Mundo 25 septiembre 2016

En la lucha por Mosul, muchas fuerzas con muchos motivos

BAGDAD (AP) — Un mosaico improbable de fuerzas se está congregando en torno a la ciudad iraquí de Mosul, preparándose para una batalla en las llanuras llenas de historia del norte del país que probablemente será decisiva en la lucha contra el grupo extremista Estado Islámico.

La inusual alianza tácita —tropas iraquíes junto a milicianos chiíes, combatientes curdos, tribus árabes suníes y fuerzas especiales estadounidenses— refleja la importancia de esta batalla. Retomar Mosul, la segunda ciudad más grande de Irak, asestaría un gran golpe al grupo miliciano y acabaría con su autodenominado "califato", al menos en Irak.

Sin embargo, una victoria no supondría el fin del conflicto. En un Irak donde el grupo extremista ya no controlara territorio, las enemistades y rivalidades entre los miembros de la coalición contra el Estado Islámico podrían estallar con facilidad.

La batalla, prevista para finales de año, amenaza con ser larga y agotadora. Si los combatientes del grupo armado se atrincheran ante un ataque, tienen cientos de miles de vecinos de la ciudad como posibles escudos humanos. Y conforme huyan los habitantes, avivarán una crisis humanitaria en la región curda iraquí que rodea a Mosul, donde los campos ya están sobrepasados con más de 1,6 millones de personas desplazadas en los dos últimos años. Grupos humanitarios se apresuran para prepararse para hasta un millón de personas que podrían verse desplazadas por un ataque a Mosul.

Mosul, el mayor premio ganado por los milicianos en su ofensiva del verano de 2014, en la que tomaron buena parte del norte, oeste y centro de Irak, ha sido vital para el grupo extremista. Las reservas de sus bancos proporcionaron al grupo una enorme cantidad de efectivo, y la infraestructura y los recursos de la ciudad ayudaron a la milicia a establecer su califato en lugares de Siria e Irak.

Mosul fue el lugar elegido por el líder del Estado Islámico, Abu Bakr al-Baghdadi, para hacer su primera aparición pública tras declarar el califato, con un triunfante sermón en una mezquita histórica de la antigua ciudad. Durante los últimos dos años, buena parte de la cúpula dirigente parece haber operado desde Mosul.

Recuperar la ciudad prácticamente anularía la ofensiva arrolladora de los extremistas en 2014, y el grupo se quedaría con apenas algunas áreas aisladas controladas en Irak. Los combatientes del grupo ya han respondido a otras derrotas en el campo de batalla retomando sus tácticas de estilo de guerrilla y retirándose a la vecina Siria para defender el territorio del grupo allí, donde también se reduce con rapidez.

Durante semanas, las dispares fuerzas han recuperado territorio en la provincia de Nínive, donde se encuentra Mosul, tomando pueblos y rutas de suministro importantes. Aun así, la posición más cercana del ejército iraquí se encuentra unos 48 kilómetros (30 millas) al sur de Mosul y queda media decena de pueblos con población civil que están en manos de los milicianos y que las tropas deben tomar antes de llegar a las afueras de la ciudad. Las tropas curdas están más cercas, en algunos puntos a 16 kilómetros (10 millas) de la ciudad hacia el norte y el este.

Las fuerzas de la coalición estadounidense han acelerado la instrucción de tropas iraquíes y combatientes curdos, condensando cursos que antes llevaban más de dos meses en apenas cuatro semanas. El Pentágono anunció en julio el despliegue de 560 militares más en Irak para transformar la base aérea de Qayara, al sur de Mosul, en una base para preparar el asalto final.

Aun así, al ejército iraquí le faltan miles de soldados para alcanzar la cifra de 30.000 efectivos necesarios para el ataque, y las fuerzas que tiene ahora están explotadas al límite para intentar mantener otros territorios recuperados, especialmente en la región occidental de Anbar.

"El mayor desafío es generar las fuerzas necesarias para llegar a Mosul", explicó el mayor general Gary Volesky, responsable de las tropas estadounidenses de tierra en Irak. "Si uno quiere sacar a alguien de Anbar para que vaya a Mosul, tiene que poner a otra persona allí".

El ejército iraquí se desmoronó cuando huyó de Mosul ante la ofensiva del grupo Estado Islámico hace dos años, cuando perdió a un tercio de sus tropas. En los meses posteriores se supo que decenas de miles de soldados que aparecían como reclutados no existían: Sólo eran nombres cuyos sueldos se embolsaban los comandantes. Desde entonces, el ejército ha ido reconstruyéndose poco a poco, mientras otras fuerzas armadas como las milicias chiíes y las fuerzas curdas de Irak ganaban fuerza de forma constante.

Las rivalidades dentro de la alianza ya empiezan a verse, y es probable que asomen cuando haya caído el grupo extremista.

Los curdos, que tomaron amplias extensiones de territorio en la lucha contra los milicianos, quieren conservar ese terreno. Las milicias chiíes respaldadas por Irán reclaman reconocimiento para la fuerza política y militar que han amasado en la guerra. A la minoría suní le preocupa mucho la dominación y discriminación ejercida por los chiíes, y es probable que ese temor no haga más que crecer cuando la comunidad intente recuperarse del régimen del grupo Estado Islámico y la gente vuelva a sus hogares.

El gobierno de liderazgo chií en Bagdad tendrá que buscar un equilibrio entre esas facciones.

La cuestión más inmediata es si las milicias chiíes y las fuerzas curdas se suman al ataque sobre Mosul, de mayoría árabe suní. Es un tema sensible. Las milicias chiíes han sido acusadas de abusos contra los suníes en otras zonas que han arrebatado al grupo radical. Si los curdos toman parte de la ciudad, les daría una buena carta para futuras negociaciones sobre el territorio que controlan.

El primer ministro. Haider al-Abadi, ha dicho que todas las fuerzas participarán en la operación en Mosul, un gesto a las demandas de milicianos curdos y chiíes.

Pero en una rueda de prensa la semana pasada, también dijo que las decisiones militares iraquíes deben respetar el delicado equilibrio étnico de la provincia de Nínive, donde la mayoría de la población es árabe suní con minorías localizadas de curdos, chiíes, cristianos, yazidíes y otros grupos.

Cuando se le preguntó qué papel jugarían las milicias chiíes en Mosul, Al-Abadi fue prudente. "No quiero que Daesh se aproveche de conflictos religiosos", dijo empleando el acrónimo en árabe para referirse al grupo Estado Islámico.

La inmensa mayoría de los 3,3 millones de iraquíes desplazados por el conflicto son suníes. Es probable que el trato a los civiles en Mosul se interprete como una prueba del compromiso del gobierno con una reconciliación política duradera. La marginalización de los suníes y las políticas cada vez más sectarias del predecesor de Al-Abadi, Nouri al-Maliki, alimentaron el auge del grupo Estado Islámico en Irak en un principio.

Para al-Abadi, retomar Mosul es un codiciado precio político. El primer ministro lleva poco más de dos años en el cargo y enfrenta un creciente sentimiento contra el gobierno, avivado por los ataques del grupo Estado Islámico en la capital y su alrededores y por la falta de resultados en la lucha contra la corrupción o en la reconciliación nacional.

Al-Abadi dijo creer que Irak está más unido hoy que cuando asumió el cargo, pero admitió que sigue habiendo dificultades y que es probable que "nuevos desafíos" se alcen tras liberar Mosul.

"Algunas personas me dicen que deberíamos retrasar la liberación de Mosul por estos desafíos", dijo. "Yo digo que no".

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Keath informó desde El Cairo. Los periodistas de The Associated Press Balint Szlanko y Salar Salim en Irbil, Irak, contribuyeron a este despacho.

Fuente: Associated Press

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