Mundo 20 octubre 2016

Familias abrumadas por guerra contra las drogas en Filipinas

MANILA, Filipinas (AP) — Cada cadáver que aparecía aterrorizaba a Betchie Salvador porque sabía que su marido podía ser el próximo

Empezaron a aparecer por todos lados en las Filipinas desde que el presidente Rodrigo Duterte le declaró una guerra abierta al tráfico de drogas este año. Eran tantos que un diario comenzó publicar una "lista de muertos" para llevar la cuenta. Traficantes y adictos eran baleados por la policía o por desconocidos y tirados en calles oscuras, con carteles que advertían "soy un traficante; no seas como yo".

Con cada muerte, Betchie se imaginaba que podía perder en cualquier momento al hombre que amaba desde hacía una década, un orgulloso padre de tres niños que se había hecho adicto hacía dos años a una potente anfetamina conocida como "shabu", que un colega le recomendó para mantenerse despierto mientras trabajaba como conductor.

"Hablamos mucho de esto", cuanta Betchie. "Le decía, 'por favor no salgas de noche'''.

"No te preocupes", le contestaba Marcelo. "Todo va a salir bien".

En su campaña presidencial Duterte dijo que las drogas eran un asunto de vida o muerte para el país. Y el país, cansado de décadas de delincuencia y corrupción, le creyó.

No importó que las estadísticas del gobierno indicasen que el uso de metanfetaminas había caído de 6,7 millones de personas en el 2004 a 1,7 millones en la actualidad. Ello representa un 2% de los filipinos y es una tasa similar a la de naciones como Estados Unidos y Australia. Tampoco importó el que las batallas libradas contra el narcotráfico libradas en Tailandia, Colombia y el mismo Estados Unidos hayan fracasado.

La lucha contra el tráfico de drogas resultó una causa en torno a la cual se unieron los filipinos.

Duterte se basó en una brutal campaña contra la delincuencia que lanzó como alcalde de Davao, donde se manejaba en una Harley-Davidson y se hizo fama de justiciero. En la campaña participaron no solo las fuerzas de seguridad sino también individuos que se movilizaban en motocicletas conocidos como los "escuadrones de la muerte de Davao". Se cree que mataron a más de mil personas.

Los discursos de Duterte contenían a menudo afirmaciones provocativas. Alentó a la policía a eliminar a los sospechosos de estar involucrados con drogas e incluso exhortó al ciudadano común a que "se encarguen ustedes mismos si tienen un arma". En el último día de su campaña, el 7 de mayo, afirmó: "Todos los que están en drogas, malditos, los voy a matar. No tengo paciencia, no me ando con medias tintas".

Tras asumir la presidencia el 30 de junio comenzó la campaña antidrogas. La policía elaboró listas de sospechosos y las fuerzas de seguridad empezaron a hacer redadas. También aparecieron vigilantes. Cerca de la casa de Marcelo fue hallada una pareja muerta junto a su triciclo. Poco después se encontró un hombre con un tajo en el cuello y un cartel que lo identificaba como adicto y ladrón.

La familia de Marcelo comenzó a temer por su vida. El hombre se ganaba la vida manejando un triciclo-taxi y ganaba apenas lo suficiente como para mantener a sus hijos de seis y siete años y a su bebita recién nacida. Su madre, Betty Soriano, decidió acompañarlo para tratar de protegerlo y convencerlo de que no consumiese drogas.

Marcelo prometió que dejaría de usar shabu, que era demasiado peligrosa. Le dijo a Betchie que no tenía que preocuparse "porque ya no uso drogas".

Un funcionario del gobierno le recomendó a Marcelo que se entregase, en el marco de un programa al que se adhirieron unos 700.000 drogadictos hasta ahora. La mayoría son liberados tras admitir su delito y comprometerse a no volver a consumir drogas.

Marcelo no lo hizo, insistiendo en que ya no las consumía.

Mientras tanto, la cantidad de muertos seguía subiendo: estadísticas policiales indican que al menos 1.578 personas sospechosas de estar involucradas con las drogas fallecieron a manos de las fuerzas de seguridad desde que Duterte llegó al gobierno. Los escuadrones civiles mataron más todavía: hay 2.151 asesinatos asociados con la venta de drogas o clasificados como "sin explicación".

Como resultado de esto, la delincuencia en algunas zonas se redujo a casi la mitad, de acuerdo con la policía.

"Lo que no entiendo, y me deja perplejo, es cómo puede ser que para hacer frente a injusticias propongan perpetuar más injusticias", comentó José Luis Martín "Chito" Gastón, director de la Comisión de Derechos Humanos, un órgano independiente.

En la noche del 5 de septiembre, Marcelo estacionó su triciclo junto a un pequeño puesto callejero, donde iba a comprar algunas cosas, como café y chocolate en polvo para sus hijos.

Cuando Malvin Balingatan, que trabajaba en el puesto, se dispuso a entregarle el vuelto, sonaron unos disparos, según el informe policial.

Eran las 22.05.

Al agacharse, Balingatan alcanzó a ver dos individuos de negro en una motocicleta, con cascos que les cubrían los rostros.

Marcelo alcanzó a correr unos 10 o 15 metros hasta una esquina, pero sonaron más disparos y cayó al suelo.

Su madre gritó, "¡mi hijo!, ¡mi hijo!".

En la casa de la familia, a cinco minutos caminando, Soriano le dio la noticia a Betchie. Ante tanto tumulto y llanto, aparecieron los hijos y preguntaron, "¿dónde está papi, dónde está papi'''.

"Se nos fue", les contestó Betchie, llorando.

Cuando Betchie llegó al lugar del crimen, Marcelo estaba tendido boca abajo, en un charco de sangre, con su cuerpo iluminado por las luces de unas cámaras de televisión. Junto a él se veía un paquetito de metanfetaminas blancas.

Su suegra asegura que las drogas no estaban allí cuando lo balearon. No sabe quién las colocó allí ni por qué. Pero no piensa insistir en eso y la policía dice que no tiene pistas.

"No quiero problemas", explicó. "¿Para qué hacerlo? ¿Qué sentido tendría?".

Tres días después del asesinato, la mujer de Marcelo trata de no llorar.

"Me pregunto qué será de mí y de los niños", señala, añadiendo que Marcelo era el único sostén de la familia. "Lo único que me queda es rezar".

El triciclo de Marcelo permanece en la acera. Tiene dos muñequeras rojas y azules anudadas en una luz y en el velocímetro, propaganda de la campaña electoral.

En las dos hay siete letras: D U T E R T E.

Fuente: Associated Press

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