Cuba 07 noviembre 2016

Cubanos en la isla también tienen sus candidatos presidenciales en Estados Unidos

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LA HABANA, Cuba.- El martes, 8 de noviembre de 2016, cuando los electores estadounidenses acudan a las urnas para decidir quién gobernará en su país durante el siguiente cuatrienio, estarán marcando también en sus boletas, sin proponérselo, el rumbo de la política doméstica de la muy “soberana e independiente” Isla de Cuba, y en buena medida los destinos de millones de cubanos.

Enemigo entrañable del castrismo, meta soñada de la indetenible marea de migrantes isleños, obstinada esperanza de los que aspiran a cambios profundos dentro de Cuba, Estados Unidos ha sido una presencia permanente en el imaginario colectivo cubano, proyectando sobre éste un controversial efecto de luz y sombra, premio y castigo, realidad y quimera.

Tan importante es el pulso del poderoso vecino del Norte para la dictadura castrista y para todos los cubanos aquende y allende la Isla, que sigue pautando hasta hoy las piruetas de la cúpula verde olivo y las expectativas de los (des)gobernados. De hecho, los poderes políticos de EE.UU. controlan algunos de los pilares esenciales que sustentan la política cubana, a saber, el Embargo (“criminal bloqueo”), las Leyes Helms-Burton y Torricelli, las de Ajuste cubano y ‘pies secos, pies mojados’, y la “ocupación ilegal” de la Base Naval de Guantánamo.

Tal influjo se ha reforzado tras el restablecimiento de relaciones entre los gobiernos de Cuba y EE.UU. y el inicio de un proceso de diálogos secretos que, pese a no arrojar hasta el momento ningún resultado tangible para los cubanos comunes, ha logrado descolocar el discurso del castrismo, acentuando el cisma entre éste y la población de la Isla, la cual ha acabado centrando sus mejores expectativas en las acciones favorables que pueda tomar la Casa Blanca.

En tal contexto, no es de extrañar que la actual carrera por la presidencia en EE.UU. haya acaparado mayor atención que la habitual por parte de los cubanos. El próximo presidente no solo tendrá en sus manos el futuro avance o no de los diálogos Cuba-EE.UU. y podrá influir en mayor o menor medida en las decisiones del Legislativo, sino que además su período de gobierno (2017-2021) coincidirá con una peculiar coyuntura: el anunciado traspaso de poder en Cuba, cuando la llamada “generación histórica”, tras casi seis décadas de dictadura, dará paso a la sucesión, presumiblemente en la figura de un heredero de la misma casta o de un sucedáneo de probada fidelidad a ésta.

Una sucesión forzosa, atendiendo al reloj biológico y a la decrepitud de los señores del Poder cubano, que se verificaría en medio de un adverso escenario regional para el castrismo, cuyos principales aliados políticos de la izquierda más rabiosa han retrocedido tras sufrir golpes demoledores, y su socio-benefactor, el gobierno venezolano, probablemente habrá sucumbido para entonces a la profunda crisis socioeconómica y política que ha provocado el chavismo en esa nación.

En contraste con la relevancia de EE.UU. para Cuba y a despecho de los desproporcionados escarceos mediáticos de castristas y anticastristas, la Isla y sus destinos no constituyen una prioridad para la complicada agenda política de la primera potencia mundial. Nos guste o no, el protagonismo estadounidense demanda de sus líderes mucho más tiempo, inteligencia y esfuerzos en torno a verdaderos conflictos globales que las discretas ganancias –más simbólicas que económicas– de una eventual reconciliación con el gobierno cubano.

Por su parte, los medios que han abordado el tema Cuba-EE.UU. de cara a las elecciones del 8 de noviembre han estado presentando a la demócrata Hillary Clinton y al republicano Donald Trump como las opciones absolutamente antagónicas que definirían la continuidad o no del controvertido proceso de diálogo para la “normalización de las relaciones”, iniciado por el mandatario saliente, Barack Obama, después del 17 de diciembre de 2014.

Pese a la desinformación habitual de la sociedad cubana y a los análisis sesgados que suelen presentar los medios de prensa oficiales, la percepción más extendida entre los isleños es que un eventual triunfo republicano llevaría a un inmediato reforzamiento de las barricadas ideológicas del castrismo y un retorno a la confrontación política en ambas orillas –algo que no desea la mayoría de la población de la Isla–, además del peligro de que se reviertan las órdenes ejecutivas de Barack Obama tendientes a la flexibilización del Embargo.

El propio Trump, en una reciente presentación televisada que pudieron ver miles de habaneros gracias a la señal de las antenas ilegales que proliferan por toda la capital, criticó la política de Obama y aseguró que, de ganar las elecciones, buscaría presionar al gobierno cubano a través de “un acuerdo verdaderamente bueno”, lo cual implica que condicionaría el levantamiento del Embargo a pasos de avance en materia de derechos humanos y libertades políticas y religiosas en Cuba, entre otras exigencias.

No obstante, hasta el momento el mayor riesgo que representa para los cubanos el controvertido candidato republicano es la virulencia de sus discursos, su lenguaje ofensivo y su habitual falta de compostura y moderación, cuestión esta que proveería al discurso castrista de un inagotable arsenal ideológico. Pero en realidad Trump no ha manifestado intenciones de romper las relaciones diplomáticas recién restablecidas, ni de interrumpir el proceso de diálogo entre las partes, por lo que resulta apresurado vaticinar con mayor exactitud cuál sería su política hacia Cuba. De hecho, en la actualidad el rechazo al Embargo y la opción del diálogo no constituyen posiciones exclusivamente demócratas, sino que cuentan incluso con el apoyo de varios congresistas republicanos.

Por su parte, la demócrata Clinton goza de la aprobación de los cubanos comunes, quienes ven en ella una posición moderada que daría continuidad a la política de deshielo y acercamiento, avanzaría en el diálogo entre los gobiernos y presionaría al Congreso para lograr el levantamiento del Embargo.

Otra cuestión, mucho más incierta, sería adelantar cuál de los dos candidatos resulta más conveniente al Palacio de la Revolución. Si fuéramos a juzgar por el discurso oficial, y particularmente por su insistente condena al Embargo, cabría suponer que la candidata ideal del castrismo sería Hillary Clinton. Pero quizás esta sea una apreciación apresurada y engañosa, tomando en cuenta la evidente inseguridad y los retrocesos que muestra el régimen a medida que el gobierno estadounidense flexibiliza el Embargo. No obstante, si bien el tono oficial se ha estado blindando, a contrapelo del restablecimiento de relaciones, en los hechos ha perdido su fundamento.

En realidad, han sido siempre las posiciones beligerantes y duras del ala extrema republicana las que tradicionalmente han favorecido el endurecimiento del discurso castrista, ofreciéndole mejores pretextos para el atrincheramiento nacionalista y justificación para el fracaso del “socialismo” cubano.

No resulta, entonces, muy descabellado considerar que el candidato republicano y sus exabruptos radicales resulten mucho más convenientes a los Castro que un proceso de acercamiento que no les ha otorgado los beneficios que esperaban.

En todo caso, es de suponer que el candidato ganador mantenga el canal de comunicación propiciado por la administración Obama y concebido en función del mejor interés de su país y de sus electores. Obama marcó la pauta, lo más difícil será aprovechar las circunstancias. Con seguridad, la actual administración habrá considerado que era el momento oportuno para plantar un legado político que probablemente prevalecerá a pesar de los Castro, y mucho después de ellos. Una política cuyo éxito es cuestión del tiempo, de la habilidad y de la inteligencia que sea capaz de desplegar el próximo Presidente estadounidense, no importa si será un demócrata o un republicano.

Fuente: Rolando Nápoles / Americateve.com

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