieron, le sacaron los intestinos y los colocaron sobre una mesa para evaluar los daños y cosieron los órganos perforados. Perdió parte del colon.

La fiscal antinarcóticos de la localidad arregló que lo trasladaran a la mañana siguiente por aire a Lima en un avión de la Agencia Antidrogas de Estados Unidos, o DEA por sus siglas en inglés. Vega se quejaba del dolor cuando fue llevado al aeropuerto en ambulancia por un trayecto lleno de baches. Su esposa, que es maestra, le apretaba la mano.

Mientras estaba en el quirófano, los policías de Lima detuvieron con prontitud al supuesto pistolero. ¿El motivo? Una venganza porque Vega combatía a un grupo narcotraficante. Según la policía, uno de los jefes de esa organización, Armando "El Loco" Cárdenas, contrató al sicario, le entregó la pistola y prometió pagarle a él y a un cómplice 10.000 dólares a cada uno para que mataran a Vega. "El Loco" también fue arrestado.

A medida que se propagaba la noticia del atentado, se acumulaban los elogios al policía convertido en héroe.

El embajador estadounidense, Brian Nichols, envió una carta en la que lo elogiaba mientras que el entonces ministro del Interior, Daniel Urresti, se presentó ante la prensa con los hombres capturados. La valentía del agente sería recompensada, dijo.

"Lo vamos a ascender y vamos a darle todas las facilidades para que se recupere y pueda continuar con su trabajo", afirmó Urresti.

Vega había impresionado a los expertos en narcotráfico. Sin embargo, ¿estarían las autoridades peruanas dispuestas a cumplir la promesa del ministro a este agente que pertenece a una fuerza policial mal pagada y notablemente descuidada?

Desde su cama de hospital, Vega creyó en un principio que le cumplirían con la promesa. Después concluiría que mejor habría sido simplemente haber llevado consigo su pistola aquella mañana de agosto.

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"CUIDA A TUS HIJITOS, SON BONITOS"

Casi 70% de la cocaína de Perú sale del valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro, al que se llega mediante una excursión de dos o tres días desde Andahuaylas, la capital provincial, a 15 minutos de Talavera.

La sustancia que finalmente es refinada en un polvo cristalino que los consumidores aspiran en tierras distantes, llega como pasta semirrefinada de coca sacada del valle por jóvenes a los que se conoce como "mochileros". Ellos la llaman "queso" porque tiene un olor penetrante. Suele ser empacada en forma de ladrillo y la ocultan en bosques de eucalipto y acacia hasta que hay suficientes 'ladrillos' para enviarlos por tierra, por lo general hacía de Bolivia.

Johnny Vega, el menor de nueve hermanos, fue enviado por su padre en 1986 a la capital estatal, Abancay, a que terminara la secundaria. Al año siguiente, su papá, dirigente de una aldea desapareció después de que lo secuestraran los rebeldes de Sendero Luminoso.

Johnny se integró al ejército y buscó los restos de su progenitor. No fue sino hasta una década después, cuando la insurgencia fue derrotada, cuando fueron encontrados.

Para entonces, él ya era policía y Andahuaylas se convertía en un importante corredor del narcotráfico.

"Andahuaylas es como un cernidor. Entra y sale la droga por todos lados. No sabes por dónde está entrando y por dónde sale. Te marea", dijo Vega, un hombre alto, de 46 años, y la nariz cuadrada de los oriundos de los Andes.

Los policías locales recibían sobornos para permitir el desplazamiento de las drogas. Al menos una aparente excepción fue el jefe de la policía regional, que en 2009 escogió a Vega para que integrara un escuadrón de 15 policías dedicados al combate al narcotráfico.

Vega ya había estado bajo fuego años antes. En 2002 en un operativo de vigilancia, mochileros que transportaban cocaína le arrojaron una granada, cuyas esquirlas le causaron heridas en el pecho y la rodilla.

El nuevo escuadrón de Vega no estaba equipado para cumplir su misión. Por ello pidió prestados vehículos, chalecos antibalas, lámparas y esposas. Después él hizo algo insólito: creó un turno nocturno para que el escuadrón estuviera en servicio las 24 horas porque los traficantes movilizaban sus drogas, principalmente al amparo de la oscuridad.

Los agentes bajo el mando de Vega decomisaron más de media tonelada de pasta de coca en los primeros tres años y efectuaron más de 60 detenciones. Ninguna otra unidad provincial había tenido tales logros, dijo la fiscal anti-drogas Elvira Aldana.

"Este policía es el único que estaba exponiendo su vida, pese que no tenía ningún recurso, ni nada", agregó.

Las amenazas de muerte comenzaron a llegar vía teléfono celular y mensajes de texto en 2010, cuando Vega fue nombrado por primera vez policía del año de Andahuaylas.

"Vivo te crees..., pero así como tienes tus soplones nosotros también los tenemos", dijo uno de los responsables de las amenazas. "Cuida a tus hijitos, son bonitos". Vega y su esposa solicitaron que lo transfirieran a otro lugar, pero no sucedió nada.

Sin embargo, Vega no se amilanó.

A principios de 2014, agentes élite de la policía antinarcóticos de Lima se propusieron desmantelar a las mayores organizaciones narcotraficantes de Andahuaylas, en lo que sería una operación secreta de gran alcance. Vega era el único policía local al que le tenían confianza.

Decomisaron casi 400 kilogramos de pasta base de cocaína, más de la tercera parte escondida en un compartimiento bajo sacos de papas en un camión de carga con remolque. La policiía dijo que la mayoría supuestamente pertenecía al jefe narcotraficante Dimas Urrutia, al que arrestaron el mes siguiente.

Cuatro días después, Vega fue baleado.

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UN GATO MUERTO

En septiembre de 2014, después de un mes de recuperación en el hospital, Vega recibió buenas noticias. Sería ascendido a suboficial brigadier y lo transferirían a Lima, donde tendría 24 meses para recuperarse o enfrentaría el retiro obligatorio.

Vega supuso que merecía un trato especial, pero no le ofrecieron estipendio, alojamiento ni transporte. Tendría que arreglárselas sólo con su sueldo mensual equivalente a 1.000 dólares. Su esposa, Yesi, regresó a su casa en Talavera, a unas 20 horas en autobús, para atender a los hijos de la pareja y reanudar su trabajo como profesora. Tenía cuatro meses de embarazo.

En una carta al viceministro de educación, el nuevo jefe de Vega solicitó que su esposa también fuera reubicada en Lima debido a la "situación de emergencia".

No se hizo nada.

Vega se instaló en casa de su madre, de 84 años, a la barriada polvorienta y pobre de San Juan de Miraflores, situada en una colina de Lima. Debido a que inicialmente se le infectó la herida, necesitaba ir al hospital para que se la limpiaran y pagaba una tarifa de taxi equivalente a 10 dólares de ida y otros 10 de vuelta. Utilizaba una bolsa de colostomía para guardar sus desechos mientras aguardaba cirugía.

Sin nadie que lo atendiera, Vega se hacía de comer, hacía la limpieza y se lavaba. Se le hizo una hernia que se convirtió en una protuberancia de 10 centímetros (cuatro pulgadas) en el centro de su intestino, y utiliza una faja elástica.

Se requirieron 10 meses para que su colon se volviera a unir mientras Vega hacia frente a los problemas usuales del sistema de atención sanitario de la policía peruana: largas espera para estudios y consultas, así como escasez de médicos y equipo moderno. Pagó de su bolsillo algunos exámenes de sangre y medicamentos. Sólo le reembolsaron la mitad de lo que gastó.

Mientras su esposo permanecía en Lima, Yesi solicitó al jefe de la policía local que enviara autos patrullas para que vigilaran el exterior de su casa como medida preventiva, debido a que vehículos extraños pasaban lentamente y a deshoras por el lugar.

Una vez, ya entrada la noche, alguien quebró la ventana frontal de la casa y le lanzaron un gato muerto.

"Un gato muerto con las manos delanteras y las de atrás amaradas, y en la boca tenía taconeado (metido) papeles como quien dice 'así van a morir todos''', dijo Yesi con voz entrecortada. "Yo no le conté nunca a mi esposo porque él estaba mal y yo no le podía dar otra cosa más".

Yesi solicitó personalmente protección al director de la policía nacional, sin que, otra vez, sucediera nada.

La fiscal del caso, Aldana, tuvo un trato distinto. Según escuchas telefónicas, ella también estaba en la mira de asesinos. Se le asignaron escoltas y después la transfirieron.

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UN SISTEMA DISFUNCIONAL, UN HEROE ABATIDO

En noviembre, Vega regresó a su casa en Talavera a fin de reunir fuerzas para su próxima cirugía. Permanecía la mayor parte del tiempo encerrado. Si salía, se llevaba su pistola Baikal 9 mm en una funda en el pecho.

"¿Tienes tu pistola?", preguntaba temeroso Juan, de seis años, a su padre.

Talavera es una localidad pequeña. Los tres jefes narcotraficantes vinculados al ataque contra él se encontraban en prisiones de Lima, pero Yesi veía con regularidad a las esposas de esas personas en la localidad. Una de ellas tenía una hija en la clase de pre-escolar de Juan.

El dinero procedente de la cocaína es muy atractivo en este valle donde casi la única otra fuente de ingresos es la agricultura, que está mal pagada. Después del atentado contra Vega, el comercio de cocaína en la región ha resurgido fuertemente.

Ni un solo kilogramo de pasta base de cocaína fue decomisado el año pasado y la unidad que comandaba Vega se redujo a seis hombres.

Los policías locales son inoperantes en su mayoría, si no es que están aliados con los narcos, dijeron fiscales y la policía antidrogas en Lima. Más de veinte policías están bajo investigación por lavado de dinero, señaló el fiscal antinarcóticos Lincoln Fuentes. Tienen propiedades o automóviles que rebasan por mucho la capacidad de sus ingresos.

La corrupción en la policía peruana llega hasta un descaro poco prudente. Hace poco, un capitán de la policía fue arrestado por el cargo de tráfico cerca la frontera con Bolivia después de que difundiera en Facebook una foto de él con un fajo de billetes de 100 dólares entre los dientes. "Un sencillo para el fin de semana", decía el texto de la imagen.

Vega acaba de recibir malas noticias.

Después de que se quejara de un dolor persistente hace dos semanas, los médicos ordenaron que le efectuaran una colonoscopía.

Los estudios mostraron un hilo quirúrgico de 10 centímetros (cuatro pulgadas) de largo suelto en el colon. Los expertos que lo atendieron carecían de las tijeras endoscópicas para retirarlo y no se han puesto de acuerdo en si el hilo debe ser quitado antes de que lo operen para corregirle su hernia abdominal.

Vega ha comenzado a reconciliarse con la idea de que quizá no sane a tiempo para evitar el retiro forzoso en agosto.

Durante su visita del mes pasado al doctor, Vega dijo en broma que se dirigiría al valle de la cocaína a cazar narcotraficantes y recordó el gusto que le daba hacer largas caminatas con una mochila pesada, algo que su cuerpo ya no puede soportar.

Yesi está destrozada de ver tan mermado a su esposo, lejos de su familia y sin poderse recuperar.

"No hemos recibido ayuda absolutamente de nadie", dijo. "No estamos pidiendo migajas, no estamos mendigando, simplemente estamos exigiendo lo que por ley tiene que recibir mi esposo".

"En un momento fue la noticia del día, pero ya se olvidaron", afirmó.

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Fuente: Associated Press

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